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Kanye West – Jesus Is King | Crítica

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Resulta fácil encontrar un parentesco entre el rostro torcido y exultante de la protagonista de “Midsommar” al alcanzar la redención religiosa y el histriónico gesto de felicidad de Kanye West durante su -recientemente subida- conversación con Zan Lowe. La entrevista de casi dos (larguísimas) horas que le hizo el boss de Beats 1 desgrana con detalle y con extraordinaria lentitud el “journey” del rapero, que se convirtió de forma fulminante al cristianismo hará unos seis meses. Este es el punto de partida para “Jesus Is King”: una conversión inmediata y una pretensión de “esparcir el góspel” caricaturizada por los mismos tics, fraseos neuróticos y comportamientos impúdicos (sea pedir pudor de ciertas maneras un acto impúdico) que acompañan al de Atlanta desde el comienzo de su carrera, pero de forma más alarmante desde la campaña de lanzamiento de “The Life of Pablo”. 

“Jesus Is King”, que viene acompañado por una película en la que Kanye toca con su Sunday Service en una imponente instalación de James Turrell (su hija dice que tiene forma de iglesia), tiene once cortes y dura apenas veintisiete minutos. La extensión, que no alcanza ni la de una misa de martes, tiene algo que decir sobre el contenido: breve y en ocasiones aparentemente apresurado. No se puede decir lo mismo de los conciertos, que alcanzan las dos horas, teniendo una estructura mucho más trabajada y compleja: desde la disposición del coro y la banda, hasta el aprovechamiento del espacio sonoro, el despliegue de recursos… Pero, ¿dónde está ese mimo al detalle el disco? Mientras que en las secciones corales podemos ver un un tratado épico de la voz, muy emotivo y efusivo, en algunos cortes la mezcla y la masterización parecen el resultado de un trabajo amateur. Es el caso por ejemplo del verso de Pusha T en ‘Use This Gospel’ (a pesar de ello uno de los pocos momentos salvables del LP) o el resultado general de ‘On God’.

Por lo general la composición fragmentaria del disco no le da un aspecto más vívido o lo-fi (como sí lo tiene ‘Follow God’, muy en la línea de ‘No more parties in L.A’), sino que sigue dejando esa impresión de ensayo o tanteo que ya merodeaba por “ye”. Aunque esta no es la peor de las noticias, puesto que en su penúltimo lanzamiento había algunos temas salvables, sigue señalando esa licencia de “hago lo que quiero con mi producto” que West se toma cada vez con más facilidad y menos acierto. Sabiendo que no somos quién para exigirle al rapero que deje las cosas bien terminadas, al menos se podría esperar de “un disco para esparcir el góspel y adorar a Dios”, que el tío fuese capaz de dedicarle más horas a su mejor medio de propagación del verbo divino; pero no es el caso.

Mientras que Kanye admite en la entrevista estar cada vez más lleno de Dios y vacío de deseo (debe estar a punto de alcanzar el shunyata), el proyecto que parece haber tomado más relevancia para él es el de su relación con “The Lord” y el de crear ese espacio autosuficiente en el que reinsertar a delincuentes y no depender de “patrones extranjeros” para abastecerse. El resultado es el mismo que en “ye” y que en el irregular “The Life of Pablo”: si concentrase sus esfuerzos en la música y dejase de lado sus excentricidades y su – ¿innata? – necesidad de estar en el centro del tornado mediático las veinticuatro horas del día, “Jesus Is King” podría ser un trabajo magnífico. Pero no lo es. En él se arrejuntan todas sus polarizadas maneras de concebir el mundo, agolpándose junto a una moralina de neoconverso naif y una actitud extremadamente narcisista.

No: no hay redención alguna en escuchar a un hombre defender su feudo material y justificar el precio de sus zapatillas; no, tampoco hay ninguna necesidad de soportar a West diciendo que nadie nunca ha tenido la libertad y la capacidad de decir cosas tan polémicas y políticamente incorrectas que tiene él. Lo que tiene West es una falta absoluta de perspectiva histórica, y una actitud completamente sensacionalista que provoca que su responsabilidad de actuar de forma moderada y reflexiva como estrella del pop que es se vea ignorada; soltando constantemente lo primero que se le viene a la cabeza. Cuando West declara en su conversación con Zan Lowe que es «indiscutiblemente, el mejor artista de todos los tiempos» parodia su frenético balancearse entre dos aguas: buscar redención y alimentar su ego. Como esto está expuesto -sorprendentemente bien- en “ye”, el contenido de “Jesus Is King” se antoja todavía más innecesario: no por reconocer los pecados puede en un tiempo récord Kanye West empezar a disertar sobre moral.

No sabemos si el fardar de poder e incordiar al oyente advirtiéndole de lo que debe hacer y del doloroso camino que ha tenido que recorrer es una cuestión inherente al género musical; en tal caso podríamos aventurarnos a recomendar a West que definitivamente abandone el hip-hop si lo quiere dedicarse exclusivamente a Dios. Actualmente la cuestión urgente en su música es esta: las mejores canciones de “Jesus Is King” son en las que cede protagonismo y espacio a sus acompañantes o en las que no rapea. ‘Water’, la introducción, o el penúltimo corte, son canciones que expresan con acierto el júbilo del propósito vital reencontrado, redirigido. Pero como bien dice él mismo: «se conecta más con ese propósito cuando se celebra con más gente, que pueda secundar y vivificar nuestra experiencia» (curiosamente como los fanáticos de “Midsommar”); con lo que debería ensimismarse menos en su propia transformación.

Hay una frase en el último disco de The 1975 que describe muy bien la actitud de West en años recientes (otra estrofa además va dedicada a él): “Like context in the modern debate I just took it out”. Su pretensión de esparcir amor, el mensaje de Dios, y de unir a todos los hombres bajo la naturaleza que comparten es perfectamente elogiable; pero su discurso, su música, su actitud mediática y en general su postura pública son tan contradictorias, que sería mejor que se sentase un rato en su cabaña a pensar detalladamente sus movimientos en vez de autoatribuirse el derecho a decir lo que quiera y cuando quiera por el hecho de ser una figura pública.

“Jesus is King” es un disco con tres o cuatro lindas canciones de góspel-hip-hop, y por lo demás con un tono completamente descabellado y desastroso. La total irreflexividad y el solipsismo de su autor le confieren al álbum un carácter grupal, pero hecho por un solo individuo; algo así como un muestrario esquizofrénico en el que las voces imaginadas toman realmente otro tono, e incluso se transforman en clarinete De Kenny G. Aunque la esperanza es lo último que se pierde, no podemos sino esperar con muchas reservas el próximo movimiento de West. El de Atlanta sigue mostrándose como la mascarada desquiciada e inestable que mejor describe esta década, la cual abrió con uno de los discos más importantes de la música reciente, y cierra con el peor de su carrera. El problema del álbum ni siquiera tiene que ver directamente con su conducta, sino que es una consecuencia indirecta de ella: poca dedicación, poca concentración, pocas (o ninguna) ideas nuevas, poco interés por encontrarlas… Una calamidad desgraciadamente previsible, como nuestro momento histórico.

Escucha el nuevo disco de Kanye West en streaming.

Resumen de la crítica:

Nota:3

Pros

  • Los tres temas señalados

Contras

  • Su carácter amateurista
  • La total pérdida del eje musical

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