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Smerz – Believer | Crítica

smerz believer

Lo ambiguo e indefinido suele encontrar reticencias a la hora de penetrar en el canon popular; justamente porque dicho canon se basa en elementos reconocibles, cuyos contornos, géneros y estándares pueden trazarse con total precisión. Cuando el dúo noruego Smerz comenzó a publicar música, la recepción de los medios especializados fue bastante efusiva, pero la reacción general resultó bastante incómoda: la música de Catharina Stoltenberg y Henriette Motzfeldt parece bastante difícil de catalogar. Avant-pop, R&B, trip hop, hip hop experimental… Ni siquiera un buen número de etiquetas al mismo tiempo parecían dar cuenta de la imprecisa propuesta de sus primeros EPs, que aún se encontraba en los huesos de lo que llega a ser “Believer” su debut para XL.

Hay que asumirlo: un disco ya no es una suerte (nunca lo fue) de hilo narrativo cerrado, que va de un punto a otro, con un recorrido perfectamente demarcado y jerarquizado, letras en las que reconocerse; melodías en las que regocijarse… Y no, no es que la música popular esté en un estado de decadencia: simplemente está reflejando el estado “clamoroso”, múltiple, abierto y magnético de nuestro tiempo con atino. En este momento en el que romper una guitarra de forma menos auténtica que el machote de turno (que lo hizo después del machote de turno, que lo hizo después del machote de turno…)te condena a un linchamiento de 280 caracteres, Smerz parecen completamente avanzadas a su tiempo: apenas intentan afinar vocalmente, pasan olímpicamente de cuidar que algunos de sus instrumentos MIDI suenen algo originales y mezclan sin ton ni son elementos (sintetizadores de trance, arreglos clásicos, cantos de opereta) que harían tirarse de los pelos a cualquiera. El resultado es inquietante. Un disco tan alejado de la experiencia cotidiana con el pop (sus canciones son todas muy cortas y basadas en instrumentos a priori muy melódicos) que arrastra al oyente al trance o al aborrecimiento… O por qué no, un poco a ambas.

Si bien no tiene sentido intentar delimitar por género la música de Smerz, tal vez sí que podamos aproximarnos por afinidades. La música de Smerz tiene algo ominoso y familiar, como las bandas sonoras de Mica Levi, o el arrastrado pop, entre somnoliento y desganado de Tirzah. En el trabajo de Stoltenberg y Motzfeldt encontramos esa desorientación anímica que permea perfectamente las canciones: una suerte de sueño-pesadilla, en el que se mezclan de manera onírica pasajes de una ópera, referencias a la cultura noruega, a la escena techno de Copenhague, el último pelotazo de hip hop… Sin ningún orden ni pulimentación. Como si de dos fuerzas pujantes se tratase, el dúo atraviesa indiferentemente imágenes de su experiencia, nunca de forma antitética, sino en un ejercicio de compenetración que hace aún más confuso este “Believer”.  Pero esa misma confusión es el centro vacío en torno al que converge el trabajo: como un sueño que es incuestionablemente falso, pero del que no queremos despertar, dado el encanto y la absurdez de sus imágenes.

Su voz “zombificada” (así la llaman en Pitchfork) es la muestra más escandalosa de ello y ‘Glassbord’ y ‘Believer’ son los mejores ejemplos. Ante producciones de estructuras inquietantes, potentes y sobrecogedoras, no hay ningún intento de ponerse a la altura, de tomarse en serio el sofisticado decorado del trip hop; Smerz “cantan” como si estuviesen repitiendo la lección de un examen para retenerla; como si aquello no fuese con ellas. Sin embargo, instantes antes, mientras escuchamos a la una dar indicaciones de fondo, Motzfeldt canta en el rango de ópera (‘Versace Strings’ y ‘The Favourite’), echando gasolina a la experiencia estupefaciente; mejorando el trampantojo o añadiendo vapor, hasta que no logremos distinguir el límite entre esas partes tan discordantes inicialmente.

Y del mismo modo que la experiencia se vuelve indiscernible, el juicio queda algo obnubilado, en un estado narcótico.  Aunque en un primer momento “Believer” puede parecer un disco extraordinariamente artificioso, es en la asunción de esa artificialidad, en la caricatura del pop y de las pretensiones “trascendentales” de la música donde encuentra su propio hechizo, uno mucho más hipnótico y poderoso que lo que este tipo de trabajos nos suelen ofrecer. En la exhibición de la mediación, Smerz logran en algunos instantes abolir esa misma reificación y hacen imposible escapar a la bruma, el miasma que recorre sus estados comatosos. “Believer” es en esos momentos la banda sonora de un mal sueño; el de una conciencia que no tiene a qué agarrarse y que se pierde en torrentes de estímulos completamente distintos, pero que se le aparecen como análogos.

Resumen de la crítica:

Nota:8.3

Pros

  • Las secciones de piano
  • El ambiente “cuento de hadas” y “flashback de trauma” simultáneos

Contras

  • Tocan la guitarra con el ordena

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