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Sufjan Stevens – The Ascension | Crítica

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Hoy llega por fin al mercado el primer disco en solitario de Sufjan Stevens en cinco años. El cantautor de Detroit, que en 2015 lanzó el que fuera seguramente su mejor disco “Carrie & Lowell” (a la memoria de su madre), ha trabajado desde entonces en otros proyectos (la embelesadora banda sonora de “Call Me By Your Name”, un disco con miembros de The National, otro con su padrastro…) que de algún modo han prolongado la incertidumbre sobre cual sería su próximo movimiento por su cuenta después del experimental “Age of ADZ” de 2010. Y es que “Carrie & Lowell” puede sentirse como una suerte de paréntesis o remanso formal en el que parecía un proceso de proyección hacia un sonido más sintético, espacial y pop. “The Ascension” es, efectivamente, el disco más ambicioso de la carrera de Stevens. En él intenta reunir de forma convulsa y sobrecargada prácticamente todo su sonido y su propuesta; con resultados algo irregulares.

La portada del nuevo trabajo de Sufjan Stevens representa bastante bien lo que podemos escuchar en el disco: una especie de rosetón policromado que excede en muchos sentidos a la propia capacidad de procesamiento del oyente. Una propuesta sonora cercana al R&B, pero que no hace ascos al folk, a las baladas (lo mejor del disco) ya típicas del de Michigan, al pop más machacón y a una experimentación estridente y extática que no conoce límites. La vulnerable voz de Stevens dirige un recorrido emotivo por la situación global actual, el drama estadounidense, la irrealidad virtual… Y, por mucho que se diga, lo hace con una lírica en ocasiones paupérrima. Stevens, que por derecho propio se merecía lanzar un disco tan ambicioso y presuntuoso como este, tan orientado a las estructuras del pop (¿de verdad lo está?) como para convertirse en una referencia en su discografía;  parece pecar de elementalidad cuando hace rimas como la de «play» con «video game».

Sin embargo es en las canciones menos sobrecargadas en las que “The Ascension” obtiene buenos resultados. Tanto en ‘Sugar’ como en su aparente apéndice ‘Video Game’ (suenan prácticamente igual), encontramos un Sufjan Stevens que, sin necesidad de recordar al de “Carrie & Lowell” es capaz de mostrarse sereno a la par que vulnerable. Cuando evita los momentos chillones y estruendosos como los de ‘Lamentations’ o ‘Gilgamesh’ es cuando parece capaz de alcanzar cierta profundidad sonora sin necesidad de una impostada complejidad. Las comparaciones son odiosas pero esta se siente necesaria: apenas hay que remontarse unos años atrás en la pasada década para encontrar dos discos de Bon Iver con una estrategia similar. En sus dos trabajos más recientes Justin Vernon probó a realizar aquella amalgama entre folk, pop y R&B; con un resultado en líneas generales bastante más interesante que el de Stevens. ¿La diferencia? Mientras que Vernon justifica esta aleación en una especie de corriente de conciencia o experiencia interna, parece que Stevens quiere, con un tono característico suyo, representar algo universal y aquiescente para todos los seres humanos; y en la exclusividad de su discurso (cristianismo, paulatina decepción del sueño americano) convierte su escandalosa propuesta en una neurosis interesante… Pero algo alejada de ese sujeto universal.

Del mismo modo, sí que parece necesario comparar este trabajo con “The Age of ADZ”, dado que “The Ascension” parece una edición barroca de aquél. Y ese es su principal problema, aunque su disco de 2010 resultase desconcertante con respecto de su previa discografía, lo cierto es que en perspectiva, mantiene intacta la expresión y la marca de agua “stevensiana”. En este nuevo trabajo en cambio, la sobrecarga de inputs es tal, que en parte la voz de Stevens aparece en ocasiones desplazada o simplemente no casa con el resto de los elementos que están sonando (¿No ha pensado en utilizar un vocoder o autotune?). Así, sólo cuando aparecen momentos en los que el panorama general del disco es más pausado, se puede reconocer a un Stevens realmente humano, no entregado a la tarea catedralicia de “ascender” con su música. Y no nos confundamos: que Stevens experimente y haga electrónica, que haga ensayos y estudie nuevos recorridos es una grandísima noticia; pero en la mayoría de los momentos en los que lo hace en “The Ascension” el resultado parece a medio terminar o algo negligente e incoherente. No es ese el caso de ‘Tell Me You Love Me’, ‘Run Away With Me’, ‘Die Happy’ o ‘Landslide’; temas en los que logra ese toque cósmico y trascendental sin necesidad armar un follón.

El otro problema de “The Ascension” es su inacabable extensión. Con ochenta minutos de duración, el disco termina por resultar un tanto largo, más viendo que la propuesta formal es bastante limitada (exceptuando los desconcertantes arreglos) y la lírica no siempre resulta demasiado convincente. Por seguir “crucificando” una canción bastante resultona: el hecho de que en ‘Video Game’ compare el participar de la sociedad del espectáculo con «put the devil on a pedestal» o «put the saints in chains» resulta un contraste bastante maniqueo y reduccionista de la paradoja que él mismo reconoce a continuación: y es que de algún modo hay que participar del juego. Ni ‘América’ parece ya el centro de la cultura, ni la disyunción entre virtud y pecado planteada por un predicador un esquema que de cuenta de las quimeras de nuestra época. Resulta sorprendente que Stevens, que sí que comprende la necesidad de representar estos conflictos de forma musicalmente laberíntica, no caiga en la cuenta de que el modo en el que utiliza el resto de recursos (mensaje excesivamente referencial, expresividad en ocasiones paródica) anula la fuerza de su propuesta. Con todo, “The Ascension” continúa el atrevido e interesante recorrido de un artista al que poco puede reprochársele, y que nos sigue dando algunos momentos de intenso esplendor… ¿Se le puede pedir más al pop? Seguramente sí.

Escucha en streaming de «The Ascension» de Sufjan Stevens.

Resumen de la crítica:

Nota:6.5

Pros

  • Las canciones mencionadas
  • El arrojo de Stevens, su extraordinaria idea de libertad creativa

Contras

  • La sorprendente falta de perspectiva sobre algunas partes de la música
  • El mareíto entre el tema 10 y el 12

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