Kiasmos – II | Crítica

La música cósmica es difícil de catalogar e impredecible en su desarrollo. Quizá por eso a Kiasmos nunca lo esperamos de vuelta cuando lanzó su primer disco 10 años atrás (y no sería por ganas). Eran los buenos tiempos del arte electrónico de Apparat, de los nuevos derroteros del género explorados por James Blake, de llevar la música a la gran pantalla mental con Jon Hopkins. En esas no tardó en surgir el magnetismo Ólafur Arnalds y Janus Rasmussen para estallar en un debut homónimo que nos situó en un punto musical fascinante y a la vez impreciso. Década después, y sin preverlo, el binomio nórdico nos trae otra vez allí con “II“, su segundo álbum. ¿Qué dónde es allí? A saber.

Podría ser una isla de esas que Ólafur Arnalds empaquetó en su colección de canciones en 2016. Un lugar rocoso y verde, como revela la portada del disco, que atando cabos podría ser la Islandia de uno o las Féroe de otro. En cualquier caso, si nos detenemos tanto en el entorno es porque en él se descifra parte de esta propuesta musical que se queda a medio camino de la banda sonora y del club (gran match artístico). Aun sin letras, ni voces, el género que traen habla mucho y permite crear un discurso conceptual con el título de los temas: “navegó, “ha volado”, ráfaga”, “aturdido”. Entre tema y acantilado desde el que saltar y volar, casi que nos podríamos cruzar con Sigur Ros.

La referencia entra en juego, y mucho, en esa faceta neoclásica y en la vocación cinematográfica de Ólafur, que se ve atenuada constantemente por el espíritu club de Janus, y viceversa. El equilibrio se da siempre y de todas las maneras posibles: de sur a norte o de norte a sur. Vamos desde una ‘Sworn‘ a la que se le escuchan las entrañas a un piano que a los minutos acabará difuminado por los beats, hasta una ‘Bound‘ que arranca entre flashes de club, pero que terminará entre luces boreales y un estado de duermevela. La épica llega y no llega. Es una niebla permanente, que en cambio no empaña la electrónica de orfebrería facturada, camuflada al oído vago, pero sea como sea letal en su mood “emotional rave“.

Ninguno de los dos músicos reconoce inspirarse en un lugar en concreto a la hora de componer (aunque ciertamente para este disco compusieron algunos temas en Bali), y seguramente eso dimensiona aún más su techno atmosférico, si vale la etiqueta. Es profundidad al puro estilo Kollektiv Turmstrasse (influencia básica de Rasmus), música de club que podría estar desenvolviéndose en medio de la selva. Se refleja en el ambiente, por ejemplo, de ‘Burst‘, que se despliega entre teclados tapioca y beats que pisan como Avatares. Aquí vale contemplar, pero, sobre todo, imaginar y fantasear. Porque uno llega a la conclusión de que este lugar no se localiza porque no está en nuestro globo. Cosas de la música cósmica.

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