Crónica

[Crónica] Ennio Morricone en Madrid (WiZink Center, 7 de mayo de 2019)

Crónica Ennio Morricone en Madrid

La ocasión era digna de liturgia. El maestro Ennio Morricone, contendiente serio al título de mejor compositor de música para cine de la historia, se despedía de los escenarios cumpliendo el sueño de muchos de los presentes de poder disfrutar de sus obras en directo por primera vez en la vida. Pese a compartir tamaño de recinto en grandes pabellones, el formato del concierto difirió mucho del de Hans Zimmer, otro titán al que pudimos ver hace poco. La grandilocuencia del alemán, con imágenes de las películas, pantallas en movimiento, luces de superproducción y espíritu de blockbuster, contrastaba con la puesta en escena desnuda del italiano; lo único importante aquí era la música.

De forma muy protocolaria y ordenada aparecieron en el escenario primero el coro Talía y luego la Orquesta Roma Sinfonietta. Sonó un mensaje que prohibía la realización de fotos o vídeo, y parte del público le respondió con pitorreo, pero a decir verdad el comportamiento durante el concierto fue impecable, con un silencio sepulcral y una aparición mínima de teléfonos en alto. El respetable recibió al Morricone con una ovación en pie de primeras, tal como efectivamente una figura de su categoría merece, pero él mismo los cortó a los pocos segundos con un movimiento de mano que era a la vez un agradecimiento y un “sí, sí, luego ya tal. Vamos al lío”. Se sentó y, sin perder ni un instante más, entró de lleno en su extensísimo repertorio.

La elegida para abrir fue ‘Los intocables de Eliot Ness’, con sus cuerdas trepidantes puntuadas por un piano y la melodía principal interpretada aquí por un saxo alto. La pieza es corta, y fue empalmada directamente con dos temas de la coproducción italo-soviética ‘La tienda roja’. Gracias a las cámaras, que nos iban mostrando detalles que difícilmente podríamos apreciar en un recinto de este tamaño, presenciamos perlitas como esta: Eliot Ness llegaba a sus últimos compases, todo su nervio se apagaba y el rostro y las manos de Ennio acompañaban esa suavización. Pero su cerebro de director iba un segundo por delante del del resto de mortales, y ya pensando en un empalme fluido con la siguiente pieza, giraba un ojo hacia uno de sus violinistas y levantaba una ceja aproximadamente dos milímetros. Esa fue su entrada, y el violín dio comienzo a una melodía que se llevó a toda la orquesta hacia un nuevo tema.

Podréis decir que no es una sorpresa que un director dirija. Está claro. Pero qué bonito resultaba ver a una persona que, en el ocaso de una muy longeva carrera, lo hacía con una tan sutil gestión del movimiento, depurando absolutamente la técnica de dirección en forma de conservación de la energía. Así, pasamos por un nuevo bloque con la clásica ‘Novecento’ compuesta para el film de Bertolucci, ‘¡Átame!’ para ‘Almodóvar’, y ‘Ostinato Ricercare Per Un’Immagine’, que no se suele asociar a ningún film pero que forma parte del documental ‘L’Ultimo Gattopardo’, de Tornatore. Especialmente mágico fue este último momento, el más bello hasta entonces, y aun así no dejó de quedar un sabor agridulce, dado que su composición es muy similar a la de ‘Érase una vez en América’, que ya sabíamos (imposible asistir sin mirar setlist) que no se iba a interpretar.

Salió al escenario la soprano Susanna Rigacci para interpretar ‘Nostromo’, y con ella se dio paso a otro nuevo bloque, uno de los momentos más esperados por el público: “La modernidad del mito en el cine de Sergio Leone”. Sonó la famosísima armónica de ‘Hasta que llegó su hora’, y el realizador iba mostrando a gente random de la orquesta, así como disimulando, así que es muy posible que la armónica estuviera pregrabada, cosa que no me explico en un concierto de esta magnitud. Nunca lo sabremos, supongo. Sea como fuere, esa guitarra eléctrica que da cuerpo a la pieza levantó muchos ánimos, y de ahí fuimos directos a un medley de ‘El bueno, el feo y el malo’, con esos exquisitos rasgueos de viento madera como principales protagonistas, que culminó en ‘l’Estasi dell’oro’, esa maravilla que arranca con un piano lleno de anticipación y acaba con un auténtico derroche de sonido, ímpetu de viento y cuerdas y todo el poder del coro.

Entendiendo que iba a ser obligatorio hacer una pausa (rompen un poco el flow de todo, pero supongo que cuando tenga 90 años también insistiré en hacerlas), entonces, ya puestos a hacerla, cayó en el sitio adecuado. Decido aprovechar para dedicarle unas líneas a una persona que tengo muy cerca. Es uno de esos trabajadores que tienen que estar todo el concierto mirando a las gradas para vigilar que nadie se escape de su zona asignada. Está sentado justo delante de mí, como a un metro, y su mirada de puro tedio me ha ido interpelado durante lo que llevamos de concierto, y sé que así seguirá. Yo llevo años esperando este momento y él solo puede desear que termine de una vez. El concierto le está pareciendo insufrible, y no sabe cómo hacerlo para que el tiempo pase más rápido. Si tuviera el talento literario necesario le dedicaría una ficción, pero ni lo tengo ni es lo que habéis venido aquí a leer, así que sigamos.

En una rima bastante interesante con ‘Eliot Ness’, arrancamos ahora con ‘Last Stagecoach to Red Rock’, de ‘Los Odiosos Ocho’, que le valió un Oscar al compositor italiano (a destiempo y con una banda sonora que poco refleja el valor de su contribución a la música, pero qué le vamos a hacer). De hecho, el directo le hizo un gran favor a la pieza, que en pantalla queda un poco neutra, pero que aquí puso de manifiesto un gran trabajo de variedad para toda la familia de vientos. Se presentó aquí otra cantante, Dulce Pontes, que se ocuparía de los tramos líricos de corte menos operístico. ‘La luz prodigiosa’ inauguró un bloque que sobre una interpretación amplia del término “cine social” permitió a Morricone dar un repaso bien ligado a un buen número de filmes.

Destacaron las trompas a lo Mússorgski del final de ‘The Battle of Algiers’ y el trabajo vocal de Dulce Pontes en ‘A brisa do coraçao’ de ‘Sostiene Pereira’, en la que la que llevó al extremo sus capacidades para el vibrato e hizo gala de una tesitura amplísima. También hubo menciones al cine de Elio Petri con ‘La clase obrera va al paraíso’ y a ‘Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha’, instaurada esta segunda en la mejor tradición de la música para thriller. Antes de que Dulce Pontes se luciera de nuevo en ‘Aboliçao’, vivimos quizá el mejor momento del bloque con ‘Corazones de hierro’, masterclass de cómo sacar un partido descomunal a una sección de cuerdas.

El público aplaudía a rabiar, y se sabía que aún quedaban dos hitazos. Sonaron. ¿Qué os voy a decir de ‘La misión’ y ‘Nuovo Cinema Paradiso’? Si estáis aquí probablemente habéis visto esas dos excelentes películas, y os habréis emocionado igual que todo ser humano con sus bandas sonoras, absolutos referentes para la historia. Si es así, sabéis todo lo que sentimos al escuchar primero ese oboe, luego ese piano y finalmente uno de los mejores temas de amor jamás escritos. En caso contrario, dejad de perder el tiempo y poneos a ello inmediatamente.

Morricone aún tuvo fuerzas para salir y volver al escenario un par de veces más, para interpretar de nuevo ‘L’Estasi dell’oro’ y ‘La luz prodigiosa’, entre los vítores de un público muy, muy satisfecho. Al concierto se le podrían poner varios pequeños peros, principalmente achacados al problema de sonorizar una orquesta para un pabellón de unos cuantos miles de personas. Pero para qué. Todos los pequeños “ay, lástima” que se podían ir sintiendo cuando costaba un poco percibir la energía de los 200 músicos que nos acompañaban, o cuando el encaje entre instrumentos no era el más preciso, se desvanecieron por completo cuando, en pie, mostrábamos el mayor de los respetos a un maestro cuya música nos acompañará de por vida. Por ello, y por hacer el esfuerzo titánico de permitirnos disfrutarla en vivo y bajo su propia batuta, no le podremos estar nunca lo suficientemente agradecidos.  

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