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«Meat is murder», 35 años de guerra

Hace unos días me insistieron en ver un vídeo que jamás hubiera visualizado por voluntad propia. Era la antesala de un matadero y en escena aparecían un puñado de crías de cerdo temblando despavoridamente mientras esperaban su turno a ser sacrificadas. Podían oler la muerte, la carne asesinada. Las imágenes fueron tan ominosas, que me hicieron reaccionar concienzudamente. Terapia de choque social y, en parte digo, menos mal. El sensacionalismo bien entendido, con un propósito moral, es poco frecuente, también si hablamos de llevarlo a una faceta artística. Aunque 35 años atrás, The Smiths lo hicieron con toda la destreza posible creando «Meat is murder» (1985), el segundo álbum de su corta carrera musical. El impacto que tuvo en la sociedad fue algo así como ese puto disco que una vez escuchabas ya no podías quitarte de la cabeza. Por agresivo, por crítico, por hablar de eso que no nos gusta escuchar; y por bueno. Ahora, la perspectiva lo engrandece.

The Smiths,1985. Andy Rourke, Steven Patrick Morrissey, Johnny Marr, Mike Joyce

Porque en el año 85 no eran tantas las figuras mediáticas que se alzaban como defensoras de los animales y proclamaban el vegetarianismo; Morrissey era uno de esos locos que nadaban a contracorriente, y no solo de boquita. La razón de ser de «Meat is murder» la llevaba a la práctica (había llegado a vetar la venta de perritos calientes y hamburguesas en sus conciertos) con la misma contundencia y mala leche que destilaba ese segundo LP. Estamos hablando de un trabajo que fue más allá de lo puramente musical. Sin ir más lejos, fue el único que logró el número 1 en los charts del Reino Unido, aunque no por eso es, y fue, el más importante. En realidad, cada año que pasa, más puestos escala.

Se trata de hacer más la guerra y no el amor

He oído más de una vez esa frase de que «para amar a los Smiths tienes que odiar a Morrissey«, y no le falta razón. Morrissey es uno de esos tipos que podrían desearte la muerte solo porque así mejoraría un poco más el mundo. Un artista mitad diablo mitad santo. Apático, atormentado, en más de una entrevista ya ha dejado claro que no quiere caer bien, porque para él, todos «somos un montón de locos en un manicomio global«. No desentona entonces que en la portada de «Meat is Murder» imperara un mensaje camuflado (y no precisamente en su vestimenta verde) tan crudo como lo que se vivió en Vietnam en los años 60. Si te quedas con una vaga idea, siempre puedes visitar el museo de la guerra en Ho-Chi Minh; te aseguro que tu concepción del disco saldrá reforzada. La ley del ojo por ojo iba a ser la primera de los estatutos de «Meat is Murder».

Guerra de Vietnam. Niña víctima de un ataque napalm. Imagen capturada en 1972 por el fotógrafo Nick Ut

El «dar a probar a alguien su propia medicina» suele ser un buen método de escarmiento, aunque Morrissey se pasaría cuatro pueblos, queriendo llevar esa práctica a la escala más extrema posible: la muerte. De ahí que el protagonista de la cover sea Michael Wynn, un soldado estadounidense de 20 añitos en plena guerra de Vietnam y que su casco esté garabateado con el nombre del disco en cuatro réplicas. «¿Te gusta la carne? Entonces te gustará dar un paseo por Da Nang en época de conflicto bélico«, pensaría el líder de The Smiths. Él mismo había declarado que era «la única manera de deshacerse de la industria cárnica«.

Fotografía original del Marine Michael Wynn de Columbus, Ohio en Da Nang. Imagen: Getty Images

Un mensaje subliminal retorcido, controvertido, ácido y, desde mi punto de vista, de segundo impacto por su compleja explicitez. Por supuesto, la guerra estaba en esa foto bélica, que por otra parte trajo cierta polémica, ya que fue distribuida sin la autorización del propio protagonista. Por lo visto, al marine no le hizo ninguna gracia que manipularan la redacción del mensaje original de su casco, que era el de «haz la guerra y no el amor». Sin duda, la otra guerra por la que abogaba Morrissey era personal. De puros principios. Así es que en pleno 2020, «Meat is Murder» debería doblar en ventas a las tostadas con aguacate.

La lección de Morrissey: de maestro a maestro

Morrissey declaraba pues la guerra, aunque ésta no solo estaba en el campo de batalla. Cuando nos metemos de lleno en esta obra maestra es cuando lo descubrimos, que aquí no solo pillan los carnívoros. Es en ‘The Headmaster Ritual’, la primera pista, donde «Meat is Murder» empieza a autodefinirse. En ella carga contra la violencia abusiva de los maestros de Manchester que en los años 70 le dejaban unos moratones más grandes que los platos que le ponían para cenar. Lo triste de todo es que por entonces el castigo corporal en la educación estaba permitido en Inglaterra. Bien jodido, el maestro (de la música) nos hace cómplices de ese sufrimiento escolar, -«I want to go home, I don’t want to stay. Give up education, as a bad mistake»-, despertando nuevamente la reactiva del oyente.

‘The Headmaster Ritual’ en directo. Concierto de The Smiths en Madrid, 1987

Fuera de los rigores del disco, lo haría a cualquier precio. En alguna ocasión había llegado a alegrarse de que falleciera el director de St Mary’s Secondary Modern, su antiguo instituto al que había llegado a catalogar como mausoleo negro porque tenía (ya no existe) el «poder de hacerte infeliz«. Generando odio o simpatizando, Morrissey nos acostumbró pronto a no hacer la vista gorda y a levantar la mano.

Ilustración castigo corporal de un maestro a un alumno

La historia se repetiría en ‘Barbarism Begins at home‘. Allí nos cuenta cómo el alumno era machacado o, en su defecto, ridiculizado. 35 años después, ‘»Meat is Murder» continúa siendo un disco muy presente, y hoy lo vemos claro. La lección de Morrissey fue un bofetón eterno a la vieja escuela. Y durará hasta que se acabe la humanidad o bien hasta el día en que el mundo degenere tanto que se olvide de este disco. Creo más en la primera.

Guitarras con dientes, minas experimentales, bombardeo de estilos

Todo lo deliciosamente sutil que podía ser Morrissey a la hora de denunciar realidades, también lo tenía de basto. Y volvemos al principio. Al matadero. A las guitarras afiladas que en ‘Meat is Murder‘, cierre homónimo del álbum, resuenan como sierras oxidadas. A las vacas que esperan su turno. Stephen Street, productor con el que trabajarían, jugaría un papel importante en el diseño de este tema en cuestión. Con ese efecto, y esa canción, de alguna manera, asegurarían cumplir con su propósito inicial. No hay final feliz.

Con todo, «Meat is Murder» iba a ser un disco redondo y disfrutable desde el primer track. Si su debut homónimo tuvo máculas en producción, este saldría limpito. Los de Manchester tomarían las riendas de todo el proceso de grabación y producción, y todos felices. Así, Morrissey y Marr harían el tandem creativo perfecto para vestir cada canción a su manera. ‘Rusholme Ruffians’ o ‘Nowhere Fast’ de espíritu rockabilly, mostraban una faceta inédita de su catálogo estilístico. ‘Barbarism Begins at home’, aquella que el bajista Andy Rourke había tocado hasta la saciedad con Johnny Marr incluso antes de engendrar The Smiths, lo haría en las páginas del funk, reconociendo de paso que James Brown o The Pop Group habían afectado en su definición. Luego, en ‘Well I Wonder’, tenemos la antitesis. La más preciosa y romántica, aunque venda la cara más amarga del amor.

En concreto, esa situación en la que te enamoras de alguien, pero no tienes nada, nada, nada que hacer. Los agudos cantares de Morrissey serían sin duda uno de los momentos más emotivos del disco. Algo así como ‘The Joke Isn’t Funny Anymore’, la gran balada, una peripecia estructural (en términos musicales, el primer verso nunca se repite) y una granada emotiva que estalla en cámara lenta y se va por fundido, resucitando luego cuando todos la dábamos por perdida.

35 años más tarde, la guerra aún no está perdida

O mejor dicho, 35 años más tarde, algo empieza a cambiar. Creo en la música como medio para mejorar conductas y, en este sentido, el segundo álbum de los Smiths, de forma directa e indirecta, sigue recogiendo sus frutos. Hablar de un dilema moral cuando lo que veníamos a reseñar era un disco de música, no es mezclar peras con manzanas. No en este caso. «Meat is Murder» es uno de esos trabajos en los que el verbo «escuchar» puede cobrar más sentido que nunca. Es una lucha con guadaña contra ese ser insensible y pasivo que todos podemos tener dentro. Con un chuletón de medio quilo o un bol de quinoa sobre la mesa, realmente, con «escuchar» el disco, «Meat is Murder» ya gana. Eso sí, como defensor de un estilo de vida sin crueldad, Morrissey siempre querrá que de entrante, de primero, y de segundo no pidas carne.

Màrius Riba
el autorMàrius Riba
No necesito que me busques trabajo. Estoy bien así. Soy poeta | Twitter: @MariusRiba

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