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James Blake – The Colour in Anything [Recomendación]

Recuerdo cuando James Blake irrumpió en la escena musical británica e invadió la blogosfera de toda la comunidad indie. Supuso el nacimiento de un estilo, con el tiempo una moda que me costó digerir. A decir verdad mi oído nunca estuvo hecho para la electrónica, pero supongo que era cuestión de tiempo. Las manos de este pianista iban a hacer milagros a través de una propuesta nada optimista que muchos se apresuraron a catalogar como obra de la escena post-dubstep. En realidad a James Blake nunca lo vi como un producto pues es de esos artistas que tienen una cualidad que los hace distintos (como Tom Odell, por poner un ejemplo cercano). Da igual lo que hagan o inventen. Obviamente, eso no implicaba que empatizase con su música. Escuchar James Blake (2011) y Overgrown (2013) del tirón podía ser como vivir una prolongada época de lluvias en Londres. Desolador para mí. La cuestión es que este romántico de metro noventa se llevó un Mercury Prize en 2013 (con Overgrown) y optó a otros tantos premios con tan solo 25 años. A su edad, toda una hazaña.

Tres años después, y sin tenerlo yo muy presente, James Blake vuelve a la carga con su tercer disco The Colour in Anything (Universal Records, 2016). Al escucharlo lo hice con la predisposición de alguien que espera encontrar un gran trabajo aun sabiendo que le cuesta comulgar con su propuesta (anímica y musicalmente). Conclusión: con Blake no vale pensar de más. Este disco deja al descubierto el gran artista que es, sin caer en alardes gratuitos. Más allá de con quién se ha rodeado a la hora de realizarlo (Frank Ocean y Bon Iver, entre otros), James Blake se ha abierto de miras sin serle infiel a su propio concepto musical. Y encima con la misma jodida sutilidad de siempre. Qué clase. Está demostrado que cuando hay depresión de por medio, sea en grandes o pequeñas cantidades, como es el caso, el inglés sale ganando. Y es que digo yo que en algún momento Blake tenía que salir de su oscuro hogar para respirar un poco de naturaleza. En una entrevista con Pitchfork lo sentenciaba: «no quería ser uno de esos artistas que se encierra en un ciclo perpetuo de ansiedad y depresión para extraer música de ello«. Portada y título refuerzan su mensaje y su contenido, en efecto, lo corrobora de la forma más tersa y certera posible. Aunque tras la tormenta siga sin salir el sol este disco arroja más luz que cualquier otro.

La versatilidad juega un papel parecido al de In Colour de Jamie xx (quizá por recurrir a la idea de color), en este caso erigiéndose como un tobogán donde se deslizan downtempos, electrónica etérea, pinceladas de trip-hop y una épica que antes no había visto en él. Todo esto tocado por un halo de elegancia que, todo sea dicho, ya venía de serie. Aquí Blake experimenta conservando su inigualable poso, cantando más que nunca y mostrándose intratable en el piano, como bien preludian ‘Radio Silence‘ y ‘Points‘. En una de esas colaboraciones vitales (cuenta que necesitaba trabajar con otros ingenieros de la industria para acabar el disco -hasta Kanye West iba a participar en un tema-), Blake produce ‘I Need A Forest Fire‘ junto a Rick Rubin y con la colaboración de Justin Vernon. Es un tema que, a grandes rasgos, viene a definir el cambio que ha experimentado mediante una simbología devastadora: «Solicito otro sueño, necesito un incendio forestal«. Representa el descontrol de una relación (incendio) y el posterior inicio de una nueva etapa (cuando el fuego ya ha arrasado con todo). Al final todo gira en torno a las relaciones.

Vemos, pues, como ‘Two Men Down‘ tiene muy poco de esa melancolía depresiva de algunos temas de «Overgrown». Lo dicho, «The Colour In Anything» sigue siendo un álbum lánguido y delicado pero que desprende una épica distinta. Escuchen ‘Waves Know Shores’. Los vientos que acompañan a su voz, a ratos en falsete, recuerdan a The Antlers en «Familiars». El cierre es quimérico, un final salpicado por sonidos robóticos, por otra parte presentes en muchos de los 17 cortes del álbum. ‘My Willing Heart‘ es otra gema del disco, elegantísima canción que escribió junto a Frank Ocean, influencia número 1, cuenta James.

Y qué más. Pues poco, que es mucho en esos más de 70 minutos de disco, minutaje quizá algo excesivo. Con todo, un paso así era de esperar en él. James Blake ha evolucionado. Ha salido de sus cuatro paredes con su gabardina y se ha lanzado al mal tiempo. Quizá sea una cuestión de estados de ánimo, pero la lluvia en el campo le sienta de maravilla. Dicen que donde hay color, hay vida. En este álbum Blake rebosa de ella.

Màrius Riba
el autorMàrius Riba
Redactor | Twitter: @MariusRiba

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