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Empeñarse en el arte

«There’s nothing so stable as change», proclamó Bob Dylan alojando una pieza más en su museo de célebres y acertadas frases. Y es verdad que no hay nada mas estable que el cambio, o así lo percibo yo. Del mismo modo en que se oxida el biciclo sin pedaleo, también se carcome el alma al lecho del empeño. Al fin y al cabo, el cerebro es el núcleo de toda función humana, y en un mundo cambiante a todo trapo donde hay que actualizarse para subsistir podemos considerar que a nuestro sistema operativo le conviene una renovación constante. El cambio es necesario y aunque se pueda aplicar en muchos ámbitos de la vida, permítanme andar por mi vereda: la música.

Una de las cosas que más me estimula escuchando canciones (y creándolas) es la novedad, pero no la novedad entendida como algo nunca escuchado, sino la de notar que el artista en cuestión ha experimentado un cambio y ha llegado más allá. En resumen, que se ha empeñado. Pero claro, empeñarse es arte y sobre todo voluntad. No todo el mundo quiere experimentar un ensayo-error que puede durar, como mínimo, unos meses, y aún menos correr el riesgo de fracasar púbicamente (sí, lo llamo púbicamente refiriéndome a los que crean desnudando su alma frente a los demás).

Albert Camus reflexiona a lo largo de L’Étranger que uno acaba por acostumbrarse a todo. Y yo añado, sin las medallas de los autores citados, que cuando encuentras la fórmula esa deja de funcionar. Me agotan las bandas que disco tras disco no ofrecen nada nuevo y que, sabedoras de los puntos fuertes que garantizan su éxito, los exageran y parodian hasta engendrar su propia caricatura.

Esa sería la idea. De acuerdo. Pero ¿qué es empeñarse? Según la RAE significa insistir con tesón en algo. Y en el caso del arte añadiría que sirve para llegar a un entorno diferente al que uno acostumbra a transitar. Se trata, sobre todo, de un largo proceso artístico e introspectivo. No hay que encontrar el resultado sino el camino. Ahora que el running es el no va más, podríamos imaginarlo como cuando uno se prepara para una carrera. Uno puede competir o participar. Lo primero que tiene que buscar el artista es sorprenderse a sí mismo y luego ya decidirá si se presenta a una caminata pueblerina, a una maratón o a un Ironman.

¿Y cómo hay que hacerlo? Hay que pasar por un proceso de renovación y existen muchas formas de llevarlo a cabo: llenar varias libretas para aprovechar solo cuatro frases, engullir libros y así obtener nuevos puntos de vista, rechazar las primeras ideas, grabar quinientas notas de voz en el móvil durante un año de las que solo salgan tres canciones, escribir una novela para volverse mejor letrista, escribir letras para volverse mejor novelista, devorar discos de hip-hop para hacer uno de pop y al revés, coger prestadas palabras de la jerga aldeana y embutirlas en un artículo de opinión… Hay muchas formas de hacerlo y cuantas más se usen, mejor.

El empeño elude al talento, pues trata de rehuir de las facilidades que tiene uno, de salir de la zona de confort, de oponerse al tiro seguro y plantarse inerme en la diana. Eso, reitero, precisa de voluntad y esfuerzo. ¿Por qué sino los pesos pesados de la historia musical no han dejado de sorprendernos más allá de sus primeras obras? El alboroto causado por el “White Album” de los Beatles, “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars” de Bowie, “Highway 61 Revisited” de Dylan, “OK Computer” de Radiohead o el reciente “Skeleton Tree” de Cave son una clara prueba de la necesidad de reinvención que presentan los artistas a lo largo de su carrera. Y dejando a un lado el Olimpo de la música contemporánea, ¿no son los últimos discos de U.S. GirlsFrank OceanBlood Orange o Villagers pequeños volantazos? ¿O la obra entera de Bill Callahan que abraza novela, pintura y canción americana? ¿O todo lo que brota de la sesera de la poeta, dramaturga, escritora y compositora Kate Tempest? Y qué decir del disco de 50 canciones (una por año de vida) que ha ingeniado Stephen Merritt con los Magnetic Fields. O de la mutante escultura sonora en que se convirtió PJ Harvey al grabar The Six Demolition Project O del recorrido de Guillem Ramisa, que se inició en el rap, publicando luego varios libros de poesía y apartando ahora la maleza con su canción de autor.

La opinión negativa de un crítico tocapelotas, la decepción de un oyente al escuchar tu nueva propuesta o la reacción de un manager insatisfecho con la continuidad artística del grupo al que representa pueden hacer tambalear los cimientos, iniciar este proceso y devenir grandes catalizadores. También, y este debería ser el motivo principal, la curiosidad para explorar nuevos horizontes que nutre el pozo del creador. Sintámonos orgullosos de no llegar a ser, nunca, la cuerda tensa que ansiaba Màrius Torres en uno de sus magníficos poemas y que el hecho de buscarla nos mantenga curiosos, inquietos… Vivos. Porque el día que dejamos de desafinarnos y sean los mismos dedos los que nos pulsen, no habrá riesgo alguno y lo único que saldrá de nosotros será una melodía repetitiva y aburrida.


Firmado por: Ferran Orriols, compositor y cantante de Nyandú

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