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[Crónica] alt-J en Barcelona (Sant Jordi Club, 8 de enero de 2018)

alt-j barcelona

alt-J siempre me han despertado dudas. Su propuesta vocal hace funambulismo por la línea que separa lo precioso de lo ridículo; sus letras homenajean a figuras fascinantes del mundo artístico o histórico y tocan temas complejos y polémicos, pero lo hacen con la frivolidad de un post de Instagram. A nivel musical son eclécticos y ornamentados, pero bajo esa suerte de barroquismo posmoderno hay un plumero cuarentaprincipalesco que asoma más de lo debido (argumento: si los desnudásemos hasta el esqueleto a ellos y a Imagine Dragons veríamos que son primos hermanos, y muchos se rasgarían las vestiduras de ver a los segundos de cabezas de cartel en el Primavera Sound). Difícilmente podríamos imaginar a un grupo que funcionara tan bien como su propia parodia, sin embargo, es imposible no sentirse atrapado por ese juego con los tempos, ese fluir etéreo, esa sensación de estar oyendo algo totalmente nuevo.

Calentó la velada Marika Hackman con su rock de versos melódicos y estribillos explosivos. No se antoja como la telonera perfecta para alt-J en términos de estilo, pero su colaboración en ‘Last Year’, incluida en el último LP de los de Leeds, dio perfecto sentido a su presencia. Es difícil entender por qué no aprovecharon para interpretarla conjuntamente, pero abordaremos la cuestión más adelante. En cualquier caso, muy agradecido repaso a ese notable ‘I’m Not Your Man’, cargado de guitarras de pedigrí fiber que dieron movimiento y disfrute a la (larga) espera. Un par de horas después de la apertura de puertas, se materializaron en el escenario en medio de una nube de humo azulado Joe Newman, Thom Green y Gus Unger-Hamilton, separados por grandes rejas de barrotes luminosos que se alzaban entre ellos.

Cabe decir que el arranque impresionó. En ‘Deadcrush’ se demostró una puesta en escena fantástica, en la que pantallas led y columnas de luz generaban un movimiento constante que acompañaba el estatismo de la banda, cuyos integrantes no abandonarían su posición ni cambiarían de instrumento en ningún momento. Punto para la producción, que acompañaba perfectamente el tipo de concierto que teníamos entre manos. Ayudó también descubrir, con ‘Fitzpleasure’ y ‘Nara’, que el sonido era impecable, con cada elemento de percusión perfectamente distinguible y unos bajos que quitaban el hipo. La guitarra de Newman titubeó en ‘Something Good’, pero por lo general el trío mostraba un excelente control de las dinámicas, y el público lo apreció con silencios reverenciales en cada armonía a dos voces y bailoteo del bueno en las secciones más movidas.

Tras una primera parada con saludo de rigor, atacaron con ‘In Cold Blood’, segundo corte de ‘Relaxer’ en el que Thom se lució a la batería con un buen muestrario de bombos bombásticos, tempos arrastrados y demás recursos rítmicos que, pudimos ver claramente en directo, merecen buen crédito en el fenómeno que ha suscitado Alt-J. Siguieron tirando de favoritas sin freno, con ‘The Ripe & Ruin’ a oscuras, ese epiquísimo empalme con ‘Tessellate’, ‘Every Other Freckle’ y sus notas graves de sintetizador, de aquellas que incitan al vicio que promulga el tema. En ‘Hunger Of The Pine’ quedó claro lo mucho que le gusta a esta gente lo ceremonioso –solemnidad vacua, al fin y al cabo, pero qué bien la llevan-, en ‘Matilda’ se dieron un buen baño de masas con un “This is from Matilda” que pareció coreado por un estadio entero, y repartieron buen rollo con ‘Dissolve Me’ y su riff a la Vampire Weekend.

‘Pleader’ se alzó como la más interesante en vivo dentro de su material nuevo: mini epopeya de fuerte énfasis en la parte instrumental que brilló con luz propia mientras todos visualizábamos (espero) algo parecido al Rey Arturo yendo a las cruzadas montado en Kitt el coche fantástico. ‘Left Hand Free’ nos pilló desprevenidos y desató pura fiesta con sabor a rock, y ‘Taro’, emblema del conjunto británico, insufló entusiasmo para encarar una recta final certera de bises con el agradabilísimo vaivén de ‘Intro’ (la del ‘An Awesome Wave’), el primer nuevo single ‘3WW’ y la exquisita Breezeblocks –tarjeta amarilla a todos esos “NA NA NA NA” entonados antes de tiempo-. Hay una conclusión que convendría no pasar por alto: el concierto fue muy satisfactorio, el público salió pletórico y Alt-J demostraron las tablas de una banda experimentada.

Sin embargo, cruzar por los pelos la hora y cuarto de actuación dejando la mitad de su material más reciente fuera del setlist (¿dónde estaba Marika?) fue una decisión cobarde a nivel artístico. El concierto hubiera visto disuelto su efecto de avalancha de temazos, sí, pero era su deber como grupo “mayorcito” elaborar un espectáculo coherente con su pretendida evolución y apasionante en todo su conjunto. El hecho de que interpretaran más temas de su primer álbum que del segundo y el tercero juntos muestra una tendencia nada sostenible, que se redime solo en parte porque este era su primer concierto en sala en nuestro país. Véanse, como justa comparación, setlists de Tame Impala o Florence and The Machine en sus últimas giras. Dicho esto, su abrumador directo demostró que pueden defender el hype –en manos de cada uno queda decidir si justificado o no- que ha propulsado a alt-J hasta aquí. Veremos.

Texto | Pau Ortiz
Fotografías | Rosario López

 

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