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[Crónica] Paredes de Coura 2019

cronica paredes de coura 2019

Casi todas las bandas dicen en casi todos sus conciertos que están ante el mejor público del mundo, pero en Paredes de Coura uno tiene la extraña sensación de que lo dicen de verdad. Podéis tomar la palabra de Gabi Ruiz, o podéis tomar la nuestra.

Parcels

La jornada inaugural del festival tiene un número reducido de bandas, sin embargo, este año ha sido la primera en colgar el cartel de sold out. El motivo (a parte de la mítica sesión de cierre de Nuno Lopes, el DJ Coco del Paredes), no cabe duda, ha sido el combo Parcels – The National.

Armado con una doble ración de teclados, el quinteto australiano defendió su esperadísimo álbum debut homónimo, que vio la luz el año pasado con todo el hype que una colaboración con Daft Punk le puede conferir a una banda prácticamente desconocida. Su electropop suave encandiló a un público que no paró de bailar, temas como ‘Comedown’, ‘Withorwithout’ o ‘Tieduprightnow’ fueron celebrados como goles, y también encantaron truquitos del directo como colar un efecto de sintonización de radio y emitir unos segundos de ‘Encosta-te a Mim’ de Jorge Palma (me pregunto qué pondrían en España). Dicho todo esto, me resulta muy difícil ver en Parcels nada más allá de lo que había en los bodegones clásicos que proyectaron en las pantallas durante su show: naturaleza muerta. Todo quisqui se empeña en otorgarles los poderes sucesorios de Giorgio Moroder o Guy-Manuel de Homem-Cristo, pero sobre el escenario solo hay un conjunto de presets de funk del Garage Band con patitas y pelazos. Claramente mi opinión difirió mucho del sentimiento general, así que dejémoslo aquí.

The National

 ‘Sleep Well Beast’ fue una sorpresa magnífica que pilló a The National con energía hasta los topes e ideas nuevas que compartir. I Am Easy to Find, el álbum que nos han traído tan solo año y medio después, parece todo lo contrario: un refrito de caras b lastrado por una cierta tendencia a dar la turra (cabe adelantar que en directo la cosa mejora notablemente). Los brochazos de colores que aparecieron en la pantalla para abrir el concierto con ‘You Had Your Soul With You’ parecían confirmar la tendencia festivalera de este verano de dedicarle a este último álbum más de la mitad del tiempo de concierto, pero nada más lejos. ¡Estuvimos de suerte!

Paredes de Coura no anuncia las horas de finalización, y ni tan siquiera los cabezas suelen tener más de hora y poco. La formación de los hermanos Dressner, sin embargo, dio un concierto completo de 20 temas, los suficientes como para explayarse en su referencia más reciente (con un lucido acompañamiento de voces femeninas) y poder dar también un buen repaso a su catálogo anterior. Brillaron especialmente en la primera mitad ‘Bloodbuzz Ohio’, alargada para que todos los músicos del escenario pudieran sacar pecho, y una tríada de corte más rockero compuesta por ‘Sea of Love’, ‘Day I Die’ y ‘The System Only Dreams in Total Darkness’. Por su parte, Matt Berninger estuvo intenso y emotivo desde la tranquilidad, manteniendo el chill incluso cuando un chaval se desmayó durante ‘Oblivions’ (“cuidaos los unos a los otros, a mí me sacaron así de un bolo de Foo Fighters”).

El concierto subió de intensidad de la mano de una percusión urgente e incesante, y, mientras Berninger se daba un baño de masas en las primeras filas con ‘Graceless’, nos regaló por fin uno de esos gritos que suelta a cuentagotas y por los que vale la pena ir a ver a The National en directo: imprecisos pero despiertos, despojan al verso de su autocontrol característico y lo convierten en una pintura de Francis Bacon, haciendo que irradien a chorro sus pulsiones subyacentes. Con ‘Fake Empire’ parecía que todo llegaba a su fin, pero tras aún volver a pasar por su nuevo LP con ‘Rylan’ y ‘Light Years’, las alegrías se sucedieron una tras otra con ‘Mr. November’, ‘Terrible Love’ y ‘About Today’, y todo culminó en una ‘Vanderlyle Crybaby Geeks’ cantada casi en su integridad por el público. Delicatessen.

Khruangbin

He aquí una de aquellas bandas cuyo éxito de público resulta difícil de comprender sobre el papel, pero que se hace más que evidente en el momento en el que el trío sale al escenario. Hablar de psicodelia instrumental con aires de dub e influencias asiáticas y de oriente medio echaría para atrás a cualquier ejecutivo de discográfica con ganas de ganar dinero, pero un boca a boca imparable ha hecho que en poco más de año y pico los de Houston hayan pasado de ser una excentricidad para melómanos (como el editor de esta página, que en su día dio la chapa hasta la saciedad) a un must en todo cartel que se precie.

El montaje del escenario es, en términos físicos, mínimo (solo escapan a lo musical un par de chupitos sobre los amplis), pero hay flow a toneladas. La guitarra de Mark Speer, que igual se pasea sigilosa como revienta en un shred, se apoya de palanca y vibratos para optimizar su gran expresividad, y el bajo de Laura Lee la acompaña sinuoso sobre una base rítimica de mínimos (es de mínimos porque no hace falta más). Y todos nosotros, hipnotizados, movemos suavemente las rodillas mecidos por dinámicas deliciosas y un sonido que no podría ser más nítido.

Car Seat Headrest

Los que tuvimos el gusto de ver a Car Seat Headrest el año pasado esperábamos una cierta continuidad con la gira del ‘Twin Fantasy’, pero saltó alguna alarma al ver que eran cuatro personas y no seis las que salían al escenario. Saltaron muchas cuando reparamos en que Will Toledo aparecía con unas teclas colgando y sonaba una base de sintes modulares, y acabaron de saltar todas cuando el concierto empezó con una canción que no habíamos oído nunca. Se trataba de ‘Can’t Cool Me Down’, tema inédito que se acerca a los 80 a la vez que retiene un estribillo y digresiones 100% Car Seat. Veremos qué nos parece cuando la podamos escuchar en bucle juntamente con ‘Weightlifters’, la otra novedad que nos anticiparían más adelante, pero la cosa pinta muy bien.

El fantasma de un esperemos cercano nuevo álbum no se iba de nuestra cabeza, pero paralelamente Toledo y compañía nos recordaban con mejor técnica que nunca por qué son una de nuestras bandas favoritas de los últimos años. Una introducción imposible de identificar nos llevaba a ‘Bodys’ y sus estribillos cada vez más intensos, con el riff de ‘Fill In The Blank’ empezábamos a comer el polvo que levantaban miles de zapatillas excitadas, el habitual solo de teclado de ‘1937 State Park’ pasaba a ser propiedad de una indomable guitarra hardrockera, y el suave punteo de una emotiva ‘Sober to Death’ culminaba en un maravillosamente catártico “You and me won’t be alone no more”. Catártico, desde luego, es el mejor adjetivo para definir lo que hacen los autores de ‘Drunk Drivers/Killer Whales’: auténticos himnos que arrollan con su forma y que poseen la legitimidad de aquello que está escrito desde el corazón. Solo así un desgarrador tema de 13 minutos como es ‘Beach Life-In-Death’, pantagruélico ejercicio de contemplación del amor desde la desazón y el sobrecogimiento que provoca, se podía convertir en un pogo (el mayor del festival) de afirmación vitalista en el que se coreó toda la santa letra. El rock vive y son estos tíos.

New Order

Bien nos vino reposar con el ambient orquestal y las imágenes de saltadores olímpicos sumergiéndose grácilmente en el agua que sirvieron de preludio al concierto, porque la próxima hora y media no iba a tener descanso. En un rápido ejercicio de establecimiento de límites históricos, New Order arrancaron con dos temas de su último álbum, Music Complete, (‘Singularity’ y ‘Restless’) y de ahí se fueron directos a ‘She’s Lost Control’ y ‘Transmission’, enraizados en su inmortal génesis Joy Division.

Entre estos dos extremos, 40 años de intachable carrera, y una retahíla de temazos como para asustarse. La batería de Stephen Morris era una bestia sedienta de sangre encauzada por el teclado de su mujer Gillian Gilbert, y un Bernard Sumner pletórico capitaneaba la maquinaria visiblemente emocionado y encantado de estar allí. Ya fuera con los excesos italodisco de ‘Tutti Frutti’, la balada dance (¿nos atreveremos a decir balada bailada?) ‘Bizarre Love Triangle’, o el synth-pop de ‘True Faith’, la banda no paraba de mandar al público una gran variedad de inputs que solo se podían traducir en dale más, más y más. Parece difícil bailar en una pendiente como la del escenario principal del Paredes, pero ante barbaridades como ‘Blue Monday’ o ‘Temptation’ lo difícil era no salir volando. El retorno a la banda de Ian Curtis fue vivido con igual intensidad tanto encima como debajo del escenario: más que un bis, ‘Atmosphere’ y ‘Love Will Tear Us Apart’ fueron una bellísima expresión de agradecimiento mútuo.

Black Midi

Hace 9 meses ni dios sabía quién eran. A principios de 2019, algunas voces proféticas anunciaban el advenimiento de la nueva delicatesen del rock experimental pasado de vueltas, solo apta para los monóculos mejor engrasados. Salió Schlagenheim, su álbum debut, y una vez superada la aridez del artificio múltiple muchos empezamos a tomar nota de cara a las listas de mejores discos del año. Llegó la prueba de fuego del directo, y por suerte aquí los chavales la superaron con nota.

Cortaron el hielo de forma divertida jugando al vacile a escenario vacío (“Are you ready to rumble? Three, two, one, FIRE!”, y el típico hit de discoteca mainstream sonó a todo trapo), y sobre las tablas fueron ya directos a trapo con ‘Near DT, MI’ y ‘953’. Las guitarras machaconas, los quiebros de batería, los gritos y lamentos, los saltos esquizofrénicos de ritmos y dinámicas que en estudio nos hacen la del museo de arte contemporáneo (tener que trabajar cabecita para suplir la falta de gratificación experiencial inmediata), se hacían en directo muchísimo más llevaderas por vía de una energía palpable. Se sucedían el canto misterioso de ‘Reggae’, los cambios de intensidad de ‘Ducter’ y la creatividad juguetona de ‘bmbmbm’ (imposible no enamorarse del efecto psicofonía creado al filtrar una grabación de móvil con la pastilla de la guitarra) entre los histriónicos trabalenguas de Geordie Greep y un trabajo instrumental dedicadamente musculoso. Si es verdad que vuelven The Mars Volta, sabemos de unos que les podrían hacer grata compañía en la gira.

Father John Misty

Cuando, por fan de su música que sea, uno piensa en Josh Tillman, casi siente un vahído de compasión por ese pobre capullo que probablemente no sabe en cuál de las muchas capas de ironía que ha plantado sobre sí mismo se encuentra: el predicador borracho, el juglar espejo en mano, el pichabrava por encima del bien y del mal, el hombre normal que se ha enamorado de verdad, el trovador politoxicómano, el Diogenes con iPhone. Luego, lo ves en directo por enésima vez y no puedes hacer más que maravillarte ante la pulcritud, la redondez y la perfección con la que el neblinoso padre Juan se ha autoconstruído.

En el centro del escenario, chupando spotlight y con una frondosa banda a la distancia que separa a los mortales de los dioses (huelga decir que la decena de músicos nunca fue presentada por su nombre), Tillman, luciendo unas calculadas pintas de Joaquín Phoenix en ‘I’m Still Here’, hacía lo que mejor sabe hacer. El setlist, impecable, paseó por sus cuatro álbumes de estudio, dedicando una especial atención a su LP clave I Love You, Honeybear y a su más reciente God’s Favorite Customer. De ‘Hangout at the Gallows’ a la cachonda ‘Date Night’, Misty dedicó poco tiempo a interactuar (fuera de un divertido “You’ve had a long day of being asked how you’re doing. Don’t you feel smothered?”) y mucho a interpretar, y lo hizo con el savoir faire de un maestro. Y así, con la sorna de ‘The Night Josh Tillman Came To Out Apt.’, la lucidez de ‘Disappointing Diamonds…’ o la escenificada solemnidad de ‘Holy Shit’ (radicalizando sus partes al susurrar lo monumental y proclamar -con vientos y a los cuatro vientos- la gloria de lo mundano), convirtió a su posmoderna religión hasta al más incrédulo de los escépticos presentes.

Mitski

Una banda de mínimos, Mitski Miyawaki, un escritorio y una silla. Eso es todo lo que hace falta para conectar con esta cantautora rock cuyas composiciones deberían ejercer como elección primera de arma arrojadiza cada vez que un cretino cuarentón pregunte “¿qué coño os pasa a los millenials?”. Con un control del cuerpo puramente teatral en el mejor sentido del término, Mitski subía y bajaba de la silla y la mesa, se tumbaba, se ponía de lado, movía la silla, movía la mesa, caminaba, tumbaba la mesa, se escondía detrás. Del mismo modo que en temas como ‘Nobody’ la fiesta dance da forma a la pura desolación, la calculada coreografía mobiliaria no era aquí más que algo que hacer para no hacer lo que en realidad la artista estaba haciendo: abrir sus tripas en canal y arrojarlas sobre el público. Con su último y excelente Be the Cowboy en la cabeza, pero sin olvidar joyas como Bury Me at Makeout Creek, Mitski nos mantuvo enganchados a la tragedia contemporánea ejecutando una performance que declamaba pura emoción.

Patti Smith

Que en 2019 todavía tengamos el honor de poder asistir a un concierto de Patti Smith es algo que no se debería tomar a la ligera. Los asistentes al Paredes de Coura, desde luego, no lo hicimos. Se respiraba exactamente el ambiente necesario: solemnidad ajustada a los cánones de la liturgia del Rock. La poetisa sabía que se encontraba ante un público de de edad notablemente más baja de lo que es habitual, y eligió abrir con el tema con el cual normalmente cierra: ‘People Have the Power’. Porque esto, además de un concierto, iba a ser una lección.

El mensaje woodstockiano al que recurrió ha sido escuchado millones de veces, pero en boca de Patti Smith se hacía verdad universal, fuerza eterna, axioma irrenunciable. Ya fuera mediante canciones ajenas (desfilaron Jimi Hendrix, Lou Reed, Midnight Oil, Rolling Stones y Neil Young), propias (‘Pissing In a River’, ‘Ghost Dance’, ‘Redondo Beach’) o a medias (‘Because the Night’), Smith hablaba, recitaba o cantaba palabras que tuvimos, tenemos y tendremos el deber de alzar de ahora en adelante como el fuego que nos ilumina. “Jesus died for somebody’s sins but not mine”, proclamaba en ‘Gloria’. Ni por los nuestros, Patti. Haremos lo posible por no defraudarte.

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