Nothing – The Great Dismal | Crítica

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Las revoluciones nacen de dentro, concretamente de los recovecos más oscuros que gobiernan desde las sombras nuestras entrañas. Guiada siempre por la más virulenta tempestad de sus miedos, la creatividad atesorada por Nothing siempre ha parecido hilarse a partir de dicho patrón. Como tratando de reinvidicar cierto pasado mejor, la formación de Filadelfia se desquitó emocionalmente en los pasados años con un par de obras (“Tired Of Tomorrow”, “Dance On The Blacktop”) en las que los estadounidenses se sinceraban sobre sus miserias mientras besaban los azulejos pisados por artistas del calibre de Neil Halstead, Kevin Shields, Victoria Legrand o Kurt Cobain. Pero eso, amigos, queda ya en el pasado. Con “The Great Dismal”, su último álbum, Nothing han podido tocar, por fin, aquella reinterpretación de su sonido que tanto tiempo llevaban anhelando sus fans. Dejando su devoción por lo cochambroso a un lado, la banda de Dom Palermo ha refinado su propuesta con un trabajo en el que lo magno pasa a situarse en primera fila en una obra, guitarrera y de cauce digitalizado, dada a engatusar a los seguidores de los Placebo más abiertos de mente.

Reverbs encontrados guiados por turbios “delays” son los protagonistas de la velada en un trabajo protagonizado por Dylan Martin. Esta es una de las claves del volantazo melódico encarrilado por el cuarteto: distanciándose del ADN añejo de los padres de “Guilty Of Everything”, el nuevo sustituto a la guitarra de Brandon Setta se encarga de pulir ciertos elementos inmundos de su anterior base más puramente emo rock, trasladando el punch hacia un derrotero en el que lo sórdido no está reñido con lo formalmente pulcro. De esta reformulada sinergia de estilos surgen piezas como ‘Catch A Fade’, en la que un casi lascivo solo final de guitarra muestra la necesidad que tiene el grupo de aullar en medio de frondosos ambientes nocturnos.

Como tema de apertura, ‘A Fabricated Life’ funciona bajo su influjo onírico. A partir de entonces aquella sensación de pesadumbre tan propia de Nothing encuentra nuevas formas de izarse gracias a tonos de alquitranada cólera como los descritos en ‘Say Less’ o en ‘April Ha Ha’, cuyas espirales de pura distorsión serían capaces de despeinar al mismísimo William “Bill” Harding.

La frustración, palpable desde todos sus poros, llega a sorbernos los sesos en ‘Famine Asylum’, probablemente el mejor tema de todo el LP. Pero eso no es todo: mientras que en ‘Bernie Sanders’ la pulsión más uptempo consigue comandar la función, en ‘Blue Mecca’ divisamos, a modo de escueta regresión al pasado, otro llamativo guiño a los claros y oscuros de los Slowdive de los 90.

Eso sí: no todo son halagos. cierto deje monótono parece predominar (demasiado) el compendio hacia el tramo final del compacto. Y, todo sea dicho, también existen algunas piezas (‘Just A Story’ y ‘Ask The Rust’ esencialmente) que quedan un tanto insulsas al replicar, casi con exactitud, los pasos dados en los primeros cortes del álbum. Pese a estas importantes pero evitables minucias, por fortuna “The Great Dismal” consigue recuperar a Nothing a un primer plano dentro del sector. Pocas veces antes una lágrima, sumada a un adiós (el del citado Setta), habían motivado un paso hacia delante tan firme y convincente.

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