Crónica

[Crónica] Madrid Es Ruido Fest 2016

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Lo reconozco: fue ver el cartel del Madrid Es Ruido Fest y ya me estaba cogiendo un Alvia a Madrid. Efectivamente, un Alvia, que a Bilbao aún no ha llegado la alta velocidad. Y a Murcia sí, en fin. 5 horas de viaje y un sándwich mixto después ahí estaba, en la capital. Me sentí muy de pueblo con aquella cantidad de gente en los alrededores de la sala Moby Dick, donde se hizo el festival.

Ahí estaba yo, con mi cámara y mi jersey de lana esperando a que abrieran. Y mirando como un tonto a los integrantes de Celica XX que también esperaban junto a mí (joder, desde hace años oyéndolos y ahí los tengo, como si nada). Disimuladamente le contaba a una amiga, que se animó a venir, quién era quién. Estaba seguro de que estaba rodeado del jet set ruidista de Madrid. Me sentía como en casa, y más que en Bilbao. Y unos minutos antes de las ocho, entramos a la sala.

Motel 3

Había ambientillo justo antes del concierto de Motel 3, la única banda del cartel de la que no había oído hablar nunca. Me planté en primera fila y vi la flamante Fender Jaguar rojo pasión de Jesús Canet, el guitarrista de la banda. A partir de ahí, ya era difícil que no me gustaran. Me sorprendió lo bien que sonaba este grupo en la Moby Dick. ¿Era la sala o la banda?

–“¡Afínate!”–, se escuchó a alguien decir desde el público.
–“¿Para qué? ¡Esto es el noise!”

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Ghost Transmission

Un colega de Valencia que sabe de esto me dijo una vez que Ghost Transmission es uno de los grupos que mejor suenan en directo para él. Yo fui escéptico, ya que nunca he tenido la ocasión de verlos. Pero joder, nada más salir al escenario flipé. El grupo de Xàtiva se defiende genial en directo. En formato trío, sin batería ni nada. Tirando de caja de ritmos, algo que le añade una oscuridad y frialdad particular a su sonido. Pero el ruido frío y oscuro es buen ruido. Y más si va acompañado de una máquina de humo. Atmósfera visual y sonora.

Don Shoegaze. Así, con mayúsculas. Y, como los clásicos, las luces siempre tenues o apagadas. La luz rojiza del luminoso de Jägermeister era lo más brillante en la sala. Para muchos fue el mejor concierto de la noche. Y más de uno se llevó una sorpresa.

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Celica XX

Pero para mí Celica XX eran el primer motivo para ir a Madrid a este festival. Es ya mucho tiempo escuchando su disco debut, Niños Luchando, que salió en 2013. Oscuridad, ruido y psicodelia. Tres argumentos de peso. Desde la primera nota de Niños Luchando, canción con la que abrieron el concierto, me atraparon. Quería sacarles fotos pero me quedé completamente inmóvil. En directo son una pura apisonadora.
Todos los componentes de la banda eran esenciales en el sonido. Desde Hoffa metiendo ruido con su guitarra en una esquina, María siempre pegada al sintetizador creando las atmósferas más oscuras, pasando por Jose con unas líneas de bajo magistrales y sin olvidar a Miguel en la batería, completamente entregado.

Pero Guillermo Vázquez, cantante y guitarra de Celica XX, me causó admiración. Su forma de sentir la música y de cantar sus letras era completamente mágica. Personalmente me emocioné con Las Innombrables, El Paseo de los Tristes y con Veneno por Navidad. Pero es que todos los temas y en especial los de su nuevo disco, Ultraviolencia, suenan como tienen que sonar en directo.

Recuerdo un tipo que fue a decirle algo a Guille al escenario. Le dijo que no se le oía la voz, que le subieran el volumen. Jose, el bajista, escuchó la conversación y le dijo a su compañero que no hiciera caso. “Este no ha entendido la esencia”, dijo alguien que tenía detrás. Me giré y asentí. Entendí la música de Celica XX. Salí feliz.

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The Telescopes

No sabía qué me esperaba en un concierto de los Telescopes. Había escuchado un par de discos y me parecían unas bestias. Noise afilado y desafiante. De esos grupos que escuchas cuando necesitas romper cosas. Cuando estás de muy mala hostia. Ni siquiera sabía qué aspecto tenían ellos. Y nada más salir al escenario me sorprendió Stephen Lawrie, el cantante, que lejos de parecer un chaval, salió con una copa de vino y gafas de señor inglés. “Pero al bajista le falta una cuerda… Y al guitarrista le faltan otras dos”, pensaba para mis adentros. Había leído que los primeros Jesus & Mary Chain iban del mismo palo, con los instrumentos hechos un desastre y con actuaciones de media hora larga con semi-improvisaciones de ruido y destrucción.

Me encontré lo mismo: guitarristas que tocaban golpeando su instrumento contra la pared o con una botella de cristal rompiendo cuerdas, un batería que tocaba con… ¿mazos? Joder, era todo muy raro. Y para colmo Lawrie sólo gritaba cosas que no entendía mientras controlaba un pedal de efectos que utilizaba para la voz. Pero había un tipo que sí lo entendía. El hombre en cuestión estaba a mi lado y, aunque podría ser mi padre, se lo pasaba como un chaval. No sé qué se tomó o qué le echaron en el Gintonic, pero creo que se intentó subir al escenario y fracasó el solo. Pasado el ecuador del concierto, que duró poco, entró en un estado de trance en el que comenzó a mover los brazos completamente a destiempo esotéricamente. No lo sé. Hubo un momento en el que vi a ese tío con los ojos cerrados y las manos arriba, a Lawrie tirado en el suelo golpeando la batería, uno de los guitarristas poniéndose cuerdas porque se había quedado sin las que necesitaba y al otro golpeando su instrumento contra la pared como si quisiera hacer un agujero. Ahí concluí que estaba viviendo una experiencia única en mi vida. Y eso es lo que fue.

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Texto y fotos | Patrick Ortiz

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