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Desolation Center: desierto, punk y bombas

desolation center

«Viene del desierto, trae mucha arena«

‘Tufi Meme’, Los Natas

«Punk rock changed our lives«

‘History Lesson Part II’, Minutemen

Imagina que vas en un bus escolar americano, amarillo y con la señal de stop desplegable en uno de los laterales. Conduces durante horas sin saber a dónde vas y terminas en medio del desierto de Los Ángeles viendo un concierto de Sonic Youth, Minutemen o Einstürzende Neubauten, tan cerca de ellos que puedes estirar el brazo y tocarlos. Esto que parece un sueño, fue una experiencia real para unos cuantos privilegiados en los años 80. ¿Los responsables de que algo así sucediera? El colectivo Desolation Center.

Que no te engañen algunas de las sinopsis que circulan por internet, «Desolation Center» (2018) no es un documental sobre el auge de los macrofestivales de música, es una película sobre una serie de excéntricos y maravillosos eventos organizados a principios de la década de 1980 por Stuart Swezey —junto con algunos compinches—, que en un doble acto de autofellatio no solo protagoniza la cinta, sino que también la dirige y produce.

La policía tuvo mucho que ver con la creación de Desolation Center. En aquella época en Los Ángeles, era común que los conciertos de hardcore y punk acabaran como el rosario de la aurora gracias a la intervención a golpe de porra de las fuerzas del orden, que al parecer no acababan de entender el funcionamiento del pogo. Harto de que les sacudieran cada vez que iban a un bolo, Swezey empezó a maquinar la posibilidad de realizar espectáculos en lugares remotos, para permanecer fuera del radar de la policía. La contracultura demostró así un gran poder de resiliencia, floreciendo en las condiciones y lugares más adversos, como el desierto. Poco importaba tener que conducir tres horas si así podías encontrar un lugar donde expresarte y pasarlo bien sin que te molieran a palos.

La idea se le ocurrió durante un road trip por el desierto de México, escuchando a Wire. ¿No sería magnífico escuchar ese tipo de música en un escenario como este? Así pues, se pusieron manos a la obra y organizaron cinco conciertos entre 1983 y 1985, tres de ellos en el desierto y otro en un barco circunnavegando el puerto de Los Angeles. El último tuvo lugar en el centro de la ciudad, de vuelta como un hijo pródigo, antes de que Desolation Center se disolviera debido, en parte, a un trágico accidente.

Durante esos dos años tuvieron lugar actuaciones de grupos míticos como Minutemen, Savage Republic, Einstürzende Neubauten con sus sierras mecánicas, Sonic Youth, Redd Kross, Meat Puppets o Swans, en otros, sin olvidar la memorable performance del colectivo Survival Research Laboratories, cuya intención era básicamente tirar la montaña abajo a base de explosivos. Todo ello ante un público pasado de ácido. El documental cuenta con la intervención de muchos de los componentes de esas bandas, así como de artistas y poetas locales, y de músicos como Chuck Dukowski (Black Flag) o Perry Farrel (Jane’s Addiction).

La recta final del documental, apenas diez minutos, está dedicada a establecer la conexión entre los eventos de Desolation Center —en cuya declaración de principios afirmaban ser una empresa sin ánimo de lucro y cuya entrada más cara costó 15 dólares— y la aparición de festivales como Lollapalooza, fundado por el propio Farrel, Burning Man o Coachella, cuya entrada general en 2018 costó 429 dólares, 999 la VIP. Esta parte, no obstante, se vuelve más farragosa. No queremos esto, queremos más desierto, más punk, más noise, más fuego y más locura.

Merece la pena ver «Desolation Center» por diferentes razones, pero especialmente por el material en vivo de Einstürzende Neubauten y Minutemen, y de las locuras de Survival Research Laboratories. Tienes a un montón de gente puesta de ácido hasta las cejas, en medio del desierto, de noche, con sierras y bombas, sin teléfonos móviles, ni servicio médico ni permisos. ¿Qué podía haber salido mal?

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