Crónica

[Crónica] Metallica en Barcelona (Estadi Olímpic, 5 de mayo de 2019)

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Fascinación por el fuego. Metallica volvían a Barcelona un año y tres meses después, tiempo que marca el calendario pero que para uno es a la vez un instante y una eternidad. Es el bucle que atrapa, la relativización de tiempo, lo que confiere a la visita de los californianos un aura extraña, casi onírica, al hecho de encontrarse otra vez coreando los mismos temas, entre pirotecnias desatadas y vientos penetrantes. Pero si su poder de convocatoria no fuera aún, tantos años después, tan rotundo no se podría haber llenado primero un Sant Jordi y ahora reunir 52000 almas de récord -algunas repetidoras, otras muchas no- en el Estadi Lluís Companys con tanta facilidad.

Montjuïc es la montaña en que se encuentra el estadio, terreno que le viene perfecto a la liturgia Metallica que precisa de un peregrinaje masivo de personas. La familia a la que James Hetfield no deja de referirse, subiendo sus sinuosos caminos, corona el cielo de la ciudad para llegar al que por unas dos horas y media es el templo del metal, mercadotecnia y hectolitros de cerveza. Con el Sol cayendo con la intensidad creciente de mayo, serpientes de personas vistiendo colores oscuros -o directamente negros- se adueñan de las escaleras, caminos, carreteras. Coches y motos desbordando aceras, autobuses con la panza llena. Cubriendo de cuero negro, tejano marino y algodón serigrafiado el verde y gris de la montaña. Colegas, familias con hijos, parejas… de los que ya estaban en el primer concierto del 87 a los que se suman por primera vez.

Dos teloneros acompañaron el atardecer: Bokassa, hardcore fundido a stoner noruego promocionado directamente por Lars Ullrich, y los suecos y más consolidados Ghost. Estos segundos, con una estética marca de la casa, en la que ahora el cantante coge algo que parece prestado de Dave Vanian (The Damned) y The Misfits para su última encarnación, Cardinal Copia. Hard rock de arena, de aquellos de estribillos pegadizos y humeantes, con destellos de un poco de todo en el metal. Como teloneros, no pudieron imponer su escenografía, pero fueron de menos a más, arrancando a los primeros de su asiento, con temas como ‘From The Pinnacle to The Pit’, ‘Cirice”’ para terminar con ‘Dance Macabre’ y ‘Square Hammer’.

La noche caía y el viento parecía girarse y contribuir a la épica, cuando pasadas las nueve y cuarto, ‘The Ecstasy of Gold’ del maestro Morricone volvía a retumbar. Ya con un escenario más al uso y estilo clásico, sin cuadriláteros antinaturales en medio, las pantallas volvían a mostrar a Clint Eastwood pegando cuatro tiros cuando ‘Hardwired’ volvió a arremeter, como en el Sant Jordi. No importa que los mejores años de creatividad de Hetfield, Hammett y Ulrich hayan pasado, que el concierto de ayer sea en estructura muy parecido al de hace un año (es la misma gira): la gente quiere Metallica y ellos se ofrecen sin reservas, con todo lo aprendido y lo perdido por el camino y lo bueno que les queda. La reciprocidad inquebrantable se refleja en el coro volcánico para intentar emular a la gran Marianne Faithfull, presente en las pantallas, en ‘The Memory Remains’, en la complicidad entre veteranos que sienten un calor especial en el pecho cuando enlazan ‘Ride The Lightning’ con ‘The Thing That Should Not Be’ a modo de regalo, pues hacía tiempo que no la sacaban del baúl incontestable de su primera época, a la que recurrieron aún más. Todo hasta el primer momento en el que todo cabalgó a su favor, con ‘The Unforgiven’, la buena, la primera, no las secuelas.

Momento para ir al lavabo con ‘Here Comes Revenge’, corte prescindible del “Hardwired… to Self-Destruct”, y encontrar la fauna que vive ahí no por necesidad si no por vicio, el estadio da esas sorpresas. Rellenar el vaso con oro líquido de malta a precio de crimen, en el que reza el lema “And Beer for All” y volver a tiempo para una atropellada ‘Moth Into The Flame’, de las buenas del último que, como muchas canciones del repertorio, sufrió de un caso agudo de dispersión sonora. El antiguo Montjuïc es esquivo con la acústica y el viento hacía surfear las ondas de un lado para otro. Y siendo sinceros: la maquinaria no estaba del todo engrasada, al menos para ofrecer buena calidad de sonido a todo el estadio. Pero las llamas que saltaban con rabia en los momentos cumbre para fascinación ancestral de todo el mundo allí presente, por belleza, iluminación y calor más que necesario ante el frío, proyectaban las sombras, la idea grabada de cada tema de Metallica bien presente y viva, incandescente por momentos.

Siguió ‘Sad But True’, otra en la que el riff presiona con fuerza los cuellos de la gente para volver al “Ride The Lightning” con ‘Fade To Black’, bien introducida por un Hetfield en buena forma tanto vocal como instrumental. El homenaje-guiño a la ciudad fue como en el Sant Jordi, el ‘Muerto Vivo’ de Peret, con Robert Trujillo a la voz y bajo y Hammett a la guitarra, dejando claro que no practicaron desde entonces, pero que la rumba catalana les caló un poco. Trujillo se enfundó el bajo de Orion con el mítico Cliff Burton moviendo melena, aporreando el instrumento y luciendo camiseta de Misfits en el recuerdo y la pantalla, en los pocos momentos que el público contuvo la respiración. Qué mejor forma de romper la magia que con el rescate de ‘Frantic’, que aun sonando infinitamente mejor que en disco, no tiene cabida en un setlist que a partir de aquí ardió.

Los horrores de la guerra y la mella en los soldados es un tema recurrente en su discografía, y ‘One’ es un exponente de ello. De aquí a ‘Master of Puppets’ y las llamas aún más trepidantes, para juntarse todo el grupo en la parte delantera del escenario, sin distancias, y marcarse un triplete incontestable, con ‘For Whom The Bell Tolls’, ‘Creeping Death’ y ‘Seek & Destroy’. Puñetazos al cielo, estribillos militares, público en grada encima de su asiento, prensa sobre la mesa, pista entre seísmos y las sombras arrolladas por un baño de naranjas centelleantes. La idea pareciendo tan real.

El bis lo integró una cara b de su último disco, ‘Lords of Summer’, que es de lo más divertido que han compuesto últimamente pero que no goza de mucho reconocimiento por estar medio escondida en su discografía y metida con calzador en el setlist. Mero aperitivo del dúo que cierra sus conciertos, el ápice de su popularidad. ‘Nothing Else Matters’, un plato que no por infinitamente repasado no deja de ser efectivo, lo mismo que ‘Enter Sandman’ y su riff que dejarán como legado para la posteridad, en el que ni los litros de cerveza que empezaron a volar pudieron apagar el incendio allí declarado. Llegó el tiempo de repartir souvenirs y agradecimientos sentidos ante un público que tras casi dos horas y media pedía más.

Con las pantallas recordando la muerte, ya sea en sus imaginarios heredados de H.P. Lovecraft, en homenaje a sus caídos, en las tumbas de “Master of Puppets”, es por contraste, por esta tradición metalera de coquetear con ella, también en la noche como albergue de terrores, motor constante de la imaginación humana, que las explosiones vitales que ofrece especialmente un concierto de este tipo son de las más fulgurantes que se pueden ofrecer. Pese al show business, la máquina de ganar dinero como gran domador y rueda jerarquizadora, el móvil como instrumento para mediar con el mundo; pese a todo esto, aún pervive el fuego desafiante. Aunque sea solo una lejana idea.  

Texto: Nil Rubió
Fotografías: Rosario López

Nil Rubió
el autorNil Rubió
Periodista y sociólogo, escribe sobre música allí donde le dejan. Fuera de un concierto es alguien alienado. Un pogo sudoroso, un riff de Page o Iommi, olor a amplificador quemado, una melodía que te erice el vello, el "White Album", Strummer y Joey Ramone. Twitter: @nilruf | Web: www.nilrubio.com

2 comentarios

  • Sin duda alguna pocos grupos consiguen llenar el Estadi Olimpic después de haber venido el pasado año y repitiendo gira. Aún así aposté a ir para disfrutar de nuevo viéndolos, con entradas a precio abusivo al igual que la cerveza….casi denunciable. Qué pena me ha dado abandonar el Estadi minutos antes de acabar el show, porque el sonido era el peor con diferencia de todos los conciertos que he asistido de ellos. Habrá quien por no criticar negativamente a Metallica diga que fué un gran concierto, pero sinceramente…grande fué en todo caso por el recinto, por el ambiente, por toda la entrega previa de la gente haciendo la ola y dejándose la garganta en su puesta en escena, pero el sonido tan cutre y malo fué apagando toda esa entrega inicial del público. Sonaron fatal, ni el peor cassette de coche a toda pastilla sonaba tan mal…no se distinguía apenas nada. Muy muy mal. Si bien es cierto que temas como Creeping Death, F.H.the Bells Toll, Sad But True, Master, etc…levantaron al calmado público fué por lo que son, grandes temazos puros de Metallica pero el sonido era más propio de un grupo que hace su primera gira sin haber realizado las pruebas de sonido pertinentes.

  • Entre la crónica y los comentarios, parece que os sabe mal disfrutar de eventos así. ¡Qué bajón leeros! Menos mal que las fotazas acompañan y me harán recordar el concierto como lo que fue. Sugiero que hagáis galerías de fotos para los que estuvimos ahí y queramos poner imágenes a nuestras versiones personales de la historia.

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