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[Recomendación] Crystal Castles – III (2012)

Es fácil entender por qué Crystal Castles conectan tan bien con la nueva chavalería. Su imaginería es desesperada, deprimente, agresiva en un mundo sin piedad que no ofrece resquicios de luz. Crystal Castles son el ‘No Future’ que pregonaba el punk salvaje antes de ser domado, empaquetado y convertido en mercadería por el sistema. En una sociedad occidental desesperanzada, con la crisis apretando el nudo cada día más, los deshaucios, las huelgas generales, un paro desbocado entre la juventud, estos canadienses ofrecen una suerte de nihilismo macabro como vía de escape. Un fin del mundo que atrae y repugna con igual poder.

Quien ha estado en un concierto de ellos lo sabe: los ritmos electrónicos que lanza Ethan Kath y los gritos que escupe Alice Glass exudan adrenalina agresiva y horrenda por los cuatro costados. Son anárquicos, autocomplacientes y esencialmente destructores de las más mínimas normas de cortesía artistas-fans sobre el escenario («Nunca le he dado un puñetazo a nadie que no se lo mereciera», dice Glass). Bordes, apocalípticos y les gusta serlo. Las portadas de sus discos son un alegato: desde la famosa con Madonna apaleada, pasando por la tétrica imagen de cementerio del «II» y acabando en la desoladora fotografía de Samuel Aranda ganadora del World Press Photo que ilustra este nuevo III, con una mujer árabe vestida con un niqab del que apenas se ven sus ojos, mientras sostiene a un joven, desnudo, que herido por francotiradores durante las revueltas de Yemen.

Y es que los canadienses se han vuelto más peligrosos. La primera subversion fue reinventar su cover del ‘Not in love’ añadiendo la conocida voz de Robert Smith y poniendo a bailar a medio planeta unas letras tristísimas. Ya no te aturden con bombas rítmicas, ahora se cuelan en tu cerebro como un parásito, tienes sensaciones contradictoriamente placenteras. Algo no va bien pero no te importa. Ya lo hicieron con ‘Celestica’ o ‘Suffocation’. Ahora no hay lugar para agresiones rabiosas como ‘Alice Practice’ o ‘Doe Deer’. Salvo ‘Insulin’, que funciona como vía de escape a mitad de disco.

Según Kath, se fueron a grabarlo a Hungría, para vivir en un estado completo de aislamiento, y lo hicieron de una manera crystalcastlesiana, dejando que sus instrumentos «se infestaran de insectos y fantasmas«. Te empiezan a dar una primera ración en el corte inicial, ‘Plague’, su mejor arranque de álbum hasta la fecha. Si ‘Fainting Spells’ y ‘Untrust us’ eran meras introducciones al banquete, ahora se lanzan de lleno a una orgía enfermiza. «Células virgen para penetrar (…), no pudieron esclarecerlo, nunca pensaron que yo era el enemigo, yo soy la plaga«. Es recurrente la cita apócrifa de Alice Glass en la que se atribuye el papel de nuestra guardiana frente a los males que nos acosan. Y acude a la memoria cuando la oyes cantar en Kerosene: «Te protegeré de las cosas que he visto, limpiaré tus heridas y las enjuagaré con sal, con queroseno«. El apocalíptico tríptico inicial lo culmina ‘Wrath of God’, donde apelan a la ira de Dios: «Bautizalos con parafina, esteriliza samaritanos… hazlos emigrar a través del pesticida«. Purificación, el concepto aparece en varias partes del álbum, a través de la destrucción.

No siempre necesitan lanzar napalm lírico. También insertan una instrumental para una rave del fin del mundo en ‘Telepath’, y despliegan sus negras alas hacia otros territorios, como esa especie de nana de película de Tim Burton cuyo título ya lo advierte todo, ‘Children I Will Hurt You’. En III asistimos a la casi total renuncia a los estruendosos estribillos 8-biteros que fueron su marca de fábrica en el I y da paso a escarceos evidentes con el witch house (Mercenary). Este nuevo trabajo pierde instantaneidad, pero, en cambio, aporta una cuarta dimensión a la música de Crystal Castles: se escucha más como un todo, donde los dos primeros convivían temazos incuestionables con idas de olla total, en «III» no hay ningún hit inmediato pero todas las canciones se mueven en una misma onda, incluidas las más bailables (‘Sad Eyes’, ‘Violent Youth’).

En How I met your Mother, Barney Stinson se pasa media serie mofándose de su amiga Robin por ser canadiense. Parodiando la visión yanqui de sus vecinos del norte. Como si fueran un país de chiste, sólo preocupado por el hockey sobre hielo y con polícias montados de postal. Yo, por si acaso, no les ridiculizaría demasiado. Tiene una cara oculta de la que brotan tallos negros como Crystal Castles. Y a lo mejor, tras el último chiste, Alice Glass te borra la sonrisa con un puñal en el costado.

Puntuación | 86 de 100

Carlos A. Forjanes
Periodista con título enmarcado en la pared desde 2005. Un gol por la escuadra y un ritmo pegajoso le cortan la respiración. Lo primero lo cuenta en el Diario AS, lo segundo en Binaural.es. Charco que ve, charco que pisa. Twitter: @Forjanes_AS

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