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«Grace»: 25 años del milagro de Jeff Buckley

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Aquellos que están lo suficientemente locos como para creer que pueden cambiar el mundo son los que al final lo cambian», dijo una vez Steve Jobs. La frase no me acaba de gustar del todo, aunque en el fondo creo que es bastante acertada, y añadiría que algunos locos lo cambian, y lo cambiaron, sin querer. Sin pretensión y encima con poco tiempo. Bien, antes de hablar de este personaje histórico sin parangón, de explicaros por qué marcó un antes y un después en la historia de la música, quiero que sepáis una cosa: si lo describo como un milagro de la música, es únicamente porque así fue. No lo agasajaré porque sí, para sumarme a una fecha memorable y rendirle el clásico tributo a los 25 años de «Grace», su única obra. Esto es simplemente la excusa. Jeff Buckley fue un artista sin precedentes, como en su día lo fueron Nina Simone o Prince, una rara avis en toda regla. Así que, si a milagro se le llama a un fenómeno inexplicable por las leyes de la naturaleza, dejadme calificarlo así. Su talento no era muy común.

No hay día que no me pregunte cómo hubiera sido su evolución musical de no haber fallecido en el 97 (ahora tendría 53 años). ¿Estaríamos hablando de un Bruce Springsteen o Bob Dylan? Ni me lo imagino, ni, en el fondo, creo que importe. La historia ya está escrita. Hoy en día, si queremos recordar a Jeff Buckley nos basta con echar la mirada atrás y escuchar «Grace«, debut que hoy cumple cuarto de siglo y que, en 1994 trascendería para la eternidad. La vocación musical le venía de genes: su padre, con quien apenas se relacionó, fue un músico popular de la escena folk rock estadounidense de los años 60 y, hasta donde yo sé, su yaya tenía una guitarra destartalada que Jeff aprendió a tocar siendo un renacuajo de cinco años. Allá en 1990, Buckley ya sentía de corazón que él en este mundo quería ser chanteuse, aunque es evidente que lo llevaba en la sangre. ¿Qué loco lo vendería todo para mudarse a Nueva York y empezar una carrera musical? Nadie. Su sensibilidad por la vida y su talento eran desmesurados, incontenibles, tenía que sacarlos, y empezó a hacerlo en uno de los locales donde daría más bolos, en Sin-é (ubicado en la zona de Lower East Side de Manhattan), club donde por cierto registraría su primer EP de directos.

Jeff Buckley

Cualquiera que vea un directo suyo, lea alguna entrevista o vea algún documental («Amazing Grace», por ejemplo), no tardará en darse cuenta de que Jeff era un artista atormentado. Él hablaba pero en seguida veías que su cabeza ya estaba en otra parte. Cuando decía que «su música era una brumosa sonoridad procedente de la psique» entendías que lo que él quería plasmar en «Grace» iba mucho más allá de todo. En unas declaraciones rescatadas en el número 131 de la Revista RUTA 66, el de Orange County decía lo siguiente: «¿Has tenido alguna vez esa clase de recuerdos en los que crees recordar un sabor o una sensación, pero es tan extraña e imperceptible que no puedes quitártela de la cabeza y te vuelve loco? Pues esa es mi premisa musical. Ese imperceptible recuerdo. Lo hermoso de todo ello es que ahora puedo convertir esa sensación en un disco o expresarla en directo. Es algo enteramente surrealista«. La esencia de su primer y único trabajo fue esa, una búsqueda incesante, insana, de una emoción que solo él podía sentir y entender. Lo desbordaba.

Pero en «Grace» de alguna manera la encauzó de manera magistral. Su garganta era de oro. Llegaba hasta donde quería, hacía verdaderas acrobacias con las cuerdas vocales y la crítica no tardó mucho en arquear la cejas y hablar bien de él. Antes de que el disco celebérrimo llegara a las tiendas, Buckley había sido elogiado por gente como Dylan o McCartney. Más allá de sus grandes dotes, el californiano era una esponja de influencias, amaba -declarado ante las cámaras- a Nina Simone (de quien versionaría e incluiría ‘Lilac Wine‘), estallaba como los Led Zeppelin (‘Eternal Life‘, blanco y en botella), hasta se adueñaría buenamente de una pieza de Leonard Cohen para grabarla con machete en el imaginario colectivo. Muchos lo recordarán por ella, pero ‘Hallellujah‘, a la que Rolling Stones incluyó entre las 500 mejores canciones de todos los tiempos, en realidad no fue la que obró el milagro.

Paul McCartney y Jeff Buckley

A pesar de que inicialmente había grabado algunas canciones con el productor Tom Verlaine, Jeff se desharía de ellas y en 1993 se iría hasta los estudios de Bearsville de Woodstock, Memphis, para sacarles un nuevo brillo con Andy Wallace, ingeniero oficial de «Grace». Allí se materializaría un disco en el que Buckley, además de grabar con su inseparable guitarra eléctrica, también tocaría instrumentos especiales como el armonio, el órgano y el dulcimer. Se pueden escuchar en la apertura de ‘Lover, You Should’ve Come Over‘, seguramente uno de esos temas en los que Buckley encontró o, al menos, acarició el objetivo de su premisa. Podré escucharla mil veces y seguirá emocionándome como la primera. A tenor de «Grace», hay quien se aventuró a definirlo como un artista de extremos. El álbum en sí, dotado de una estructura complejísima, planteaba a su vez una notable simplicidad en los ritmos. Al fin y al cabo, venía a ser una expresión de ese mundo incomprendido que guardaba tan adentro. Incluso el hecho de adaptar una versión tan celestial como ‘Corpus Christi Carol‘ (tema original del artista británico Benjamin Britten) en cierta medida también refleja hasta qué estado espiritual podía llegar. No he conocido a un artista más enigmático que él.

Directo de Jeff Buckley performing interpretando «Lover, You Should’ve Come Over» en Cabaret Metro, Chicago

La celebración de que «Grace» obrara el milagro hace ya 25 años es simbólica, por supuesto. Su muerte lo dotó de un poder inexorable a la hora de concebirlo como artista; de alguna manera lo engrandeció. Y hoy no solo lo recordamos por su «delicadeza», frágil como un castillo de naipes. Yo al menos lo recuerdo y lo recordaré siempre como ese genio que tanto ha influenciado a generaciones posteriores, tanto en el ámbito musical, de la danza, como en cualquier otra disciplina. En uno de los temas que interpretaba en sus épocas en Nueva York (90) decía: «dejaré este mundo viejo con una mente satisfecha«. Tanto si se fue con la mente tranquila, como si no, consiguió cambiar el mundo desafiando los límites de la música emocional. Eso yo siempre lo consideraré un milagro.

Màrius Riba
el autorMàrius Riba
Comunicación y marketing digital. Sin música no seguiría aquí. Así pues, sobreviviendo| Twitter: @MariusRiba

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