Críticas

[Crítica] Weezer – The White Album

Azul, verde, rojo y blanco. No es una tetralogía inspirada por Krzystof Kieslowski, es la paleta de colores que Rivers Cuomo y compañía llevan adaptada, por el momento, a álbumes homónimos de Weezer, aquella banda artísticamente desahuciada a principios de década, que resurgió de sus cenizas hace casi dos años. ‘Everything Will Be Alright In The End’ -título ahora ya profético- recibió el tedio crítico inicial de aquél que ya le han colado la broma muchas veces, pero resultó que sí, que Weezer se sacaron de la chistera un disco que creció con el tiempo y ocupa actualmente un muy buen lugar en su discografía. Unos meses y un par de singles inconexos después, descubrimos que el álbum blanco estaba en camino, una denominación mítica en la música popular, pero que irónicamente, al escucharlo es poco de Liverpool, y en cambio mucho de California.

Y es que Rivers Cuomo se mira en el espejo de Brian Wilson y los Beach Boys antes del LSD para componer un disco que sigue muchos de los parámetros más clásicos del sonido Weezer, un tratado sobre la ansiedad esta vez bañado en las templadas aguas del Pacífico, luminoso como pocos, pero con el punto amargo y cabrón que al que Rivers es incapaz de aludir cuando está inspirado. Y la fuente para el álbum blanco viene de ‘los paseos por el Westside de Los Ángeles, con gente de Venice y Santa Mónica, la playa, los Hare Krishna, los Sikh en patines con la guitarra, chicas de Tinder en el radio de cuatro millas (para inspiración lírica, nada más), ver otras bandas…’ Todo producido por Jake Sinclair, en la nómina del pop actual (Fall Out Boy, Panic! at The Disco…) y antiguo líder de banda de tributo a Weezer, que sabe que su power pop, cuando es bueno, fluye. Es aparentemente simple, pero tortuoso en su interior. Cuomo, Bell, Sharp y Wilson descubrieron al mundo en 1994 que lo necesitaban tras años de grunge al borde -o dentro- de la más profunda depresión. En 1996, Rivers casi se suicida artísticamente por verter hasta la vergüenza ajena, su vida personal y sentimental en el ahora venerado Pinkerton -quizás el último álbum que conectó plenamente el espíritu personal de la banda con su música-, cuando pocos sabían que lo podían hacer. Y la de emo de baja estofa que tuvimos que aguantar después.

El álbum blanco de Weezer no descubre, no inventa ni cambiará sustancialmente nada, pero en gran parte de las diez canciones que lo componen, fluye. ‘California Kids’ empieza el disco con el micro ambiente en la playa -igual que lo termina-, con un rock triunfante, coros a lo Beach Boys y solo marca de la casa. ¿Qué más se puede pedir? De ‘Do You Wanna Get High?’, lo más Pinkerton -o disonante- que han hecho, sobre colocarse con la novia a base de pastillas compradas en México escuchando Bacharach, a L.A. Girlz, el mejor single de Weezer en al menos quince años -con un doble solo de gallina de piel-, hay un cuarteto impagable. Lo completa ‘King Of The World‘ dedicada a la mujer de Rivers, con un puente deliciosamente “azul” y ‘Summer Elaine and Drunk Dori’ de las melodías más irresistibles de su discografía. No obstante, ‘Jacked Up’ es quizá un intento de incorporar otro tipo de tema en el álbum que no acaba de cuajar con el resto, resultando en tres minutos fáciles de prescindir. ‘Wind In Our Sail’ empieza un trío de canciones a los teclados siendo ésta la más obvia y poco inspirada. ‘Thank God For Girls’ tiene mucha más fuerza como single independiente, siendo la marcianada sonora y sobretodo lírica que es -una genial y desquiciada diatriba entre el homoerotismo, la blasfemia, la autoparodia y la sátira relacional- pero en el contexto del álbum se pierde un poco demasiado. La mejor de las tres, ‘(Girl We Got A) Good Thing’, puro Beach Boys que convence sobretodo a partir de un bridge tremendo.

‘Endless Bummer’ es número acústico triste, sencillo, pero tan bien hecho -llevamos dos discos en los que Brian Bell vuelve a brillar como antaño- que da un empaque perfecto al álbum, terminando un disco que está a unas pocas canciones de ser algo realmente grande. ¿Antológico? No. ¿Dignísimo y muy cercano a su mejor versión? Absolutamente. Un disco de verano atemporal. El irresistible final eléctrico triunfal de este último tema transmite otra vez, y ya van dos seguidas, la sensación de una banda que se ha redescubierto a sí misma, que disfruta con su sonido y que lo ha hecho sin caer en el refrito. Y esto, veintidós años después de su primer álbum y tras casi una década perdidos en el océano, es de un mérito enorme. Weezer han llegado vivos a la orilla.

Nil Rubió
el autorNil Rubió
Periodista y sociólogo, escribe sobre música allí donde le dejan. Fuera de un concierto es alguien alienado. Un pogo sudoroso, un riff de Page o Iommi, olor a amplificador quemado, una melodía que te erice el vello, el "White Album", Strummer y Joey Ramone. Twitter: @nilruf | Web: www.nilrubio.com

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