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Leonard Cohen: In Memoriam

leonard cohen in memoriam

Ha muerto un poeta.

En estos días tendemos a usar con demasiada ligereza y generosidad el término “poeta” aplicado a todo tipo de creadores, sobre todo músicos, pero hay un caso en el que el riesgo que corremos es el de quedarnos cortos. Leonard Cohen era un poeta en el sentido literal de la palabra. Ya había editado un par de novelas y varios poemarios aclamados por la crítica cuando, a una edad a la que gente como Jim Morrison, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Kurt Cobain, Jeff Buckley y Amy Winehouse llevaban varios años muertos, publicó su primer disco. Y es que Cohen nunca se consideró un músico hasta que a los 33 años decidió que era más fácil ganarse la vida haciendo canciones que escribiendo, y compuso esa obra maestra inmortal que es su debut. “Songs Of Leonard Cohen” (1967) es el disco donde están (tomen aliento y piensen en ello) “Suzanne”, “So Long, Marianne”, “Master Song”, “The Stranger Song”, “Sisters of Mercy”, “Hey, that´s no way to say goodbye” y “One of us cannot be wrong”, una debilidad personal, aquella canción a la que acudir cuando todo lo demás falla.

I showed my heart to the doctor
he said I just have to quit
Then he wrote himself a prescription
and your name was mentioned on it

Cualquiera de estas canciones justificaría toda una carrera. Aquí forman parte todas de un primer disco. Es un milagro, un universo en sí mismo, la prueba de que la música y las palabras pueden curar muchas cosas, la obra a la que volver una y otra vez en los momentos buenos y los terribles, el refugio que siempre te acoge sin preguntar. Con los inspirados versos de un poeta en estado de gracia (“Suzanne” fue poema antes que canción, otra de las constantes en la obra de Cohen, el modo en que canción y poema se entrecruzan una y otra vez cambiando de formato y son escritos y reescritos a lo largo de los años hasta alcanzar la versión definitiva. Ya saben, “Hallelujah” llegó a tener 300 versos y precisó de más de diez años de trabajo para llegar a ser la maravilla imperecedera que hoy conocemos), una voz profunda y tranquila como el mar y unos acordes de guitarra que según la leyenda le enseñó a un Cohen adolescente un joven español. Y aquí vale la pena detenerse.

Cohen ha relatado en diversas ocasiones que una tarde, mientras paseaba por su Montreal natal, llegó a sus oídos un sonido que no se parecía a nada que hubiera escuchado antes. Al acercarse vio a un joven tocando una melodía flamenca con una guitarra acústica. Bien fuera por ese mágico sonido o por la pequeña multitud de mujeres que lo rodeaban admiradas, Cohen decidió aprender de ese guitarrista la alquimia de esa música que no conocía. Lo convenció entre gestos y una mezcla de español, francés e inglés y los siguientes días recibió tres clases en las que Cohen aprendió una progresión flamenca de seis acordes. Al no presentarse el español el día de la cuarta clase, Cohen fue a preguntar por él en la pensión donde se alojaba y la casera le dijo que había muerto. Se había suicidado. Cohen ha ironizado en alguna ocasión que no tocaba tan mal como para eso. (Otra constante en su vida y obra, un sentido del humor elegante y sereno que no perdió jamás, ni en los momentos más amargos). Pero en lo que ha sido siempre completamente sincero es en reconocer que toda su música se basa en esos seis acordes y en que ahí comenzó su fascinación por el flamenco y la cultura española que le llevaría a la influencia fundamental de Federico García Lorca en toda su obra. Si esta historia es verdad y no una licencia del poeta, le debemos mucho a ese joven español desconocido…

Igual que le debemos mucho a Marianne Ihlen y a la isla griega de Hydra. Allí conoció Cohen al amor de su vida y allí pasó los días más felices cuando era un pequeño puerto de pescadores de casitas blancas sin electricidad. A lo largo de los años Cohen jamás renunció a Marianne ni a Hydra y, a pesar de que acabara con otras mujeres y en otros lugares, siempre acababa volviendo a una y otra en un momento dado. Hace meses Marianne murió y pudimos conocer la carta que Leonard Cohen le había escrito. En agosto nos emocionó, leída hoy tras conocer la muerte del poeta el dolor es casi físico.

Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. Que sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, creo que podrás tocar la mía. Ya sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría pero no necesito extenderme sobre eso ya que tú lo sabes todo. Solo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Todo el amor, te veré por el camino.

Es completamente imposible leer sin un nudo en la garganta esta carta de amor incondicional, de despedida que Cohen ya intuía que sería temporal cuando la escribía, que ese reencuentro en el camino se produciría mucho antes de lo que todos podíamos esperar. Y es que hace 45 años cantar “So Long, Marianne” ya le emocionaba hasta las lágrimas como podemos ver en un estremecedor concierto en Jerusalén en 1972 recogido en el revelador documental “Bird On A Wire”. Traguen saliva y contemplen. Si esto no es emoción, arte, amor, tales cosas no existen.

Si Cohen hubiera desaparecido tras ese primer disco aún sería considerado un mito, un autor de una obra monumental. Pero es que lo que hizo a continuación fue grabar “Songs from a Room” (1969). El disco de “Bird On a Wire”, “The Partisan”, “Seems so long ago, Nancy”, “Tonight will be fine” y esta “Story of Isaac” que quiero resaltar por no ser una de sus canciones más conocidas. Una melodía inolvidable, imaginería biblíca, hermanos y padres, matar y perdonar y versos como estos:

When it all comes down to dust
I will kill you if I must
I will help you if I can
When it all comes down to dust
I will help you if I must
I will kill you if I can

Dos discos, dos triunfos en todos los sentidos. Era el momento de salir de gira. Su primera gira. Con dos discos maravillosos y un culto creciente a su alrededor la compañía convenció al poeta para presentar sus canciones frente a un público que lo adoraba sobre todo en Europa. Esa primera gira fue memorable por muchos motivos. Leonard Cohen decidió que el mejor modo de prepararla sería hacer una pequeña tanda de actuaciones en lugares inusuales. Y llegó a la conclusión que ningún lugar mejor donde actuar que en psiquiátricos, manicomios e instituciones para enfermos mentales. Pueden imaginar la congoja que esa decisión irrevocable causó en discográfica y algún miembro de su grupo. A su lado la idea de Johhny Cash de tocar en cárceles y recintos penitenciarios les debió parecer hasta lógica.
Cohen no cedió.

Decía que el mero hecho de ingresar en una de esas instituciones suponía una digna asunción de la derrota que él ya veía implícito en sus canciones, y que no encontraría público más receptivo ante su obra. Y así fue como Leonard Cohen y su grupo se encontraron dando una serie de conciertos ante los desesperados, abandonados, rotos y frágiles residentes de estas instituciones. Por desgracia, y a pesar de los rumores de que en una de ellas, el Hospital Henderson de Londres, se grabó la actuación, no se conserva ningún archivo sonoro ni visual de lo que según los testigos fueron algunas de las actuaciones más extraordinarias de la historia del rock.

bob
En una ocasión varios internos en silla de ruedas decidieron cagarse encima a la vez mientras Cohen tocaba. Por supuesto, él ni se inmutó y siguió cantando como si nada. En otra ocasión un joven lobotomizado que llevaba años sin hablar y casi sin moverse, en un estado catatónico casi completo, rompió a llorar a medio concierto y al verlo, Cohen dejó de cantar, bajó donde estaba y se abrazó a él durante varios minutos. Había internos que le pedían canciones que aún no habían sido publicadas y casi ni interpretadas en público como “Famous Blue Raincoat”… Ojalá algún día esa legendaria grabación vea la luz y podamos disfrutar de una mínima parte de lo que sucedió durante esas extrañas y brillantes actuaciones. En todo caso, esa gira acentuó todavía más el compromiso de Leonard Cohen con su arte y le dio al poeta y a su grupo (conocido como The Army a esas alturas por las batallas que libraban noche tras noche) una confianza y tranquilidad que más tarde iban a necesitar.

Y es que el final de la gira tendría lugar en el festival celebrado en la isla de Wight, un lugar de veraneo habitual entonces para los londinenses más privilegiados. De esta actuación sí existe una grabación, un documental absolutamente maravilloso que refleja lo que a continuación voy a relatar. Y antes un consejo. Si no lo han visto dejen de leer y corran a por él. Imprescindible en todos los sentidos para cualquiera mínimamente interesado en Cohen, la poesía, el rock o el arte y el ser humano en general, qué demonios.

Bob Dylan había actuado en Wight el año anterior en lo que fue su primera actuación en más de tres años, desde el accidente de motocicleta que le sirvió de excusa para desaparecer del escrutinio público en 1966 tras la histórica gira en la que se vivió el momento más famoso de la historia del rock, esos abucheos repetidos cada vez que hacía el set eléctrico con The Band con el culmen que fue ese grito de Judas y su aplastante respuesta. I don´t believe you. You´re a liar. PLAY FUCKIN´LOUD. Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Si con Bob Dylan no hubo más de 150000 asistentes los organizadores calcularon que al año siguiente no se sobrepasaría esa cifra. Error. Esa diminuta isla fue tomada al asalto durante los cinco días que duraba el festival en 1970 por más de medio millón de personas, la mayoría sin entrada ni intención alguna de comprarla, que se instalaron donde pudieron y de cualquier manera dando lugar a un inmenso campamento conocido como Colina de la Desolación. Leonard Cohen actuaba el último día, tras cinco días en los que hubo disturbios, batallas campales entre ejércitos de guardias de seguridad y jóvenes airados fuera de control, intentos de levantar vallas protectoras, incendios provocados, conciertos que acababan abruptamente y un clima cada vez más enrarecido que no hacía sino presagiar un estallido final y una gran tragedia. Kris Kristofferson fue recibido a botellazos. Durante el concierto de Jimi Hendrix le prendieron fuego al escenario. Era una multitud de más de medio millón de personas en un estado de ánimo más allá de la violencia, que no había dormido en cinco días, furiosos con todo y dispuestos a prenderle fuego al mismísimo cielo. Y en esas circunstancias salió Leonard Cohen al escenario a las cuatro de la mañana.

En pijama, con una cazadora caqui, sin afeitar y con el pelo largo, miró indiferente al inmenso océano de rostros hostiles que lo rodeaba y en vez de empezar a cantar se acercó al micrófono, saludó como lo hubiera hecho en un pequeño café vacío de Montreal y contó una historia sobre su padre llevándolo al circo cuando era un niño. Le pidió a la multitud que encendiera cerillas para poder ver sus caras y sólo entonces, cuando se hubo hecho el silencio y ese medio millón de personas encendió en su mayor parte una cerilla, empezó a cantar “Bird on a Wire” de un modo aún más pausado que en el disco, arrastrando las primeras palabras durante lo que pareció una eternidad.

Y se hizo el milagro.

Un silencio sepulcral, una calma absoluta.

Un hombre armado con una guitarra y sus palabras frente a una multitud furiosa de más de medio millón de personas saliendo victorioso.

De verdad, corran a por esa grabación, ese documento que refleja el milagro que esa pequeña isla vivió el verano de 1970, cuando un evento destinado a finalizar siendo un drama acabó con una multitud llorando de emoción gracias a la voz y la guitarra de un poeta.

En este punto podríamos decir que cualquiera había alcanzado la cima, que lo logrado hasta entonces era insuperable, que todo lo que se hiciera desde entonces por necesidad sería decepcionante. No con Leonard Cohen.

Nick Cave, tal vez el autor más parecido a Cohen que nos queda, ha dicho en repetidas ocasiones que el mejor disco de la historia es el tercero de Leonard Cohen. Y quiénes somos nosotros para contradecir al australiano.

“Songs of Love and Hate” (1971) es algo para lo que hay que estar preparado. Conviene acercarse con precaución. Es la obra definitiva, tanto a nivel lírico como musical, sobre la duda, el rencor, la creación, la lucidez, la pérdida, el perdón, la pasión, el deseo y todo aquello que hace del ser humano lo que es, de lo sórdido a lo sublime, del amor al odio. Duele, y luego cura. Así debería ser siempre la música, el arte, la vida. Desde los versos iniciales de “Avalanche” Leonard Cohen nos sumerge en un mundo del que no saldremos igual que hemos entrado. Nick Cave eligió esta canción para abrir su primer disco en solitario en una declaración de intenciones que no deja lugar a la duda. Y qué versión hace Cave de una canción ya perfecta en su origen.

“Avalanche”, “Last year´s man”, “Diamonds in the man”, “Joan of Arc”… y claro, “Famous Blue Raincoat”. La canción favorita de Leonard Cohen para muchos, lo cual es como decir la mejor canción de la historia. La historia de un triángulo amoroso en una carta, el perdón, el rencor, el desprecio, la tristeza, el deseo… Toda la obra de Cohen en una canción, una canción que admite tantas interpretaciones como oyentes y con los versos más poderosos imaginables.

And what can I tell you my brother, my killer
What can I possibly say?
I guess that I miss you, I guess I forgive you
I’m glad you stood in my way
If you ever come by here, for Jane or for me
Well, your enemy is sleeping, and his woman is free
Yes, and thanks, for the trouble you took from her eyes
I thought it was there for good so I never tried

Y ahora volvemos al principio. Ha muerto un poeta. Tal vez el mejor de todos, alguien que nos hizo mirar más allá y más cerca a la vez, que nos mostró la belleza y nos mostró la verdad, que nos ha dejado muy solos al irse. Adiós, comandante de campo Cohen. Misión cumplida.

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