Crónica

[Crónica] Billie Eilish en Barcelona (Sant Jordi Club, marzo de 2019)

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Aquellos que sean más cinéfilos tendrán constancia del anhelo reciclado que rezuman las “A Star Is Born” (“Ha Nacido Una Estrella”) de este último siglo. Desde 1937 se han producido un total de 4 adaptaciones de una misma historia. La primera, materializada en 1937, rompía el cascarón ensalzando a un dúo de oro (Janet Gaynor, Fredric March). La última, liderada por Stefani Joanne Angelina Germanotta (Lady Gaga) y Bradley Cooper, tardó casi 90 años en llegar. Pero todas, absolutamente todas, han contado con unos sujetos y unas premisas básicas identificadas bajo unos mismos designios argumentales.

Esta vocación tan dada al reciclaje y a un movimiento cíclico es bastante similar a la que ha acabado definiendo (y redefiniendo) al pop de siglo XX / siglo XXI. Sobre todo al ADN de sus figuras más llamativas; artistas como Madonna, Beyoncé, Cyrus, Pink o Perry, pese a contar cada una de ellas con una seña de identidad muy propia y delimitada, han pisado de una u otra manera los mismos azulejos, las mismas baldosas. En definitiva: los mismos elementos que han conformado el núcleo duro de un patrón vinculante entre todas sus trayectorias profesionales. Eso, de una manera u otra, nos lleva a hablar de la estrella de la semana, del mes, e incluso del año para medios y “populacho” que habita el mundo musical. Nos referimos a Billie Eilish, una artista que ayer noche demostró en Barcelona que ya ha puesto el pie sobre aquel tartán anteriormente marcado por los clavos de las “celebrities” más imponentes de ayer y de hoy.

“¡Billie! ¡Billie! ¡Billie!”. Eran pasadas las 21:30 de ayer, 09 de marzo de 2019, cuando la embrionaria fanbase española de Eilish agolpada en un abarradotado Sant Jordi Club (cartel de “entradas agotadas” colgado en la taquilla) suplicaba a gritos la presencia sobre el escenario de su nueva diosa. Una mastodóntica araña metálica, con ocho patas de piel LED, se apoderaba del escenario, haciendo intuir que algo grande (y memorable) iba a pasar. No nos falló la intuición: en pleno fulgor catártico de máxima intensidad forjado entre gritos, melodías reconocibles (medley de ‘Put Your Head On My Shoulders’ de Paul Anka y el tema principal de “American Horror Story” a modo de intro) y la más absoluta oscuridad, Billie se mostró ante su adorada muchedumbre posada sobre el prosoma del ser arácnido. De espaldas, y enfundando una tónica negra, Eilish arrancó el show de la mejor de las maneras: como una nueva diva, como una nueva deidad gótica a la que rendir reverencia.

Acompañada únicamente con su hermano (teclados, guitarra) y un batería, Eilish conectó la base de ‘&burn’ con ‘My Boy’ para encauzar una interpretación ligeramente neosoulizada de esta última y digerible pieza incluida en “Don’t Smile At Me”. Poco después llegó el primer noqueo de la noche. Los primeros versos de ‘idontwannabeyouanymore’ sonaban en el ambiente, y el gentío se rendía ante la voz de una cantante que sabía defenderse plenamente en terrenos “baladescos”. A rebufo llegó ‘lovely’, aquella colaboración con Khalid de deje aletargado y meloso que supo apiadarse irremediablemente de los tímpanos de la audiencia. Dotada de chispeantes elementos percusivos, apareció en escena aquella ‘Bored’ de “13 Reasons Why” cuyo final Eilish consiguió moldear para que fuese finiquitado de forma adrenalítica con la audiencia botando.

Entonces llegaron la sinuosa ‘When I Was Older’, inspirada en “Roma” y ‘Party Favor’. Esta última para deleite del personal fue hilvanada con un pintoresco ukelele de color amarillo fosforescente que sirvió para dar algo de color a la actuación. De hecho esta fue la pieza más cálida de toda una velada concretada entre los momentos más punzantemente bailables y aquellos más gélidos y aletargados.

Con el público ya en la palma de su mano, Billie Eilish se decantó por darle forma a interpretaciones de ‘Wish You Were Gay’ y ‘Bitches Broken Hearts’, finiquitando cierto segmento del concierto con una impecable y algo compleja versión en vivo del doblete ‘&burn’ y ‘watch’. Lo tuvo todo este suculento momento: intro de ‘It’s a Hard Knock Life’, mini coreografía de Billie y su hermano y unas formas moduladas “in crescendo” que acabaron con el público embriagado por la potencia física de la artista californiana.

Entonces llegó ‘you should see me in a crown’. Y su aterrizaje se formalizó con pit incluido, hecho que demostró que el hit de la solista posee corazón extremadamente rockero. Las revoluciones volvieron a rebajarse con ‘Hostage’ y la guitarra acústica de Finneas, aunque eso tan solo fue un pequeño respiro para lo que estaba al caer. ‘Bury A Friend’, de arranque descarnadamente ‘Black Skinhead’, volvieron a enloquecer a una audiencia muy dada a exclamar ‘I wanna end me!’ sumida en el más absoluto descontrol.

El tramo final del show se empezó a formalizar con la pomposa base electrónica de ‘Bellyache’. Esta dio paso a otra muestra más de poderío vocal con un highlight, ‘when the party’s over’, encumbrado con la melosa ‘Ocean Eyes’ y un clímax final de puro vértigo melódico: ‘Copycat’.

Lo de ayer en Barcelona es una prueba palpable y tangible de que Billie Eilish es una artista muy difícil de encasillar. Su versatilidad sobre el escenario es realmente abrumadora. Sin miedo a llenar de color un pabellón como el Sant Jordi Club, la angelina embelesa cuando se ha de embelesar, y golpea sin remordimientos cuando se ha de golpear. En este sentido sorprende, y mucho, su potencia física. Cada contorsión, cada movimiento hilvanado supura poderío. A su manera su modus operandi recuerda algo al trabajo escénico de Pink, pero de una manera más jovial que el perpetrado por la de Doylestown. Una más anidada a los ejes del “emo” post 2000, encauzada desde una facción más retorcidamente pop y actualizada a los tiempos que corren.

También deja anonadado su capacidad para dosificar el directo. Para controlar a la audiencia a su antojo gracias a un setlist que, con aún sin álbum debut en las estanterías (“When We All Fall Asleep, Where Do We Go?” llega el 29 de marzo), cuenta con más dorados singles que artistas que llevan más de una década en el sector.

Potencial escénico, carisma, dosis justas de “sing along”, interacción óptima con los fans, inteligencia a la hora de conectar con su público (la inclusión del corte de ‘Wii Mii’ fue un guiño bien majo a su audiencia) y setlist ajustado de 17 temas demuestran que esta chica no es una mera proyección en el futuro. Es una realidad. Sí, ha nacido una estrella. Una estrella oscura. Y ha nacido para arrollar.

Billie Eilish visitará de nuevo España en septiembre. Actuaciones en Barcelona (Poble Espanyol) y Madrid (WiZink Center) con entradas ya agotadas.

Fotografías: Christian Bertrand
Texto: Pablo Porcar

Pablo Porcar
el autorPablo Porcar
Fundador y editor de Binaural.es. En busca constante de aquel "clic" que te haga engancharte a un artista o grupo nuevo durante semanas y semanas. Mi Twitter personal: @pabloporcar

1 comentario

  • Buena crónica, el concierto fue una pasada en todos los sentidos. Una experiencia intensa y loca (en el buen sentido) que hizo disfrutar de cada una de sus canciones a pesar de que el recinto estaba más que saturado. En los pits que se hicieron más de uno se cayó y vi a varias chicas a punto de desmayarse… Con conciertos tan intensos “espiritualmente” como los de heavy metal, ya contaba con gente histérica, pero el problema fue que el aforo estaba más que saturado. Todos estabamos apretadísimos y he estado en varios conciertos de gente con más fans, pero el recinto era más grande o el límite de personas era más ajustado. Cuando Billie Eilish dijo: “let’s take a step back, and breath” (o algo parecido) la sensación fue muy liberadora y agradecida. Definitivamente, apretados como sardinas en lata. Aunque esto demuestra lo que ya has pronunciado en tu crónica, Billie va a dar mucho que hablar, tan sólo esta empezando y recintos como ese no dan la talla en lo más mínimo. Conciertazo.

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