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Viagra Boys – Welfare Jazz | Crítica

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Cuando decides llamar a tu banda Viagra Boys cuesta mucho salir de cierto tipo de encasillamiento sarcástico y pasado de rosca. Así lo deben pensar también Sebastian Murphy y sus “boys”, que este ocho de enero lanzaban su segundo disco de estudio después del divertido (cómo no) y violento “Street Worms”. “Welfare Jazz”, caótico y socarrón segundo disco de la banda sueca que no querrías que pusiese un mueble en tu salón, continúa la estela de su predecesor con algunas sorpresas, pero de forma bastante segura y tal vez algo pusilánime. En él tenemos las mismas temáticas indecentes y nihilistas que incluso en el EP que los boys lanzaron el año pasado (el consumo decadente de drogas, la vacuidad del amor, de las emociones positivas y de la vida en general), el cual se grabó a la vez que este trabajo. Dance punk, un country desnortado… Viagra Boys parecen tener ideas “nuevas” o interesantes, pero, valga la redundancia, poco interés en desarrollarlas demasiado.

De este modo el espíritu punk de “Welfare Jazz” suena a menudo acomodaticio, casi como un nihilismo ciego. ¿Dónde están las buenas ideas? Precisamente en los momentos en los que Viagra Boys parecen proponer sonidos más transgresores o temas misteriosos y conceptuales: como la comparación del rebelde con el perro o el lobo; dado que estos son animales que siempre procuran aullar con notas diferentes a las del resto de su especie. Mientras Murphy habla de un “perro que es espía” en ‘Old Dog’ o en ‘Secret Canine Agent’, con un ritmo beligerante y el saxofón pegando bandazos todo va bien; el problema viene cuando su punk de viagra en particular y anfetaminas en general se transforma precisamente en el punk burgués de “la banda que se parece a la banda, que se parece a la banda, que se parece a la banda…”. Ahí precisamente a los Viagra Boys les sale el tiro por la culata y su “Welfare Jazz” se vuelve un “Welfare Punk”, reformista a lo sumo.

Podríamos salvar un par de momentos más del LP. El primero sería ‘Creatures’. Este es otro corte en el que Murphy procura remitir a la animalidad de los rebeldes, de esas criaturas que viven “bajo el agua” con unos sintetizadores dinámicos y algo ágiles, como un pez que se desliza aparentemente sin esfuerzo por el agua. El otro es la versión surrealista de ‘In Spite of Ourselves’ de John Prine. En una entrevista reciente el propio Sebastian Murphy se jacta de que le encantaría hacer un disco de country… ¿A qué espera? Esta versión tiene todo lo que en primer término hace fascinantes a Viagra Boys: una emoción extraña y difícil de calificar, humor, crudeza… Y un distanciamiento desencantado pero apasionado.

Es en el penúltimo tema además dónde Murphy juega con el ideal y bromea sobre la utopía de irse al campo (“to the country”), de escapar a la mala vida; pero a pesar del tono sarcástico, parece desearlo con cierta inocencia. No parece recordar que «allí donde está el peligro, crece también lo que salva», o que su grupo se llama Viagra Boys, simplemente. Eso es lo que sí parece recordar en el cierre: que no queda otra que reírse y caricaturizar el mito norteamericano, el estrellato hollywoodiense, o sencillamente el símbolo del regreso a una forma de vida más sencilla. Son esos los símbolos y estereotipos que el punk debe tratar de derribar.

Streaming del disco, aquí.

Resumen de la crítica:

Nota:6.5

Pros

  • Las canciones circa country y más alejadas de “Street Worms”

Contras

  • El nihilismo más crudo es una forma más de cinismo burgués

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