Crónica

[Crónica] Paredes De Coura 2018

cronica paredes de coura 2018

Paredes de Coura es una pequeña localidad situada al norte de Portugal que durante cuatro días al año recibe a miles de personas con ganas de buena música con los agobios mínimos. Naturaleza, río frío a la par que fuente inagotable de diversión y una programación exquisita. Aquí os va una selección de lo más destacado en el Vodafone Paredes de Coura 2018.

King Gizzard & The Lizard Wizard

King Gizzard molan. Su imaginario de monstruos, castillos y cábalas parece desfasado, pero entra muy fácilmente a golpe de vueltas de tuerca estilísticas (ahora garage, ahora psicodelia, ahora metal, ahora jazz) y de propio discurso (los cinco álbumes que se sacaron de la manga el año pasado, por ejemplo). Eso y un directo arrollador hacen que difícilmente se los pueda rebajar a carnaza para quinceañeros; el septeto australiano ostenta un gran control de las dinámicas, riqueza instrumental y capacidad para transmitir esa sensación de bucle que gustan de llevar por bandera (empalme de temas, intertextualidad entre discos).

Los conciertos de Stu Mackenzie y compañía son de los de pogo asegurado, y, cada vez que los australianos daban gas con sus dos baterías y tres guitarras, ese público mayoritariamente portugués que ya nos habían advertido que era ducho en el mamporreo lúdico-festivo se ponía las botas –prueba de ello eran los tres miembros del equipo de seguridad que no paraban de rescatar a crowdsurfers extraviados desde el foso de primera fila. Haciendo un esfuerzo por hacer referencia a casi todos sus trabajos recientes, King Gizzard and the Lizard Wizard pagaron un pequeño peaje en forma de bajada de revoluciones al pasar por ‘Polygondwanaland’ y ‘Gumboot Soup’, pero su entusiasmo constante, su jugueteo con las afinaciones, esa harmónica hija a partes iguales de Morricone y el LSD, y el disfrute que nos concedieron en el tramo inicial (‘Murder of the Universe’, ‘Flying Microtonal Banana’) y el final (glorioso ‘Nonagon Infinity’) los reconfirmaron como una de esas bandas que no hay que perderse jamás.

The Blaze

Este dúo francés ha pasado de cero a prime time en los slots de electrónica de los festivales más prestigiosos de Europa en poco más de un año, y por si escuchar su trabajo no fuera suficiente como para comprenderlo, su exquisita puesta en escena despeja todo lugar a dudas. Jonathan y Guillaume Alric conciben su música y las imágenes que la acompañan como un todo único, y así la interpretan, dentro de una gran caja cuyas paredes correderas proyectan un discurso fílmico que, en sus inicios, fue incluso previo a ‘Territory’, semilla de su primer EP.

Aunque los efectos en sus voces puedan resultar algo cargantes, y aunque haya algo de casi perverso en disparar un sampler de piano y proceder a simular tocarlo al aire con los deditos –acción causante de que un servidor sintiera una ligera perturbación en el monóculo-,  la muy ornamentada electrónica de The Blaze fluye con ligereza a la vez que cala hondo: melodías que elevan, bajos que unen el pecho a la tierra temblor mediante, y, en el escenario, dos personas a las que les encanta lo que hacen. Tras lo que se sintió como un suspiro se cerraron las compuertas del fiestón (literalmente, las dos pantallas volvieron a su posición original encerrando a los dos músicos en su perfecta fábrica de baile) y, en un último toque de clase, corrieron los títulos de crédito. Ganazas del álbum que sacan en un par de semanas, y de que esto vaya para largo.

Shame

El post-punk de este quinteto del sur de Londres ha visto la luz en forma de primer LP este 2018, y, pese a no contener ningún factor diferencial ni en lo musical ni en lo filosófico más allá de unas letras de actualidad punzante (lo contrario sería inexcusable), posee un magnetismo que le permite superar el mayor bache que podría afrontar un grupo de sala pequeña, sudor y nocturnidad: tocar a las 7 de la tarde en un escenario principal.

La actitud de la banda ayudó. Charlie Steen, frontman de pura cepa, lanzó una Captatio Benevolentiae (traducida al género musical que nos ocupa en estar volando por encima de las cabezas del público moviendo los brazos exhortativamente al minuto y medio de concierto) que las primeras filas acogieron con ganas pese a estar procesando la primera birra del día, y ni él ni el resto de integrantes de Shame pararon de saltar, rodar por los suelos a tropezones sin cesar de tocar o darse el lote con alguna de las asistentes (esto pasó de verdad) entre tema y tema mientras desgranaban casi la totalidad de su excelente ‘Songs of Praise’. Programadores del Vida, si estáis leyendo esto, aquí los colegas tienen que tocar en la Cabana urgentemente. Hacedlo posible, por favor.

Fleet Foxes

El indie folk de Fleet Foxes es de fácil digestión pero no está exento de peligros, siendo el principal que, programado a las 11 de la noche, nos podía mandar directos a la cama (bien, a la ‘2 seconds’). Por suerte, no fue el caso. Recibimos la dosis esperada de variedad instrumental, sonido limpio y armonías ante imágenes de puestas de sol, montañas nevadas y demás hitos de la naturaleza cuki. Todo lento, todo bonito, aun así también algo repetitivo. El público, sin embargo, estaba radiante, y Robin Pecknold muy activo entre tema y tema mientras desgranaba principalmente el álbum debut homónimo de la banda y su más reciente ‘Crack-up’.

Las canciones de Fleet Foxes satisfacen todo su potencial en directo, con buen juego de vientos y un teclado siempre presente de fondo pero delicioso cuando es además protagonista. El factor turra amenazó con hacer acto de presencia hacia la mitad del concierto, pero la carta ‘Mykonos’ fue jugada muy inteligentemente en ese punto, y a partir de ahí se dio algo más de fuelle a la vertiente eléctrica de la banda, con mención especial al gustazo progresivo que se dieron en ‘Mearcstapa’.

Jungle

Jungle molan. Su primer álbum los puso en todo radar de la música de bien, y, en vísperas del segundo se encuentran afianzados en la zona media-alta de cualquier cartel. Y eso es simplemente porque, sin un atisbo de pretensión y sin inventar absolutamente nada nuevo, han hecho suyo un sonido que apela de manera automática a las dos funciones principales de la música: masajear cerebros y poner extremidades en movimiento.

Su concierto en Paredes de Coura fue muy completo, cubriendo casi la totalidad de su trabajo de 2014 y un buen puñado de temas de su próximo LP, ‘For Ever’, que verá la luz a mitades de septiembre. Canciones consolidadísimas como ‘The Heat’ y ‘Julia’ o ese cierre apoteósico con ‘Busy Earnin’’ y ‘Time’ se alternaron con ‘Happy Man’, ‘Heavy, California’ y otros potenciales hits en camino de esta particular marca de soul. Percusión magnética, licks de guitarra de esos que te desnudan sin que te des cuenta, coros amalgamados hasta el punto de constituir un megazord vocal del funk y el asombro de constatar cómo un beat medio tirando a lento puede desatar semejante fiesta.

Diiv

Nada más terminar ‘Is The Is Are’, tema elegido para arrancar el set y que da nombre a su segundo y último álbum, Zachary Cole Smith comentó que DIIV habían venido a propósito desde Los Angeles solamente para tocar aquí. Bendito el momento en el que al equipo de booking del Paredes le dio por sacar la cartera.

En contraste con su más bien desafortunado paso por el Primavera Sound de 2015, este grupo americano-millenial-de manual (véanse camisetas de Nesquick y McDonalds y grabaciones de videocámara de look early 2000s) se mostró en un estado de forma impecable (“hay mucha gente, hacía tiempo que no nos sentíamos populares”), y desarrolló con precisión su dream pop acelerado de guitarras afiladas, a medio camino entre Beach House y Rolling Blackouts Coastal Fever. Su look ya algo sobado se compensaba con un carisma innegable (buenas risas con el pitorreo sobre los sponsors del festival: Vodafone es increíble, Super Bock solo sería mejorable si se llamara Ultra Bock, y desvaríos varios), y nos regodeamos tanto como ellos en sus atmósferas excitantes y pasajes instrumentales. Estrenaron un nuevo tema y ahora se van de gira por EEUU con Deafheaven, así que la cosa pinta bien. Queremos más.

Trail of Dead

A parte de haberse agenciado uno de los mejores nombres de grupo de la historia, ‘…And You Will Know Us by the Trail of Dead’ quedaba como mayor reclamo del cartel en lo que a volumen e ímpetu guitarril se refiere. La banda de Austin se mueve generalmente en la línea de un rock alternativo bastante duro en cuanto a construcción de temas y líneas vocales, y tiende hacia el post-hardcore en lo instrumental.

En esta ocasión, la gira consistía en tocar su álbum seminal ‘Source Tags & Codes’ del tirón (exceptuando un par de interludios), y así fue. Los cuatro integrantes de TOD ostentaron un fantástico equilibrio entre una profesionalidad pulcra y ese dejarse ir característico de formaciones en las que se toca saltando mirando al suelo; pendientes hasta el límite de la extenuación de que el técnico ajustara el sonido a su punto ideal a la vez que desplazaban espaldas propias y dislocaban las ajenas. La batería de Jason Reece se oía como se deberían oír todas las baterías del mundo si éste fuera un lugar justo, Conrad Keely mandaba y cumplía con la difícil tarea de cantar cuando tu manera de cantar se encuentra a las antípodas del lucimiento a la vez que arrollaba con la guitarra, y, en las tres ocasiones que lo dictaba la interpretación de estudio, ambos alternaban su rol porque son así de buenos.

Slowdive

Uno no sabe muy bien qué decir cuando, en un margen de cinco meses, tiene que escribir por tercera vez una crónica de la misma banda durante la misma gira en la misma web. Todavía menos cuando ese grupo se ha marcado un comeback estratosférico con un álbum ubicado en el primer puesto del ranking de los mejores de 2017 en la propia web, y ha dado el que para un servidor fue el mejor directo del pasado Primavera Sound. Aun siendo éste el menos satisfactorio de los tres conciertos (la repetición eventualmente deja de ser favorable para el factor fascinación, y un sonido un poco guarro –poniéndonos MUY exquisitos- en el primer tercio no ayudó), es un hecho incontestable que Slowdive es una banda absolutamente excelente, que su música te sacude y te eleva, y que habría que dar gracias todos los días al levantarse por su mera existencia. ¿Que no los has escuchado nunca? Haz el favor de ponértelos. ¿Que no los has visto en directo? Corre y persígueles aunque sea lo último que hagas.

Big Thief

Big Thief es el grupo de rock tranquilo con raíces folk que, si no existiese, habría que inventar ahora mismo. Su manera de conjugar una música bonita (adjetivo de apariencia mediocre por básico pero, lo siento, certero) y familiar (“If it was never new, and it never gets old, then it’s a folk song”, decía Llewyn Davis en esa perla de los hermanos Coen) con una narrativa que deconstruye los cuentos de paisajes áridos y nombres propios de Springsteen, y que tras ello describe con sus pedazos el sentir renqueante de nuestra generación de mierda, merece un puesto de honor en nuestros auriculares cuando necesitemos que algo nos lama esas mismas heridas que nos abre.

El cuarteto venía sin su guitarrista, Buck Meek, que se encontraba de gira por cuenta propia, pero resultaba increíble lo poco que se le echaba en falta. Doblando sus funciones, Adrianne Lenker puso toda la intensidad que había dentro de ella en una voz que resultaba imposible no creerse, y una fuerza a las seis cuerdas que emanaba de una púa de pulgar metálica poderosísima a la hora de dar cuerpo punteado al vehículo musical de sus inquietudes. Big Thief sacaron buen partido de sus dos LP brillando con el sonido limpio de sus versos, jugando ralentizaciones de tempo cargadas de intención y abrazando la distorsión y la disonancia para dar cuerpo a esos gritos que, como el árbol que cae en medio de un bosque aislado, nadie podría oír en una habitación hermética.

Dead Combo

Es tan apasionante como triste ir de festival de fronteras para afuera y encontrarse con grupos que haría años que formarían parte de nuestras oraciones de pertenecer a la corriente americanófila en la que nos encontramos sumidos. En todo caso, bienhallado el fructífero encuentro, y que nuestras plegarias den pie a que Dead Combo pasen por el Cruïlla en una de sus prácticamente inexistentes salidas de Portugal. Te rogamos óyenos.

Capitaneando esta formación instrumental vestida de gala se encontraban dos guitarristas, uno multifunción y otro que se convertía en referencia melódica enfundado en un traje rojo y sombrero de copa. No menos parte integral del aquelarre musical: dos vientos, un contrabajo y una batería (y otras mil intercambiables opciones).

El gustazo que provocaba escucharlos es inefable. La sensación de hallarse ante puros maestros de la música era constante, pero se amplificaba ante la invención de paisajes sonoros como los que pintaban, por decir algo, dos saxos bajos y un harmonium. Esto hubiera sido un highlight si no hubiera sido por una ronda de lucimiento personal en la que el amigo de rojo tocó su guitarra usando un plato pequeño de batería como slide (tirando de baqueta, por supuesto), o su colega se marcaba un solo de theremin y teclado A LA VEZ. Esto también hubiera sido un highlight si no fuera porque sacaron A MARK LANEGAN (colaboró en su último disco y ya estaba anunciada su presencia, pero ello no lo hace menos remarcable) a cantar en tres temas. Llegados a este punto, orgía del blues trasnochado, cameo lírico de Fernando Pessoa (‘I Know, I Alone’. Ya, de nada.) y celebración de esa atmósfera Frankmilleresca de callejón donde lo más parecido al amor es un intercambio sexual por dinero y lo más parecido a la felicidad es un pico cortado con matarratas. Me atreviría a decir que lo mejor del festival.

Arcade Fire 

Era sábado y tocaba Arcade Fire, así que, como os podéis imaginar, el idílico anfiteatro del Paredes de Coura se convirtió en una lucha a muerte por el mejor sitio. Pero, ¿qué importa eso cuando tienes delante a la madre del indie no tan rock del siglo XXI? Pese a haber sacado un último LP conceptual que solo sería relevante a nivel de mensaje si hubiera salido hace 20 años, los canadienses nos dieron esa esperada ración de loloísmo que sería pobre si no anduviera respaldada por un regimiento de maravillosos intérpretes que haría enrojecer de vergüenza a todo pelacañas que pretendiese acercarse a lo popular sin encontrarse en posesión de La Verdad y El Saber musical.

Comodísimamente instalados en la Enterprise pop que ellos mismos han construido, Arcade Fire igual hacían un guiño a Aretha en ‘Power Out’ o a ‘All My Friends’ de LCD Soundsystem en ‘Afterlife’ que se daban un baño de masas con auténticos himnos como ‘No Cars Go’ (por suerte no hubo que encarcelar a nadie por cantar ‘hey’ antes de tiempo), ‘Rebellion (Lies)’, ‘The Suburbs’ o ‘Wake Up’ (hay tantos otros que uno se pregunta si algún grupo en la misma categoría les puede plantar cara). Para evidenciar su poder de modo fácil, no hay más que preguntarse si hubo otra banda en todo el festival que se pudo permitir lujos como llegar 15 minutos tarde, tocar media hora más que el resto y hasta volver con bises. Cuando seas padre…

Texto: Pau Ortiz
Fotografías: Paredes De Coura

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