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Beach House – 7 [Recomendación]

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Siete, el número del pensamiento, de la espiritualidad y del análisis psíquico. El estadio del sueño donde uno está más a gusto, o sea, la gloria. O la última vida por consumir. Cualquier teoría mística o metafísica me vale como punto de partida para encarar el séptimo disco de Beach House, un álbum impar, que no casa ni con la reciente dupla “Depression Cherry“/ “Thank Your Lucky Star”, ni con ningún otro disco anterior. “7” (Sub Pop, 2018) es un disco sibilino: un collage sonoro, en blanco y negro, que enmascara una nueva cara de Victoria Legrand y Alex Scally que aún nos quedaba por descubrir. El siete la tapa y la muestra a la vez.

Por primera vez en la historia Beach House han hecho un álbum diferente. Se han reinventado, pero con finura. Y puede que parte del mérito se lo deban a Peter Kember (Sonic Boom) y Alan Moulder, las dos eminencias con quien se han juntado para producirlo en un estudio “casero”. Porque desde el primer single, los de Baltimore han prometido un espacio sonoro repleto de efectos e ilusiones sonoras en el que se alejaban de su dream pop de manual. Para ejemplos claros, tuvimos ‘Black Car‘, ese cuarto sencillo que podría funcionar como un jarrón de Rubín. Por dentro, se percibe como un retazo de electrónica soft que parece no llevar la matrícula de Beach House. Pero por fuera, reconocemos el doble rostro del dúo, melódico y profundo, como la temática que lo resigue.

Así, ‘Dark Spring‘ nos da la bienvenida a un primavera que florece y marchita a la vez. Bella y oscura (y psicodélica) a partes iguales. A lo largo de todo el álbum, veremos que muchos de sus temas se debaten entre dos fuerzas opuestas que, al final, acaban confluyendo. Aunque sea muy lentamente, como en ‘Pay No Mind’, una tierna balada reproducida casi en slow motion que deja destellos de genialidad. Aunque no todas son tan evidentes: ‘L’inconnue‘, la primera canción que Victoria canta en su francés nativo, respira una energía extraña. Trata sobre una niña pequeña que vive cerca del Sena y que “debería haber sido amada” (así lo canta la letra). Uno se pregunta qué tipo de conexión tendrá con la desconocida del Sena -l’inconnue fue una mujer no identificada que encontraron en el río parisino allá en el siglo XIX-.

Como decía, todo ese misticismo que recorre el disco también se ve reflejado por fuera, y eso se ve claro en temas como ‘Drunk in LA‘. Es un pelotazo cósmico y futurista, que habla de la vida consumada de una estrella de rock que ya solo puede ahogar sus penas en la barra de un bareto. O, sin ir más lejos, también se palpa en los teclados centelleantes de ‘Lemon Glow‘ o en el aura de ‘Lose your smile‘. A su manera, los 11 temas fluyen por un espacio nuevo, oscuro, en el que Beach House no se pierden.

Y si no fuera por ‘Woo‘, podríamos decir que a este “7” le falta algún tema nostálgico por excelencia que te pellizque desde el segundo 1. Pero, francamente, el encanto melódico de esta canción, está al nivel de lo mejor de “Bloom”. El otro gran tema a destacar es ‘Girl of the Year‘, donde probablemente arriesgan menos, pero en el que vemos a unos Beach House desplegar sus alas de ángel. Algo ha cambiado en ellos, pero ese algo es invisible, casi imperceptible, porque ni siquiera los siete minutos clavados de ‘Last Ride‘, el tema más rompedor del disco, saben explicar qué es. Quizá, como dicen ellos, sea una cuestión de energías. Pero lo que dejan claro con este álbum es que, a Beach House, le quedan por lo menos otros siete discos de vida.

Streaming de 7″:

Resumen de la crítica:

Nota8
Màrius Riba
el autorMàrius Riba
Comunicación y marketing digital. Sin música no seguiría aquí. Así pues, sobreviviendo| Twitter: @MariusRiba

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