Leon Vynehall – Rare, Forever | Crítica

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Leon Vynehall, uno de los productores británicos de electrónica más sofisticados e interesantes que apareció en la década pasada, lanzaba para cerrar este mes de abril el que –al parecer- es su segundo álbum de estudio. Y decimos “al parecer” porque sus dos primeros trabajos, “Music for the Uninvited” y “Rojus” no están considerados LPs, pero comparten una característica con su debut al uso: una propuesta conceptual. Esta pretensión conceptualista que Vynehall llevó a su apogeo con “Nothing Is Still (Ninja Tune, 2018) contando la historia de sus abuelos a través de una narrativa preciosista, está completamente ausente en “Rare, Forever”; o al menos eso puede parecer a primera vista.

El segundo disco de Leon Vynehall es, como dice la primera canción (‘He aquí mi yo’) una suerte de narrativa más o menos consciente de lo que está aconteciendo en la cabeza de su autor. House sofisticado y rompepistas, voces distorsionadas y subrepticias, arreglos de jazz que se contorsionan, desdibujándose hasta generar una bruma ambiental, sintetizadores que contribuyen a alimentar ese ambiente onírico… “Rare, Forever” es una experiencia rara, pero bastante corta y atinada para un artista aparentemente obsesionado con el orden y la coherencia.

¿Qué nos demuestra esa supuesta sofisticación? La soltura con la que Vynehall, en un espacio aparentemente abstracto (apenas unas palabras inteligibles, apenas ritmos continuos en dos temas) genera una narrativa congruente, nada arbitraria en la que se suceden “estados” más que canciones: desde el entusiasmo desbocado de ‘Dumbo’, a la elegante seguridad de ‘Ecce! Ego!’, pasando por la trascendental elevación reiterativa de ‘An Exhale’. ¿Qué nos hace añorar este “Rare Forever”? Otro disco bailable de Leon Vynehall. Si en ‘Mothra’, ‘Snakesking has been’ o ‘Dumbo’ nos demuestra que no ha perdido para nada el pulso de las salas que caracterizaba “Rojus”, la cuestión es, ¿A qué cotas podría llevar el house de entonces con la elegante y barroca producción actual?

Pero lo cierto es que “Rare, Forever” es cualquier cosa menos una escucha frustrante. Carentes de estribillos, de breaks, predecibles o de melodías frontales, las canciones se enredan en una narrativa sin coherencia última: sin finalidad predispuesta. De ahí el título del álbum, la narración carece de nudo desenlace, presentación… Sólo son estadios, como los de la conciencia, a los que nos empeñamos (como Vynehall ha hecho a lo largo de su carrera) en dar coherencia. Pero de vez en cuando está bien visto dejarse ir, entrar en un estado de duermevela. De este modo, el disco es una especie de cuaderno bitácora con algunas páginas arrancadas, o sin fechas ni noción de tiempo. Algunos momentos se copertenecen o se suceden simultáneamente, remiten de forma bien explícita a “Nothing Is Still”, o insinúan un contenido o una sensación que no pueden ser confirmadas.

En cualquier caso, merece la pena señalar que “Rare, Forever, no parece la cima de la carrera de Leon Vynehall. De hecho, es un disco menos original en algunos aspectos que su predecesor, lo que demuestra nuestra paradoja de hoy: para sonar realmente espontáneo a veces hay que pararse a calcular y tomar medidas muy precisas de lo que se quiere lograr. Trazar un plan de la naturalidad está infravalorado. El segundo trabajo de Vynehall demuestra que, aunque la música popular admite cada vez con mayor facilidad la reflexión en torno a sus propias estructuras, requiere todavía de convenciones para expresar esa misma ruptura con las reglas tradicionales. Mientras, trabajos como el de Vynehall sostienen esa pugna con los límites de la coherencia. Hasta la siguiente expansión.

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