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¿Descanse en paz?

Cuando se han cumplido cuarenta años de la muerte de Jim Morrison y su cara vuelve a copar las portadas de las principales cabeceras musicales toca preguntarse, ¿descanse en paz?

Cada año, a principios de julio, aparece esa icónica foto en blanco y negro de Morrison mirando directo a la cámara en alguna revista, una instantánea captada casi por azar cuando ya terminaba la sesión. Cada año llega la historia definitiva de The Doors, lo nunca contado de Jim Morrison, las últimas horas del Rey Lagarto, lo que te perdiste, lo que de verdad sucedió…Siempre lo mismo.

A pesar de ser mitómana y lectora empedernida de este tipo de artículos retrospectivos, llega un punto en el que toda información se vuelve redundante. Y más teniendo en cuenta si –como en este caso-, la figura ya ha sido explorada y explotada por todos los ángulos. ¿Es realmente necesario que cada X tiempo las revistas de referencia se paren en el tiempo para volver sobre una historia que está más que contada?

En mi caso, me siento obligada a trasladar la pregunta, puesto que soy incapaz de ser tajante. Por una parte, pienso que historias como la de Morrison revolotean sobre un punto muerto, en el que ya casi rozamos el morbo –qué llevaba la noche que murió, cómo se encontró su cádaver en la bañera-. Al final parece que le estén haciendo un flaco favor a su música y prime la importancia de esa figura fantasmagórica. Además, hay un montón de buenas historias ahí fuera que también deberían tener sus quince minutos de gloria; eso sin contar la cantidad de nueva música y nuevos grupos que empujan con fuerza para optar a esos artículos extensos. Parece que siempre rememoremos la vida y muerte de las mismas cuatro figuras: Morrison, Curtis, Lennon, Cobain… Todos ellos sin duda genios que merecen estar en esas portadas, pero, ¿hasta cuándo? Y ¿a qué precio?. Está claro que son personajes con un alto magnetismo y cuya carreras musicales se merecen estar en lo más alto. Pero hay parte de “culpa” de la prensa en ensalzar siempre a los mismos, seguro. Como un pez que se muerde la cola.

Sin embargo, ¿qué es lo que permite que nueva generaciones –sobretodo las que no tienen unos padres aficionados a la música o ningún [email protected] mayor- conozcan la música que no es de su generación? Creo firmemente en la función de revistas como Rock Classic, Mojo o Uncut, con sus reportajes en profundidad –quién tuviera los medios y el tiempo- sobre esas bandas del ¿pasado?. Gracias a estos, podemos indagar en la historia de esos grupos, conocer otros artista coetaneos y adentrarnos en su música, que de otra manera sería menos accesible (con los medios de hoy en día esta parte suena ridícula) o nos haría “más pereza” quizá.

Así que sí, queremos historias, pero las queremos variadas. Queremos saber más cosas de Harry Nilsson, de John Martyn o de Hank Williams, por citar los tres primeros que nos vienen a la cabeza.Y queremos saber detalles, ahondar más en su música y en sus personas. Porque al fin y al cabo, es una manera tan válida como otra –aunque quizá más romántica- de conocer más música y ampliar nuestros horizontes.

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