Escuela de capataces – Miqui Puig [Recomendación]

Miqui Puig es muchas cosas. Y una de ellas es cantante y militante. Algo que se nos olvida por lo espaciado de sus discos en solitario, que nunca son tantos como nos gustaría.  Cantante y narrador de historias cotidianas. Pero sobre todo cantante que se toma muy en serio aquello de la ética de la estética. Concepto que aprendí de él cuando tuve la suerte de participar en la añorada Bodega Tuyus. Porque los discos no solo son una compilación de cortes más o menos coincidentes en el tiempo. Para que un disco tenga sentido debe tener una idea y respirar una estética. ‘Escuela de capataces’ es melancolía y senectud bien entendida. Bicicletas y barro en las ruedas. Calcetines a juego y pañuelos para el cuello. Los serrines en el suelo del alguna taberna y el olor a césped mojado abonando las fosas nasales.

Miqui ha contado ya en alguna entrevista que este disco, el primero después de nueve años, es fruto del momento vital. De sus 48 años, algunas perdidas cercanas y su peculiar manera de ver y vivir la música. De salir los domingos con los amigos a pedalear para poder hacer un buen desayuno. Avivar la camaradería mediante los rituales dominicales y no el ocio nocturno de suelas de zapatos que se enganchan al pisar. Todo ello musicalmente suena de muchas fuentes diferentes. Un enorme mapa de afluentes con un río principal bautizado en pop y en rock. Ya sea en el bailable toque northern de ‘Ella me salvó (Beber sin sed)’; el spoken word de ‘La teoría del hombre invisible’ o el pop académico de ‘Los Módena’ (nombre del afilado triunvirato que forma con los escritores Kiko Amat y Miqui Otero). Esta última, primer single de ‘Escuela de capataces’, es un buen resumen del mismo. Canciones que hablan de sangre embutida, de calcetines a juego y de la amistad bendecida con caldo de uvas. “Solo te pido que alguna vez me recojas del suelo, solo te pido que nos seas fiel. Y serás bienvenido”.

Historias cotidianas que ya no hablan de desamor desgarrado o pisos en los que vivir. Pequeños cuentos escritos con línea clara desde la barra de una bodega radiofónica que destiló “sapienza” pop durante algunas temporadas. Canciones que cuentan cosas. Como ‘El chico que gritaba acid’, una historia que habla de derrota, de juventud y gritos ahogados. “No hay futuro, no queda hielo. Ni nada más que hablar”. De sorberse los mocos con las mangas y ver el futuro como un verbo que conjugar en condicional. También podemos parar la vista en ‘Línea clara’. Con guitarras chispeantes y un aire de nostalgia del que te cala los huesos. “Tiene el aire algo triste, como cuando barres ceniza. Aviadores, nadadores esperando un tiempo mejores”. Y, para mí, la joya oculta de este disco, guardada para casi el final. Como el vino dulce en las sobremesas. ‘La hora del brindis’ una oda a los caídos. A aquellos que vamos perdiendo por el camino. Los que no están y echamos de menos. Y la mejor manera que conocemos para hacerles vivir es brindar por ellos y su recuerdo. “Como tú nos decías ahora las calles son nuestras, pero cuesta caminar sin ti.

Hacemos ese baile que tú nos enseñaste pero cuesta seguirlo sin ti”. Estribillos certeros y bellos. Personalmente hacía tiempo que una canción no me hacía llorar. Y ya van dos veces. Porque a veces alguien dice las cosas como tú quisieras decirlas y no sabes hacerlo. Lo que vendría a ser el oficio de artesano de canciones. Para acabar, pues, permítanme brindar por nosotros. Por seguir vivos, como me enseñó una vez Miqui. También por los buenos discos. ¡Salud!

 

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