Crónica

[Crónica] Mumford And Sons en Barcelona (Palau Sant Jordi, 27 de abril de 2019)

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7 años. 73 meses. 318 semanas. 2229 días. Ese es el abismo que separa en materia cronológica los dos últimos conciertos ofrecidos por Mumford And Sons en Barcelona. Aún recuerdo lo concretado en marzo de 2013 en el Sant Jordi. Marcus Mumford y su banda, ya surfeando en lo alto de la cresta mediática, visitaron nuestro país para poner el broche de oro a una exitosa etapa “folk” manufacturada con buenos registros comerciales gracias al aterrizaje del continuista “Babel”. Entonces estos chicos londinenses aún mantenían la etiqueta de “banda del momento” gracias a un feeling, el de aquello categorizado como “indie”, cuyo rojo corazón se resistía a dejar de latir.

Ahora, ya llegado el 2019, el panorama para Mumford And Sons ha variado notoriamente. Con el “indie” ya sepultado y resepultado, los padres de aquel “Sigh No More” llevan ya más de un lustro perfilando sus barbas y dejando en un segundo plano, al menos en gran medida, su representativo banjo. Tirando más de Fenders que de instrumentación sureña, su música ha mutado en una suerte de pop eléctrico para masas. Eso sí: las estructuras líricas continúan sonando marca de la casa, algo que permite a sus überfans sentir cercana a la banda pese a la dureza de contrastes exhibida en sus últimos temas.   

Tanta variación y tanto juego de muñeca nos dejó dubitativos de cara lo que nos esperaba en el Palau Sant Jordi. ¿Iban Mumford And Sons a servirnos una evolución de lo ejecutado en 2013 desde un prisma íntimo?¿O por el contrario se estaba diseñando entre bambalinas un ejercicio de soberbio pop diseñado en las caninas fauces de un ser como Kodaline?

Al final fue un poco de lo primero, y otro tanto de lo segundo, porque el show materializado por Mumford And Sons en Barcelona fue un «crowd pleaser» en toda regla. Brindando momentos de cercanía y grandilocuencia a partes iguales, el bolo ofreció fogonazos tanto de lo que el grupo fue en el pasado, como de lo que es actualmente e, incluso también, de lo que a Marcus y cía les gustaría llegar a ser.

Se notó, y mucho, que el tríptico musical propuesto por los Mumford en la ciudad condal había sido diseñado de forma meticulosa. Porque sin visuales, sin decorado y sin apenas esgrimir recursos escénicos (los focos era lo único que resultaba efectista en este aspecto), el bolo focalizó todas sus miras en lo ejecutado en materia sonora. Con un escenario construido en pleno centro del Sant Jordi al más puro estilo «Metallica», los del Reino Unido mostraron claramente sus intenciones arrancando con un single actual (‘Guiding Light’) y tres piezas clásicas (‘Little Lion Man’, ‘Holland Road’, ‘The Cave’) para así dar ligero carpetazo a la nostalgia y, acto seguido, centrar sus miradas en su repertorio más actual.

Eso fue lo que pasó. De los sing alongs de ‘Little Lion Man’ y del bombo + guitarra enfilado por Marcus en ‘The Cave’ se pasó a cierto estado de despresurización con el aterrizaje de una balada reciente (‘Beloved’). En ese punto exacto fue cuando se nos presentó el segundo acto de la obra triangular de los británicos. Allí, con Mumford & Sons doblegados ante sus producciones más recientes, el show perdió innegablemente algo del calor irradiado minutos antes. Lo curioso del asunto: mientras que piezas como la empalagosa ‘Believe’ o la irregular ‘Picture You’ quedaron lejos de concretar el efectismo de los mejores hits añejos de la banda, otras como ‘Ditmas’ consiguieron mantener el tipo de forma un tanto inesperada. Marcus, poseído por el espíritu de «The Boss», se subió a la grada y recorrió un tercio del Sant Jordi cantando aquello de «This is all I ever was, This is all you came across those years ago» y provocando jolgorio máximo entre la audiencia. Él sudaba, «crowdsurfeaba» y volvía loco a su segurata en un acto de generosidad escénica que disparó la adrenalina de todos los allí presentes.

Momento ‘Ditmas’:

El momento ‘Darkness Visible’, forjado a modo de recortado interludio, mostró aquello que Mumford And Sons, al menos en parte, desearían ser en sus sueños más húmedos. Gotitas de música progresiva representadas bajo el paraguas de Pink Floyd y/o Radiohead salpicaron el ambiente durante 45 intensos segundos de presencia meramente instrumental. A mi forma de ver aquello fue un detallito para los asistentes, algo así como una muestra de que estos chicos albergan ciertas inquietudes aún pendientes (o no, quién sabe) de ser explotadas.

‘The Wolf’ dio paso al inicio de un encore representado por aquel leitmotiv semi acapella que tanto ha enarbolado el conjunto a lo largo de los años. Marcus, empuñando una guitarra acústica, interpretó ‘Cold Arms’ y ‘Forever’ junto a sus tres amigos. Poco después, Gang Of Youths se subieron al escenario para perfilar una insípida cover de The Middle East (‘Blood’). De eso se pasó a otro punto álgido del show con la potencia de dos hits (‘Awake My Soul’ y sobre todo ‘I Will Wait’) que pusieron la alfombra para que se cerrase el show de forma bien cálida con uno de los cortes más rimbombantes de su último disco (‘Delta’). Uno que, curiosamente, guarda cierto tipo de cercanía estilística con el de algunos singles de Kings Of Leon.

‘I Will Wait’:

Pese a los evidentes altibajos y pese a lo anodinas que resultan algunas de sus canciones recientes, Mumford And Sons supieron capear el temporal con un más que dosificado directo en el que se demostró que en 2019 continúan haciendo vibrar a la audiencia que aún corea sus canciones. En ese sentido mucho tiene que ver que Marcus haya crecido como «showman» y que el grupo, con Winston Marshall a la batuta, sepa amoldarse a los diferentes contextos que ellos mismos van dibujando con cierto grado de oportunismo en su variado setlist.

Los londinenses ya no tienen tanto que decir como en sus inicios, pero ganas no les falta para expresarse. Ese afán por comunicarse y por querer dar más de lo que se espera de ellos se palpó bien en el ambiente el pasado sábado noche. Lo tienen todo calculado. Todo milimetrado. Pero hay algo ligeramente imprevisible en su labor escénica, y eso les honra. Como grupo, como bastión de lo que fueron en el pasado. Y también como cabecillas de un gentío que los vio pasar y que, con banjos o sin ellos, se ha aferrado a ellos a muerte. Por algo será.

Fotografías: Kevin Zammit
Texto: Pablo Porcar

Pablo Porcar
el autorPablo Porcar
Fundador y editor de Binaural.es. En busca constante de aquel "clic" que te haga engancharte a un artista o grupo nuevo durante semanas y semanas. Mi Twitter personal: @pabloporcar

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