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Vampire Weekend – Father of the Bride | Crítica

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El peligro real de estrechar lazos perpetuos es que puedan convertirse en cadenas. Así que, si a día de hoy, a Ezra Koenig le ofrecieran una alianza con Vampire Weekend, probablemente este soltaría un «no quiero» para caerse de culo. Seguro que Steve Martin (el verdadero padre de la novia que se enfrentó al temor de separarse de su hija en 1991) le dedicaría una sonrisa cómplice, aunque quizá no entendería que se trata de una decisión liberal, profunda, y, en el fondo, tomada con y por amor. En estas, muchos de los que se casaron con ellos en 2008 (año de su debut homónimo), habrán visto con recelo la marcha de Rostam Batmanglij, fundador y tuétano artístico de la banda, así como la naturaleza interracial y colaborativa de su nuevo, tardío y bíblico (también por extensión) disco. «Father of the Bride» es el primer álbum que lanzan bajo el dinosaurio SONY, y de alguna manera, representa la charla que nos debían tras dejar su proyecto empantanado.

Porque el riesgo del compromiso eterno desde luego está en el paso del tiempo y, con él, el cambio de realidades, inevitable, natural y hasta necesaria. Esta cuarta entrega de VW rompe con una trilogía legendaria (aunque no con una marca) para salir de ese pozo negro que cavaron en «Modern Vampires of the City» (2014) y abrirse totalmente de miras. Su naturaleza fraternal, de «todos somos hermanos en este mundo«, lo reafirma: toda la luz que derretía a los vampiros de pop barroco, pero inusitadamente moderno, aquí les da la vida. Es la antítesis del ajo y la cruz. Si hay algo que ahora ha impulsado a los neoyorquinos a hacer un nuevo trabajo es ese espíritu comunitario que reflejan gran parte de las letras de «Father of the Bride», materializado en cantidad de colaboraciones. Empezando por Steve Lacy (x2), Mark Ronson, Dave y Jake Longstreth, y acabando con Danielle Haim al micro. Vampire Weekend abrazan lo global a todos los niveles, pero extrañamente han parido un disco de formato XL con dos partes demasiado diferenciadas entre sí y en las que entre una y otra se pierde el hilo conductor, pues nos olvidamos de quien es el narrador.

Con la mayoría de temas iniciales destapados como singles, el cuarteto presenta una primera mitad con un mood feliciano, sin altibajos, coherente incluso con su pasado, musicalmente hablando. Hablo, por ejemplo, de ‘Harmony Hall‘ y sus ‘zascas’ a Trump por su política supremacista (serpientes malvadas dentro de un lugar que creías digno), un tema basado en unas cuerdas de bella arpa, en un piano lleno de vida y una melodía que podría resonar en el Jardín del Edén antes de hincar diente a la manzana.

O de ‘This Life‘ y su guitarra diáfana, una base sencilla, pero tan efectiva. En ‘Big Blue‘ (aún no tengo claro si se refiere al planeta tierra o a Dios) hasta se adjudican un poco de épica con esos coros celestiales, que le dan el contraste justo para otorgarle redondez. Sin contar con África, ni en los ritmos ni en los instrumentos, en un plano más discreto, tampoco se olvidan de flirtear con recursos imprevisibles: esos violines clásicos en plan BSO de Bambi le sientan muy bien a ‘Rich Man‘. De alguna manera, en las primeras ocho canciones (a excepción de la primera), Vampire Weekend exponen un vuelta que le vale el título de «esperada». Con otro prisma, con otras preocupaciones en la cabeza, pero atinados a la hora de hacer canciones de espíritu indie aparentemente sencillas, pero que nunca rozan la normalidad.

Lo que viene a partir de ‘Married in a Gold Rush‘ (incluye colaboración de Danielle Haim. La canción sugiere metafóricamente el error que puede implicar contraer matrimonio pronto, cuando las ilusiones están por la nubes) es otra historia. El cambio de línea que se produce se acentúa en ‘My Mistake‘, un tema que sería el más romántico de su carrera si no hablara del error que cometió Ezra al confiar en la bondad de la gente. Y ‘Symphaty‘ lo afianza con una línea valiente, todo sea dicho. Con la línea del disco planteada, a estos temas, a Flower Moon (donde participa el prodigioso guitarrista de The Internet, Steve Lacy) cuestan encajarlos en el álbum casi tanto como a ‘Sunflower‘, que directamente presenta un estilo irreconocible.

No sería un hecho tan criticable si la idea de un «Father of the Bride» que se acaba haciendo largo fuera tan experimental, libre y global, como en realidad anuncia en sus temas. Al contrario que su contenido, en la forma queda desdibujado. A modo de metáfora, este disco podría ser el mapa de un mundo en el que conviven canciones/comunidades de todo tipo, y que no necesariamente tienen porque casar. En este sentido, sería una lectura acertada: con este trabajo, Vampire Weekend, o mejor dicho, Ezra Koenig, le tocan unos cuantos años más de soltería.

Resumen de la crítica:

6,96.9
Màrius Riba
el autorMàrius Riba
Comunicación y marketing digital. Sin música no seguiría aquí. Así pues, sobreviviendo| Twitter: @MariusRiba

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