Crónica

[Crónica] OMD en Barcelona (14 de febrero de 2018)

omd barcelona

«El secreto es este: baila como si nadie te estuviera mirando«. El recordatorio de Andy McCluskey entre canción y canción era, en realidad, el principio básico de OMD: nacieron de las entrañas primitivas de la música electrónica para conquistar las pistas de baile. Con 40 años recién cumplidos encima de los escenarios, OMD siguen alimentando su leyenda a base de sonidos sintetizados. Ellos, a su vez, se inspiraron en los paradigmáticos Kraftwerk a finales de los 70, la década de la explosión synth. Nada de su esencia ha cambiado: ni su elegancia, ni su manera de hacer música, ni su manera de interpretarla. Creada por y para bailar.

Llegaron a Barcelona para presentar su nuevo y decimotercer trabajo de su trayectoria, The Punishment of Luxury, con ‘Isotype’ o la canción homónima del disco como principales singles. Un álbum que mira poco hacia tiempos pasados, que incorpora pequeños toques de techno y que se adentra en una textura un tanto más pop, aunque contiene la esencia musical electrónica del dúo inglés. Tiempo hace ya de su aclamado ‘Secret’ o de su ‘Enola Gay’, que se han convertido en todo un himno de lo dance. El miércoles, en su estreno en Razzmatazz de Barcelona, parecía que el escenario, vestido con apenas unas telas traseras y con luces de colores, sería demasiado grande para un dúo que apenas utiliza instrumentos más allá del sintetizador y, en algunas ocasiones, el bajo. Pero nada queda vacío cuando el arte y la elegancia musicales actúan.

Andy McCluskey, la voz principal, se fusionaba con el sonido y parecía que la música emergía de dentro de sí. Desde el principio, tanto él como Paul Humphreys animaron al público a no dejar de bailar. Un público que, si bien se esforzaba por seguir al maestro de ceremonias, se emocionaba mucho más al cantar y al seguir la letra de una de las bandas de su juventud. Tanto en ‘Tesla Girls’ como en ‘History of Modern, Pt. I’, McCluskey seguía su fórmula: baile y movimiento por todo el escenario en sinergia con la música, pese que en algunas canciones de su repertorio más antiguo –pocas– el bajo le limitaba el movimiento. Los asistentes al concierto volvieron a revivir una adolescencia que no solo empezó a flotar por la música sino también por las locuras que solo en esa etapa de la vida se cometen. El cantante revelaba, tras una sesión de bailoteos intensos, que había una mujer preciosa que asistía a cada concierto que daban y que se ponía en primera fila. Puro amor musical que sirvió de conector para ‘One more time’, una oda a la impotencia del corazón roto: «Hold me in your arms and say you’re mine / And you can break my heart just one more time«.

Vestidos de negro y con una sincronización impoluta, McCluskey y Humphreys hicieron sonar hits como ‘(Forever) Live and die’, ‘If you leave’ o ‘Souvenir’, auténticas señas de identidad de antaño de lo fue y es OMD. Se despidieron con su canción insignia, ‘Enola Gay’, un canto en contra de la guerra, que tocaron dos veces en la última parte del concierto. La primera, para hacer revivir al público, cansado de esperar más de diez minutos que los músicos volvieran a salir tras un parón de descanso. La segunda, para cerrar el concierto tras haber tocado ‘Pandora’s Box’, ‘Secret’ y ‘Electricity’, sus canciones más famosas. El público se sumía en un estado de euforia total mientras OMD acababan su concierto, como si todos hubieran vuelto a la adolescencia más inocente, aquella en la que bailábamos en nuestras habitaciones e intentábamos seguir las canciones con un inglés pésimo. Quizás ya en ese entonces intuíamos que aquellos ritmos de sintetizador eran más que melodías de baile: OMD ya se vistió, hace décadas, del arte de la electrónica.

Fotografías y texto | Karen Montero

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