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Festivales: monedas de dos caras

Ahora es momento de decir eso de que la primavera la sangre altera, hablar un poco sobre las flores, la gente adelantada que ya lleva sandalias, las alergias y las lluvias inesperadamente esperadas. O no. Para muchos amantes de la música –todos los que leéis esta web-, la llegada de la primavera significa una oleada incesante de confirmaciones festivaleras. Nombres. A veces en forma de cuentagotas, otras a trompicones, que llenan nuestros planes y vacían las carteras. Ayer mismo se cerraba el magnífico cartel del Día de la Música de Heineken, se sumaban un par de nombres más al FIB y se anunciaba la programación al completo de Glastonbury, por citar algunos. Las webs, los tweets y la prensa en general, se hacen eco de todo esto y empieza una fiebre de boca a boca que no termina hasta octubre. Ya huele a cerveza fresca, gafas de sol, cámpings, colas y lavabos abominables. Y nos gusta.

En mi corta vida he tenido la suerte de estar en varios de los festivales más relevantes de los últimos tiempos. Me hubiera encantado haber estado en el Monterey Pop Festival en el que The Who destrozaron sus guitarras antes que Jimi Hendrix tomara el escenario completamente enajenado. O el clásico Woodstock en que se lanzaba pollo frito desde los helicópteros de las superstars. O los primeros FIB y Primavera Sound. Sin embargo, no fue así. He estado en festivales pequeños; desaparecidos como nuestro añorado Isladencanta mallorquín, en donde Iggy Pop hizo el amor lascivamente a un altavoz; también clásicos básicos como el Primavera Sound; emergentes como el SOS; e internacionales como Coachella o Glastonbury. Y me pregunto si soy la única a la que los festivales le producen una doble sensación: por un lado, me generan una especie de pereza que viene dada por el agobio de centenares de personas agolpadas en un mismo espacio y con lo que supone medir 1’60m, la calidad de los conciertos, además de los set-lists recortados. Tampoco ayuda el hecho de levantarte pegajosa en una tienda de campaña “two seconds” sin apenas haber dormido, las colas y más colas y esa zona cero conocida como lavabos. Por otra parte, las carreras de un escenario a otro, la posibilidad de ver a esos grupos que por su caché, no tendrían viabilidad en otro tipo de salas, conocer a gente, esas fotos que luego recuperas y te emocionan, las anécdotas, encontrarte con algún músico en un concierto y cuchichear y sentirte como con quince años acampando en el jardín de tu casa con tus amigos. Al final, cuando pienso en un festival, aunque la pereza prime por unos segundos, las ganas y el buen feeling terminan por imponerse.

Recuerdo la emoción al contemplar todas las performances en directo en Coachella bajo 40 grados, las noches en vela y las raves improvisadas, las palmeras y la música sonando constantemente y pensar que se trataba del Woodstock de mi generación. Al igual que pasó con Glastonbury y sus más de 175.000 asistentes, su decena de escenarios y esa inmensidad que te produce vértigo en la boca del estómago. Seguramente a los festivales vayamos por un compendio de experencias y expectactivas que van más allá de la puramente musical, aunque sea esta la primera que nos llame la atención. Poca gente en su sano juicio iría a un festival en el que el cartel no le interesara ni un ápice. Puede que ya no quede nada o casi nada de la autenticidad de los primeros festiaales, de la libertad, del ocio descontrolado y gratuito, pero suponen un oasis en el que romper con la rutina y sentirte parte de un momento único y genuino. Que alguien escriba sino sus experiencias festivaleras y sea capaz de contarlo sin una media sonrisa en su boca.

6 comentarios

  • Que envidia festivalera… yo la verdad, asi gran festival solo fui un anho al FIB, y mas alla de la musica, la experiencia fue genial… yo creo que compensa una cosa con la otra…

  • Yo personalmente me considero carne de festival, asi tal cual. Por todo aquello que has mencionado y muchas otras cosas mas.

    Ese ambiente que se respira, la musica, la gente, los grupos, buen rollo por doquier. En realidad poco mas me queda por decir que no hayas dicho ya.

    Ah y mi unico contra seria decidir a que festivales voy y a cuales otros no, desgraciadamente este ano por ejemplo, me coinciden SONAR y HURRICANE y aun no me acabo de decidir.

    Huele a primavera… huele a festivales!

  • Hombre Hash, y ahora que lo dices, se me ha olvidad mencionar el agobio que supone que te coincidan festivales, pero más aún, bolos que quieres ver!! lo peor…tener que hacer quinielas y todo tipo de variaciones matemáticas para intentar llegar a todo!!!

    Yo también soy carne festivalera, y cuando pienso que no voy a volver pq estoy enmedio de la nada con lo puesto…al año siguiente, vuelta a empezar!!! jajajaja

  • Por cierto las entradas del Glastonbury se han agotado ya y por lo visto no llevan idea de poner mas a la venta.

    Una pena porque con ese pedazo cartel.

  • A mi me encantan los festivales. Pero la verdad es que en los ultimos años se han sustituido los festivales por los macroconciertos. Despues de haber visitado el Leeds festival (4 veces), el V festival un par de ellas, el de Ostersund en suecia, los nacionales «de renombre» (BBKlive y Azkena sobre todo, por cercania) y los festivales «a otra escala» (con el viñarock a la cabeza, of course), la verdad es que algunos defraudan a pesar de que el cartel sea bueno.

    La tienda de campaña, los compañeros, el pasar 3 (o 5) dias encerrado en ese ambiente musical supera con creces a cabezas de cartel de relumbron. Y eso que me estoy haciendo viejo y la «zona zero» que se comenta por ahi cada vez da mas pereza, jejeje…

  • Me ha encantado el post! y la two second pa’ morirse de la risa!!!!!

    Este año a mis 31 años me espera en breve un horrible festival con camping que espero no sea tan infierno como el año pasado (hablo del SOS Murcia) pero bueno, es lo que hay.
    Lo cierto es que hay festivales y festivales, he tenido la suerte en estar en las primeras ediciones de Pirineos SUr (nada que ver con los festis de los que hablais) un sitio magnifico en Huesca al rededor de un lago en Sallent de Gallego, donde estaba lleno de pies negros y se acampaba furtivamente en el lago.

    En fin, si me da la sensación de que somos un tipo de producto en masa, de borregos, de una forma mas de consumo.

    Pero lo admito, sigo siendo chica grupie festivalera.

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