Críticas

[Crítica] Passion Pit – Kindred

Descifrar el entramado de Passion Pit nunca ha sido empresa fácil. Michael Angelakos, alma máter de la banda, siempre ha utilizado el grupo como vehículo emocional para ahuyentar a sus perseguidores. A veces, a modo de refugio personal, podrán pensar algunos. Otros, y me incluyo en el grupo, entenderán Passion Pit com su alter ego adolescente. Rebobinemos un segundo. Cuatro años atrás, cuando Angelakos facturó su inmaculado «Gossamer», desahogarse de las desdichas se advertía como algo lógico y normal. Su trastorno bipolar, sufrido desde los 19 años, abotagaron su cabeza y paciencia. La respuesta, como decía, asombró a propios y extraños, pero por alguna razón, sus deudas con el pasado jamás terminaron de saldarse. Bien, ahora, primavera de 2015, Angelakos ha cambiado de perspectiva en «Kindred«, su tercer álbum de estudio, completamente autobiográfico.

No cabe duda que el camino recorrido ha sido dulce y amargo, como la vida misma. «Kindred» nos sitúa en un punto de partida sensiblemente distinto a los anteriores. Ahora, su única pretensión consiste en hacer algo bueno para quienes le ayudaron a salir adelante: sus amigos y compañeros más cercanos; entorno que él definirá como «familia». Esa referencia, ofrece a Angelakos emprender un rumbo certero y espontáneo, como quien sigue un camino desconocido por inercia y abriga el convencimiento de que llegará inequívocamente a su destino. A juzgar por su discurso podría parecer que no se libra 100% de sus agonías (ejemplo claro en ‘Whole Life Story’), pero en realidad, la sensación que acaba dejando es la opuesta: alegría, señores, que la vida es demasiado corta como para enfurruñarse en sus caprichos. Sin echar el ancla, Angelakos arroja sus incertidumbres al mar y se despoja de aquellas espinas que seguían clavadas en su yo más sensible. Este viaje tiene sentido. Es una partida hacia sus 19 años, y como decía, Passion Pit es el vehículo emocional por el que ahora transita toda esa bondad.

Los envoltorios de pop maximalista siguen ahí, tan llenos de energía como siempre, acariciando puntualmente la euforia y exhibiendo su colorido plumaje. El primer ejemplo está en ‘Lifted Up (1985)’, que arrancará amén de bailes allá donde suene. Sugerente tema que se mantiene fiel al registro sonoro del grupo, como su segundo sencillo.

Solo una canción tan pura y límpida como ‘Where the Sky Hangs’ puede convencernos de todo lo expuesto anteriormente: «Estaba perdido, ahora me he encontrado». Estar cerca del calor que le rodea es todo cuanto necesita. El tono, esta vez, no lleva a equívocos (como sí podía ocurrir en «Gossamer»). Si hay que cantar bajo la luna y recordar cuán duro fue su pasado, lo hace, pero desde la mirada adulta de alguien que acepta la derrota en tiempos pretéritos. Así, «Dancing on the Grave», lo que aparenta ser una nana de buenas noches (la letra relaciona la noche con sus angustias del pasado), se advierte sana y serena.

Hits, a mi modo de ver, solo hay uno: ‘Until We Can’t (Let’s Go)’. Concentra toda esa euforia que tanto ha caracterizado a Passion Pit desde «Chunk of Change» (2007): teclados siderales, arrebatos de éxtasis y su particular voz apunto de quebrarse. Cuatro minutos tan fugaces que, sin darte cuenta, te devuelven a la razón de ser de este «Kindred»: el cambio de mentalidad, relatado, por otra parte, metafóricamente en ‘Looks like Rain’con la propia evolución de la naturaleza. Por supuesto, esto no es buscado. Las pinceladas electrónicas han perdido tinta. La pasión brota de forma menos agresiva. Puede que los seguidores de largo recorrido echen en falta alguna que otra revitalizante inyección de azúcar a lo ‘Carried Away’. En mi caso, no. Angelakos ha vuelto a sentirse joven, pero esta vez para despedirse de toda vorágine sentimental. Esperemos que se mantenga en esa senda. Los resultados le han vuelto a sonreír.

Màrius Riba
el autorMàrius Riba
No necesito que me busques trabajo. Estoy bien así. Soy poeta | Twitter: @MariusRiba

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