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[Crónica] Billie Eilish en Barcelona (Palau Sant Jordi, 2 de septiembre de 2019)

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Paseaba un servidor entre los recovecos del aparcamiento del Palau Sant Jordi. Comía, despreocupado, un bocadillo de jamón, ajeno a la histeria colectiva adolescente que se respiraba. Un coche paró, y dos jóvenes chicas americanas pidieron indicaciones de parking. Me disponía a dárselas cuando una de ellas me interrumpió. “But… Do you have ANY interest in Billie Eilish?”. Señal de advertencia: esto es territorio de la Generación Z, y no habrá paz para los millenials (ni para los padres conductores).

Ya dentro del pabellón, nos recibía un panorama instrumental escueto, con un teclado y una batería. En el suelo un cuadrilátero de baldosas negras brillantes (y, descubriríamos luego, luminosas) recibía un buen repaso de mopa para la ocasión. En el techo, colgando de cuatro cadenas, una cama de Chéjov (sin duda iba a ser usada en el tercer acto) hacía referencia al título del LP que lo ha cambiado todo para la artista californiana: «WHEN WE ALL FALL ASLEEP, WHERE DO WE GO?«. Y de repente, el ruido. Un ruido ensordecedor. Eilish apareció sobre el escenario recibida por un griterío hiperbólico que, al toque del primer beat, se convirtió en una interpretación popular de ‘bad guy’ tan intensa que prácticamente anuló todo lo que salía por los altavoces.

En pantalla, una animación del rollo gótico desenfadado (así como de funkopop oscurito) nos mostraba a una muchacha que, tumbada en una cama, recibía la visita de una maligna sonrisa del gato de Cheshire y caía por una madriguera hacia el país de las pesadillas. A partir de ahí, a lo largo del concierto veríamos bichos, tarántulas, estatuas marmoladas de cementerio, un muñeco de bebé ardiendo, siluetas misteriosas de gente entre árboles, la boca del principio de ‘The Rocky Horror Picture Show, una chica andando con capucha de noche.

El imaginario está algo manido, sí, pero que eso no nos nuble el juicio: Billie Eilish no es una adolescente cualquiera con nada nuevo que decir que lo ha petado gracias a los algoritmos. Ella sola ha inventado al icono pop de su generación, que podríamos definir subvirtiendo el formato de la máxima balviniana en “nunca diva, siempre indiva”. Las miradas sensuales se han convertido en sonrisas cargadas de sorna, las odas a la juerga tóxica y al folleteo en desilusionadas observaciones sobre lo vacuo del asunto, los modelitos de vértigo en, bien, en lo contrario a los modelitos de vértigo (el cuerpo está para usarlo brincando como una cabra, no para sexualizarlo ante las masas), los amores y desamores de instituto en algo, joder, maduro. Todo esto ya existía antes, por supuesto, pero nunca había existido así.

‘my strange addiction’ y ‘you should see me in a crown’ se desplegaron entre los vaivenes rítmicos de la primera y el drop agresivo de la segunda, pero no fue hasta el inicio de ‘idontwannabeyouanymore’, limpio de base electrónica, que pudimos oír por fin la voz cantada de la protagonista. La mayor parte del concierto aquejó bastante de un exceso de graves que, combinados con el entusiasmo de la chavalada, nos obligó a hacer el ejercicio de imaginar la pulcritud del estudio en nuestras cabezas. Fue realmente una lástima que la elaboradísima producción del disco y las exquisitas modulaciones y efectos en la voz de Eilish se quedaran por el camino, pero nos tuvimos que conformar con remotos acercamientos en piezas más tranquilas como ‘wish you were gay’ o ‘xanny’.

Otro contratiempo notable venía dado por un esguince en cada tobillo de la cantante (uno de hacía un mes, el otro de un par de días atrás), cosa que evidentemente dificultó sus habituales movimientos alocados. Así, un setlist errático (que incluyó la totalidad de su LP y buena parte del EP ‘don’t smile at me’) con cambios de intensidad poco fluidos y la dificultad técnica y física de que cada tema brillara por si solo hacía que, si se era objetivo, costara un poco entrar emocionalmente en el show. Aun así, contra viento y marea, Eilish lograba conectar con su público y ser coherente con sus piezas, ya fuera dejándose caer lánguida al suelo para interpretar ‘WHEN I WAS OLDER’ o soltándose el pelo con un guiñito seductor cargado de ironía en ‘all the good girls go to hell’

Finneas, hermanísimo y multiinstrumentista, tuvo momentos de spotlight bastante poco lucidos (un riff soso de bajo aquí, un solo soft de guitarra allí…), pero vio reconocida su coautoría absoluta cuando por fin bajó la cama del techo y ambos se sentaron en ella, tal y como, dijeron, habían hecho múltiples noches, a hacer música. La cama se elevó, y una acústica punteada arropó los versos de ‘i love you’ con la luna de fondo. El efecto fue algo pasteloso y tuvo un trasfondo freudiano preocupante, pero sin duda era también sincero.

Esa sinceridad se convirtió en verdad palpable cuando Eilish se sentó en un taburete en una pasarela entre el público y lanzó su único discurso de la jornada. Presentó a la banda, se disculpó de nuevo por sus tobillos, dio vueltas al hecho de que cada momento es irrepetible, y sugirió al público que lo viviera, guardando incluso sus móviles si así lo sentían. Todo de manual, sí, pero su tono era sobrecogedor. No había superioridad ni condescendencia en el mensaje, solo la honestidad de una persona que en cuestión de un año ha experimentado un huracán existencial y que, pese a todo, hablaba en tono absolutamente neutral a miles de colegas. La avalancha de normalidad tuvo una carga empática monumental, y el sentido ‘when the party’s over’ que interpretó a continuación, con su inquietantísimo videoclip de fondo, fue sin duda lo mejor del concierto.

Honestamente, resultaba imposible no quererla. A partir de ese click, el acelerón final con ‘bury a friend’ y el bis de ‘bad guy’ nos permitieron bailar de forma liberada, y la sensación final fue la de haber visto a una auténtica bestia de potencial infinito que, pese a tenerlo absolutamente todo en contra, levantó a las masas como pocos lo habían hecho antes. El día que lo tenga todo de cara, nos volvemos locos.

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