Críticas

Supersonic: el fulgurante ascenso a los cielos de Oasis

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Oasis fue, probablemente, la mayor banda de pop-rock de los 90. Así lo dictaminan los números, la creencia popular y el ego de los hermanos Gallagher, y para qué necesitamos más. Lo cierto es que el boom que se produjo en los tan solo tres años que pasaron desde el bolo que dieron en el King Tut’s Wah Wah Hut de Glasgow hasta las dos jornadas de macro concierto en Knebworth, en las que 250.000 personas se congregaron para corear el estribillo de ‘Don’t Look Back in Anger’ como si les fuera la vida en ello, es la prueba definitiva de que ahí hay parte de nuestra historia musical reciente. «Supersonic«, documental de Mat Whitecross que pudimos disfrutar en la más reciente edición del festival In-Edit de Barcelona, nos cuenta los orígenes y ascenso fulgurante de esos dos chavales de Manchester que no tenían formación musical pero sí la voluntad expresa de vivir la vida del Rockstar.

Noel, adolescente introvertido y cínico, encontró en una guitarra la compañía perfecta para sus noches de porros, y Liam, gallito y problemático, acabó por prestar algo de atención a la música el día que se dio cuenta de que ser cantante de una banda le otorgaba un +5 de carisma y un +8 de «follabilidad», habilidades extremadamente codiciadas por el paladín británico medio. Después de que Liam se adelantara y se metiera en un grupo local, The Rain, Noel corrió tras sus pasos movido más por un «¡eh, que aquí el músico era yo!» que por amor fraternal, pero la mezcla resultó explosiva: el gancho demoledor de los Gallagher fagocitó al resto de The Rain, y pronto nació Oasis.

Con Tony McCarroll a la batería, Paul «Guigsy» McGigan al bajo y Paul «Bonehead» Arthurs a la segunda guitarra, Liam y Noel entraron de lleno en el circuito tras un solo concierto ante la persona adecuada (en este caso Alan McGee, copropietario del sello Creation Records, novio de una de las integrantes del grupo con el que compartían cartel, Sister Lovers). Su música de melodías pegadizas y letras evocadoras habló a gritos a toda una generación, y su actitud rebelde (destaca el exquisitamente narrado episodio en el cual fueron deportados cuando iban de camino a su primer concierto internacional por causar altercados en un estado estratosférico de embriaguez en el barco que les llevaba a Holanda) y pose en el escenario completaron lo que sería la madre de todos los ideales comerciales: los chicos querían ser como ellos y las chicas querían salir con ellos.

«Supersonic» nos hace partícipes de la experiencia mediante grabaciones de archivo, entrevistas con los implicados y reconstrucciones animadas de los hechos mediante fotos, mapas e iconos que dinamizan las partes sobre las que no hay documentación filmada y que en ocasiones resultan tronchantes. El ritmo interno de la historia atrapa inevitablemente, y el carisma inagotable de los Gallagher resulta más que de sobras para llenar dos horas de disfrute, anécdotas y sobre todo buena música.

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