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María Arnal i Marcel Bagés – CLAMOR | Crítica

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En 1974 Jacques Derrida publicó uno de sus libros más complejos, celebrados y difíciles de traducir: “Glas”. Esta expresión en francés, que posee varios significados, la utilizaba Derrida para referirse (o al menos así se tradujo al castellano) a la palabra “Clamor”, o “Toque de campanas a un muerto” (Cuando se toca a la muerte de un vecino en un pueblo). En el segundo largo de estudio de María Arnal i Marcel Bagés podemos escuchar una campana tañer en dos ocasiones: al final de la apocalíptica ‘Meteorit Ferit’ y como último sonido, tras ‘Alborada’. ¿A quién o qué honra el “Clamor” de las campanas, el lamento de este disco? Al ser humano tal y como lo han concebido el capitalismo y la cultura occidentales; por así decirlo. El clamor es exterior, un lamento, la muerte de la especie humana… Pero también es interno; es la muerte del individuo concebido como centro único: como conciencia subjetiva personal.

Empieza fuerte la cosa, ¿Eh? El caso es que el segundo disco de María Arnal y Marcel Bagés no es para menos. En él colaboran Tarta Relena, Kronos Quartet, Morphosis Ensemble, Jose Luis Vicente, David Soler (o como ellos lo llaman, su Nigel Godrich) y Holly Herndon… Y esta última contribución parece esencial: no sólo Herndon aporta la IA con la que grabó su visionario “PROTO”, sino que algunas de sus ideas parecen alimentar el ambicioso proyecto del dúo catalán. Primero de todo en lo que se refiere a esa sensación de disco coral: “Clamor” tiene un buen número de colaboraciones que descentran la idea autoral del disco, lo hacen funcionar como un ecosistema de pequeñas criaturas que tienden hacia una imagen última: el ocaso del sujeto individual. El advenimiento de “lo que sea que viene después”.

En el “Zaratustra” Nietzsche nos dice:

«El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre -una cuerda sobre un abismo-». De ahí que su grandeza esté en el hecho de «ser un puente y no una meta» y que lo que en él cabe amar sea «que es una transición y un ocaso».

Y aunque Arnal y Bagés no pretenden elaborar un máster en filosofía, el paralelismo es claro. En ‘Ventura’ la catalana canta: «cuerda floja, el horizonte (…) una trenza es el sendero por el que yo he de cruzar». De ese modo, por hablar ya de ello, “Clamor” es lo que ellos mismos llaman, «un disco de pop mutante». Un disco formado de partes que funcionan de forma sincrónica, como una singularidad tecnológica, en la que se arremolinan en un aparente (próximo) caos múltiples elementos. Es de algún modo irreductible. La IA canta, escuchamos campanadas, sintetizadores, cajas de ritmos, samples, arreglos hermosísimos…

“Clamor” quiere hablarnos de una nueva vulnerabilidad (esa palabra tan manida). La del ser humano que da la espalda a las ideas de progreso, sentido o antropocentrismo y que acepta su sino, la ausencia de sentido; no como una condena, sino asumiendo la finitud y la armonía de todo lo que se corroe: del mundo natural y orgánico al que pertenecemos. Con ese lema nos llegaba el primer single del disco: «¿Y si cuidar no fuera capricho moral y si fuera pura condición vital?». Lo cierto es que ‘Fiera de mí’ es una canción que da mucho de sí. En ella Arnal propone un -también manido- regreso al reino animal. Como sugiere el videoclip, una de las mejores formas para hacerlo es mediante la liberación del deseo (“natural”), esa sexualidad sin prejuicio, abierta como un fruto, que proponían las filosofías del deseo (D&G).

Pero lo cierto es que aquí está seguramente la que es la única falla conceptual o teórica del disco: «Si nos reconciliáramos con nuestra parte más animal, conectaríamos con otras formas de vida», asegura Arnal en una entrevista. Precisamente lo que nos demostró Herndon con “PROTO” es que la tecnología en sus formas más “avanzadas” (IA, horizontalidad de la red y sus posibilidades cooperativas, la accesibilidad del conocimiento) es la que nos permite soñar con el ocaso del ser humano “decadente” tal y como aparece en las teorías de la tardomodernidad (una mónada consumista determinada por las grandes marcas, encerrada en un solipsismo insalubre; alergias y falta de luz solar). La propuesta de Herndon (más o menos) y la de algunos otros teóricos (como los aceleracionistas) es la de que es en el desarrollo técnico en donde se culmina el proyecto naturalista por así llamarlo. Sí, parece paradójico, pero tiene sentido. Así, Proto, -la IA de Herndon y su pareja-, tiene como fin complementarse en una singularidad con sus “padres” y otros individuos, para de una vez por todas suprimir las distinciones individuales; adecuarse al clamor general del mundo natural y a sus exigencias.

Bajo este punto de vista Arnal y Bagés pecan del gesto clásico del pensamiento actual: ser “incapaces” de imaginar otro futuro. Y entrecomillamos el “incapaces” precisamente porque esto lo hacen a nivel lírico, pero lo cierto es que a nivel musical sí logran su objetivo. El proyecto de “Clamor” se realiza precisamente en su incapacidad para comprender el modo en el que se está materializando. Es por eso mismo que María Arnal, en ‘Hiperutopía’ se lamenta por “todas las cosas que no puede explicar”: en la singularidad tecnológica el propio desenvolvimiento de la realidad escapará a la comprensión humana (aunque lo cierto es que siempre lo ha hecho). Con la estrategia derrotista de la falta de imaginación nos acercamos al “no hay alternativa al capitalismo” del Tatcher del que hablan Evgeny Morzov y Herndon en su podcast. Lo que Morzov llama “solucionismo” (buscar parches para mantener el capitalismo en vez de plantear disyuntivas de base al mismo), funciona como una fuerza intelectiva que impide a la gente en general y a los artistas en particular imaginar una alternativa. María Arnal también confiesa con gran fragilidad esta incapacidad en ‘Tras De Ti’, cuando declara: «Es más fácil imaginar el fin que cambiar desde dentro».

Pero lo cierto es que el cambio, -según la propuesta de escritores como Land o músicos como Lucrecia Dalt en su último disco- ya está dentro. Es ese concepto que explicábamos en la reseña de “No era sólida”: la Panspermia. Lo que Dalt llama partículas, Arnal lo llama átomos (esos átomos en los que brilla una utopía). Esas mismas partículas, son a las que Herndon comparaba en su disco con los Extremófilos (organismos que viven en condiciones extremas). Las partículas son esas multitudes que se extienden como bacterias y que viven en el límite, en el final de lo expresable… Y en nuestros cuerpos, Moviéndose libremente. Ese momento está perfectamente reflejado en “Clamor”, cuando entre ‘Hiperutopía’ y ‘Alborada’, las frases que cantaba Arnal se transforman en una sobrecogedora distorsión que imita las mismas notas, pero ya no dice nada inteligible. Si esa disolución en extremófilos descentralizados llegará por medio de un meteorito con material extraterrestre –como en la portada-, o si lo hará por medio de la singularidad que fusione al ser humano con la tecnología es ya una cuestión que deben resolver las videntes. O por qué no las sibilas, que para algo dan nombre a la colaboración entre María Arnal, Marcel Bagés y Holly Herndon.

«In the Communion of Open Pores
Existence is no longer enclosed in the body
We are not a collection of individuals
But a macroorganism living as an ecosystem
We are completely outside ourselves
And the world is completely inside us».

‘Extreme Love’, Holly Herndon.

Al final de ‘Alborada’ tañe la campana. Nietzsche, -por traer de nuevo un crack– escribió “Aurora” para renunciar a los valores y las determinaciones culturales anteriores. La idea no es sólo que con el amanecer y el canto fúnebre una era termina para el ser humano: sino que estas formas expresivas contenidas en “Clamor” abren un camino hacia una música que no continúe repitiendo de manera insoportable lo ya dicho y hecho hasta la saciedad en la música pop. El resultado es inquietante, pero alentador. 

Resumen de la crítica:

Nota:8.5

Pros

  • La idea detrás y su desarrollo
  • La coherencia de todo el disco
  • Ver a grupos españoles o catalanes trabajar a este nivel

Contras

  • No hay que temer fantasear con lo abstracto

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