Crónica

[Crónica] MGMT en Barcelona (Poble Espanyol, octubre de 2018)

Pulcritud escénica y hits que no envejecen. Los norteamericanos ofrecieron un directo limpio y sin margen para la sorpresa.

Los primeros millennials ya se han hecho mayores, pero las secuelas que en su día MGMT dejaron en el imaginario indie son irreversibles. Para mi eso es bueno si luego (hablamos de diez años de diferencia) sigues reafirmando tu talento creativo con un disco imbatible como “Little Dark Age“, el mejor que se podrían haber sacado de la chistera. Aunque si me ciño a su concierto de anoche en el espacio del Hivernacle del Poble Espanyol (enmarcado dentro del Cruïlla de Tardor), no lo llamaría magia, sino más bien ilusionismo. Para que nos entendamos: el punto diferencial entre verlos en directo y escucharlos en tu salón con unos buenos altavoces es ínfimo, pero en ambos casos te ilusionarán igual.

Aunque el número se retrase más de 40 minutos y el calor por convección dentro del invernadero apriete pese a haber más personas que plantas. Inevitablemente el público estuvo algo disperso cuando uno de los tecladistas salió a tocar el conjuro bajo su sombrero cónico. Entonces, el poder escenográfico (elemento clave durante todo el show) eclosionó como una flor más. Desde el backstage se alzó una mole hinchable de un payaso tristón -el de la portada del disco- que ahí atrás se quedaría, horrorizado sin motivo. En seguida, el quinteto (apoyado de batería, bajo, guitarras varias y teclados) sembraría la semilla mágica de ‘Little Dark Age‘ para hacerla brotar como un clon transgénico de la versión del disco. Y tiene mérito llevarlo así al directo, porque la producción de este cuarto álbum no puede ser más higiénica. La envoltura vocal de Andrew VanWyngarden fue milimétrica también en ‘When You Die’. Los graves golpearon muy bien y cada instrumento sonó distinguible en todo momento. En este sentido, chapeau.

Sin embargo, tenía que ser ‘Time to Pretend‘, uno de los tres himnos de la banda, la que más información nos diera sobre lo que estaba pasando. Bastaron dos notas para desatar la algarabía, un ‘click’ automático para que mitad de público alzara sus móviles y registrara el momento. Un momento en el que, por su parte, Adrew desvistió su voz y demostró que sin capas también puede lucir.  A juzgar por lo visto, un buen sector del público (en general más joven que adulto), no conectó demasiado con “Little Dark Age” (a excepción del hit ochentero de ‘Me and Michael‘). Se notó en ‘She Works Out Too Much‘ o ‘James‘, dos temazos que pasaron de forma discreta. Los turnos de ‘Electric Feel‘ y, ya más para el final, de ‘Kids‘ (que dilataron y reanudaron para el colofón) lo refrendaron con un contraste de emociones entendible por el pasado de la banda.

Con un setlist nada alienígena, un sonido elaborado, y un atrezzo y escenografía de lo más currados que hemos visto este año, los norteamericanos aseguraron sobradamente el tiro. Aunque todo hay que decirlo: hubo poco margen para la diferencia, la improvisación y las imperfecciones, que no siempre tienen por qué ser negativas. Me quedo con una ‘Weekend Wars‘ contundente, en la que Ben y, sobre todo, Andrew, escalaron y desescalaron sus voces con la destreza de un abanico de René Lavand. En ojos (y oídos) de a quien le gusta ser manipulado por el talento, aplaudo sin hacer más preguntas.

Màrius Riba
el autorMàrius Riba
Comunicación y marketing digital. Sin música no seguiría aquí. Así pues, sobreviviendo| Twitter: @MariusRiba

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