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‘Música de mierda’ o el porqué de los gustos musicales

Hace unos meses, la famosa cobra (o no cobra) de David Bisbal y Chenoa se hizo viralmente famosa. Como todo hijo de vecino, cuando no sabía bien qué había pasado, busqué en Youtube el famoso momento para contentar mi pecado cotilla. Lo que más me sorprendió de la escena en cuestión fue la canción que cantaban. ‘Escondidos’, una versión de un clásico latino de Cristian Castro. Aquella canción conectó con alguna parte muy remota de mi cerebro. Y la escuché varias veces seguidas. Aun no he conseguido escudriñar porque. Ni de lo primero ni de lo segundo. ¿Por qué una canción que no había escuchado en años me decía algo? ¿Por qué precisamente esta? Una canción que no se asemeja nada a lo que escucho habitualmente y cuya letra me hace supurar toda mi bilis hacia el concepto de amor rancio, caspo-católico y malentendido. Pero por alguna razón mi cerebro conectó con algo y me hacía sentir extrañamente bien.

Esta anécdota, que podría haber guardado para mí y evitarme las risas de varios redactores de esta casa, me pareció genial para ilustrar lo que ha sido leer ‘Música de mierda’. Un libro que me ha dicho muchas cosas que sobrevolaban mi cabeza durante años y que nunca había sido capaz de ordenar y darles sentido. Pues Carl Wilson lo ha conseguido. Este señor, reputado crítico musical, llegó un día en que le encargaron participar en una colección de libros que hablaban sobre diferentes artistas y discos. Él, harto del ‘poserismo’ imperante en la crítica musical, y demostrando una capacidad brillante para dar un pasito más allá del cliché, decidió escribir su libro sobre Celine Dion. Sí, la de Titanic. Correcto, de la que te habrás reído alguna vez por su cara de beata canadiense y por hacer de las letras más hiperglucémicas de la esfera musical. Pues bien por tus cojones Carl. Asimismo, lo mejor es que ‘Música de mierda’ no es un ejercicio de ironía posmoderna para reírse encubiertamente de la diva francófona, sino que parte del cuestionamiento de qué es el buen gusto musical (si existe) y cómo esta señora vendió 20 millones de copias (20 millones, repito para que quede claro) del ‘Let’s talk about love’ (1997), disco que tenía ‘My heart will go on’ de Titanic, una de las canciones que habrás escuchado, quieras o no, a lo largo de tu vida.

‘Música de mierda’ hace un recorrido biográfico por la vida de Celine Dion que ayuda a contextualizar esta artista con un espectáculo continuo en un teatro de Las Vegas. Explica, por ejemplo, cómo su condición de canadiense ha ayudado a no ser odiada por americana en muchas partes del mundo. O su trabajo con diferentes productores, y cómo influyó en su carrera casarse con el que era su manager. Posteriormente, en las páginas del libro, de forma paralela a la trayectoria vital de Dion y de su ‘Let’s talk about love’, Wilson plantea varias teorías sobre el gusto musical y cómo éste se forma en las personas. Todo ello para acabar escribiendo esa crítica final del disco desde la más absoluta sinceridad y muy desprovista de clichés y miradas-por-encima-del-hombro tan habituales en la crítica musical. Y creo que ese es el propósito final del libro. Por un lado intentar hacer la crítica musical algo menos encorsetado. Nunca objetivo porque no puede ser, pero sí desnudo de estructuras mentales preconcebidas que no llevan a ninguna parte. Y, por otro lado, intentar abrir un debate sobre cómo formamos nuestro gusto musical y diseminar un poco aquella barrera entre «lo bueno» y «lo malo» en la música. Este último punto me parece fascinante.

Nos guste o no, la mayoría de nosotros tenemos unos gustos musicales creados por circunstancias concretas (herencias o contextos sociales) o por condiciones sociales, culturales y económicas, como defiende la teoría de Bourdieau sobre el gusto cultural y que comparto casi al 100%, a diferencia de Wilson que muestra sus reservas. En cualquier caso, la música sirve para conectar con partes de nuestro cerebro y llevarnos a lugares en los que nos sentimos a gusto. Ya sea con Camela, Explosions In The Sky o R.E.M. Y no hay nada bueno o malo per se en ello. Y lo dice alguien que durante años ha estado intoxicado por esa mal entendida barrera del buen y el mal gusto. Pero es algo de lo que me intento deshacer. Por ejemplo, muchos de mis amigos hacen bromas conmigo por ser fan acérrimo de Mishima. Grupo catalán con 7 discos publicados. Lo ven como algo malo, provinciano, no suficientemente «bueno» para ser valorado. Lo mismo que yo he hecho con otra gente con cualquier Love of Lesbian o Amics de les Arts que se precie. Un auténtico sinsentido. Creo que los gustos musicales solo se les ha de pedir honestidad y una mínima coherencia. Pero sobre todo que cada uno se sienta cómodo con ellos. Uno mismo, no los demás. Recuerdo hace poco, cuando Ty Segall fue confirmado para el próximo Ebrovision. Varios tuits de fans declarados se mostraban indignados porque el creador de ‘Horn The Unicorn’ compartía cartel con Sidonie o Nada Surf. Su gusto debía mezclarse con las castas más bajas del pseudo-indie español. ¿Y qué? Todos queremos molar y a veces nos olvidamos de lo que nos tiene que molar a nosotros. Una escena que vivimos año a año con los anuncios de los grandes festivales. Gente que se vuelve loca de forma 2.0 porque le gusta toda la primera y segunda línea del cartel. Como símbolo de identificación a un grupo social del que quiere formar parte. Nuevamente lo sé, porque he sido de esos. Pero amigo, no entiendo como te puede gustar TODO lo que mola que mole. Pienso que no es posible. Que los clichés y los lazos sociales de querer ser te aprietan demasiado. A mí también, sin duda, pero intento superarlo. Y leer ‘Música de mierda’ es una de las mejores cosas que puedes hacer para dar el primer paso.

Oscar Villalibre
Redactor en Binaural desde hace más de 3 años. El pop y el soul son el motor. Las guitarras afiladas, las trompetas y los violines el mejor impulso. Twitter: @oscarvillalibre

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