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Sci-fi, psicodelia y espías: tres en uno con Léon Theremin

theremin

El eslógan del documental de 1994 ‘Theremin: An Electronic Odyssey’ rezaba: “La música que creó era extraña. Su vida lo fue todavía más”. Léon Theremin fue ingeniero y además músico. Su rendimiento en ambas facetas hizo de su vida una montaña rusa de ciencia ficción, psicodelia y espías. Sin embargo, para entender la historia del hombre hay que, primero, conocer la creación que lleva su nombre.

Si en tu Expedit, iTunes o Spotify tienes discos de pop y rock viejuno o bandas sonoras de pelis de terror y ciencia ficción en rotación, seguramente habrás cazado un instrumento agudo interpretar glissandos cristalinos en un registro parecido a una flauta de émbolo, a una voz femenina o a un sintetizador moderno. Lo más seguro es que fuera un theremin.

El theremin es el instrumento electrónico que se toca sin tocarlo.

Clara Rockmore, una de sus virtuosas destacadas.

El aparato está formado por una caja central y dos antenas. La unidad principal emite un campo electromagnético entre las dos antenas, que modulan el sonido según la cercanía de las manos del intérprete a cada una de ellas: la antena vertical transforma la frecuencia (el tono) y la horizontal, la amplitud (el volumen).

¿Dónde lo has escuchado?

“Mítico”, estarás pensando. ‘Good Vibrations’. El sonidito ése del estribillo”.

Casi. La ‘sinfonía de bolsillo’ de los Beach Boys emplea un electro-theremin, que difiere del original en que la modulación del sonido se controla mecánicamente con botones y potenciómetros y no ondeando las manos.

“Sale en el tema de Expediente X”. Negativo. Ojalá.

‘Mysterons’, de Portishead”. Tampoco. Sintetizador monofónico.

Sí suena un theremin en ‘2000 Light Years From Home’ de los Rolling Stones y también en ‘Little People’ de los White Stripes.

Sí es un theremin lo que Jimmy Page toca en ‘Whole Lotta Love’ y en algunos temas en directo como ‘No Quarter’ o los infumables ‘Guitar / Noise Solo’ de 1977.

Sensei Page enseñando el theremin a dos chavales.

Sí es un theremin lo que suena en ‘Velouria’ de Pixies, ‘Incense’ de Erykah Badu y hasta ‘Let’s Make Love And Listen To Death From Above’ de CSS. Hay muchísimos más ejemplos.

Hasta el indie español llegó el theremin, que protagoniza el estribillo de Seronda’ de Nacho Vegas y aparece de fondo en ‘Houston, tenemos un poema’ de Love of Lesbian o ‘MRWING’ de Toundra, entre otros.

Más recientemente, Carolina Eyck lo llevó a la mediática oficina de NPR para su Tiny Desk Concert con Clarice Jensen; más cerca, los barceloneses The Pinker Tones y el Brossa Quartet de Corda presentaron Leon, un espectáculo centrado en la figura de Theremin y en el sonido y la influencia de su instrumento. En 2019 se publicaría en álbum para celebrar el centenario de su primera patente.

Antes de convertirse en recurso spacey psicodélico en la música de bandas y artistas, la tesitura fantasmagórica del theremin lo había convertido en la niña de los ojos de los compositores de bandas sonoras de películas de terror, suspense y ciencia ficción desde los años 50 en adelante.

‘Ultimátum a la Tierra’ (1951). BSO de Bernard Herrmann.
‘Mars Attacks’ (1996). BSO de Danny Elfman.
El tema de Kang y Kodos de Los Simpson.

Música etérea y espionaje.

Léon Theremin (Len Termen en ruso) ya había inventado y tocado el theremin en público antes de cumplir 25 años. Lo inventó casi por accidente durante un experimento con ondas de alta frecuencia. En alguna fase del experimento, Theremin se percató que al acercar la mano a una antena afectaba las ondas y su frecuencia. Como buen músico-ingeniero, Theremin no sólo apreció el fenómeno sino que construyó un aparato para domesticarlo.

Así nació el theremin.

El inventor tocando su invento.

Con el apoyo del gobierno soviético y la bendición personal del mismísimo Lenin, Theremin se echó a la carretera por toda la URSS y Europa para realizar demostraciones, obtener patentes y, de paso, fardar de tecnología puntera soviética. Le debió ir bien, ya que para 1927 se llevó el theremin a los Estados Unidos, donde él y su mujer, todavía ciudadanos soviéticos, se instalaron como si nada. Allí aún le fue mejor: un año después ya había tocado el instrumento con la New York Philarmonic, conseguido su patente y vendido sus derechos comerciales a la RCA. No llegó a ser un éxito de ventas, pero sí suscitó fascinación entre el público general, los músicos y hasta personajes de primer nivel como Dwight D. Eisenhower o Albert Einstein, de quien se dice que hasta llegó a tocar el violín en casa del inventor soviético.

El sueño americano de Theremin llegó a su fin en 1938, cuando al parecer la Madre Rusia llamó súbitamente a su puerta y regresó a la Unión Soviética reclutado, secuestrado o voluntariamente, alertado por el inminente estallido de la Segunda Guerra Mundial, según la versión. También dependiendo de quien cuente la historia, Theremin fue arrestado y procesado al poco de haber vuelto por instalar escuchas en la residencia de Stalin para el NKVD o por pertenecer a un complot para asesinar al político Serguéi Kirov en 1934, cuatro años antes de su vuelta a Rusia. Je. Sea como fuere, para 1939 Theremin terminaría recluido en un sharashka, una especie de gulag para científicos donde el trabajo forzado no era físico, sino intelectual. Allí coincidiría y trabajaría con dos célebres ingenieros aeronáuticos: Andréi Túpolev y Serguéi Koroliov, probablemente todos víctimas de las Purgas de Stalin.

Manipular ondas a distancia.

La serie documental El Oficio Del Espía de Netflix destaca en su primer capítulo el endovibrador, el otro invento de Léon Theremin. Si su instrumento musical permitía modular ondas sin manipularlo directamente, el pequeñísimo endovibrador era capaz de repetir ondas de forma remota y autónoma a decenas de metros de distancia. El ‘otro invento’ de Theremin entraría en juego cinco años después, en 1945, cuando una asociación de niños a lo boy scouts delegación rusa regalaron al embajador norteamericano en Moscú Averell Harriman una talla en madera exótica del escudo oficial de Estados Unidos en señal de paz y amor diplomático. La guerra había acabado y los aliados se regalaron países y objetos para celebrarlo. Objetos como éste:

Además de ingenuo, aceptar algo así de misterioso y feo es de tener mal gusto.

En su interior, el obsequio escondía un diminuto dispositivo de escucha que incorporaba el mencionado endovibrador, una especie de membrana resonante que al recibir directamente una onda determinada se activaba, recogía las ondas producidas por las conversaciones del embajador y las emitía de vuelta en otra frecuencia que un receptor en la calle de enfrente sintonizaba y transformaba en audio como una radio cualquiera. La diferencia es que el endovibrador era pasivo, es decir, no contaba con fuente de alimentación propia ni emisor, por lo que debió ser indetectable para los los dispositivos de rastreo de la época. De manera similar al theremin, este aparato manipulaba las ondas de lejos sin tocarlo, casi de forma mágica.

Con su fina antena de 23 centímetros y quién sabe qué más componentes incorporados, el invento no pasaba de los 31 gramos.

Y es que a pesar de ser extremadamente kitsch y de provenir de una organización gubernamental soviética en el momento de repartirse Europa y el mundo con su país, la cosa colgó del despacho del embajador de los Estados Unidos durante siete años enteros hasta que fue descubierta casi por casualidad.Siete años de conversaciones privadas y secretos geopolíticos, comprometidos gracias a un pegote de madera obsequiado por unos escolares rusos.

“La Cosa”. Así lo llamaron los investigadores norteamericanos mientras trataban de entender cómo funcionaba.

Denuncia de Estados Unidos en la ONU, mayo de 1960.

Perdón, alienación, reconocimiento y coda.

El rendimiento que la inteligencia soviética sacó a sus inventos hizo que Theremin fuera exonerado en 1947, aunque siguió vinculado al KGB como ingeniero hasta 1964.

Durante los 50 y al otro lado del charco, un joven entusiasta de la electrónica llamado Robert Moog se interesaría tanto por los theremin que empezaría montándolos, seguiría vendiéndolos y terminaría por materializar los conocimientos adquiridos por el camino en su propio invento: el sintetizador Moog.

En 1964 Theremin volvió a la música trabajando como profesor e ingeniero de instrumentos en el Conservatorio de Moscú. Allí se lo encontró vivito y coleando Harold Schonberg, jefe de críticos del New York Times que, como todos en América, pensaba que Theremin había desaparecido o muerto en el 38. Schonberg describió su encuentro con el inventor ruso en Moscú en su artículo del 26 de marzo de 1967, que causó un enorme revuelo porque confirmaba a sus conocidos en EEUU que no sólo estaba vivo, sino que el genio inventor del theremin y de esa música ominosa y etérea seguía en vida y en activo.

Así, el entorno soviético vio cómo un medio global, burgués y estadounidense publicaba un artículo sobre Theremin y como los lazos de éste con EEUU se hacían más visibles y fuertes, algo impermisible por aquellos tiempos a nivel político y propagandístico para el gobierno soviético. En el texto, además, Schonberg escribía abiertamente que Theremin confesó haber “participado en el trabajo de guerra con trabajos encubiertos de electrónica”.

No contentos con la eterna sospecha política, a Theremin también lo marginaron, cómo no, por motivos musicales. El artículo, que lo describía más como un profesor chiflado rodeado de cachivaches que como un científico-músico innovador, hizo que los directores del Conservatorio de Moscú lo vieran demasiado contracorriente y lo despidieran, declarando que “la electricidad no es buena para la música; la electricidad es para electrocutar”. Muy como le pasó a Bob Dylan en 1965. Luego destruyeron todos sus instrumentos y casi echaron sal sobre el suelo de su estudio.

Léon Theremin se recuperó de la sacudida como pudo y encontró trabajo en el laboratorio del Departamento de Física de la Universidad Estatal de Moscú, en el que desempeñó tareas de mecánica y mantenimiento. No obstante, hasta su muerte en noviembre de 1993, la vida aún le iba a premiar con varios buenos momentos. En 1988 la familia Theremin recibiría una grata visita: Brian Eno. El inglés grabaría en Moscú un tema para su Music For Films III: ‘For Her Atoms’ con Lydia Kavina, alumna y bisnieta del propio Léon.

Después de una vida adulta vivida entre responsabilidades políticas y cierta marginación u ostracismo, Léon Theremin por fin gozó del reconocimiento de sus colegas cuando en 1991 fue invitado al centenario de la Universidad californiana de Stanford, donde protagonizó un simposio conjunto en su Centro de Investigación Informática en Música y Acústica con Max Matthews (el inventor, entre otros, de los radio baton) y otros pioneros de la música electrónica y informática.

Como dice el refrán, nadie es profeta en su tierra. Léon Theremin tuvo que regresar a los Estados Unidos 6 décadas después para cosechar el reconocimiento que sembró, en forma de fascinación, a finales de los años 20 cuando presentaba en sociedad aquél misterioso instrumento electrónico.

Fue el año siguiente cuando el cineasta Steven M. Martin lo incluyó en su documental ‘Theremin: An Electronic Odyssey by Leon Theremin’, que contribuyó enormemente a esa nueva oleada de interés por su figura y le consiguió algunos últimos recitales por Europa.

Léon Theremin moriría en Moscú el 3 de noviembre de 1993 como seguramente quiso: dejando un legado mayor que él.

En lo que a música se refiere, el theremin será por siempre ese instrumento retrofuturista de culto que, si bien no dominará las listas de éxitos, sí te hará parar y afinar el oído cuando te parezca oír su canción en la música por venir.Toni Delgado Abellan

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