Crónica

[Crónica] Pixies en Barcelona (20 de noviembre de 2016)

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Una veintena de tiendas de campaña aparecían esparcidas por los aledaños del recinto del Palau Sant Jordi. Estaban repletas de beliebers y de sus santas madres, que esperaban, las unas con ilusión desbordante y las otras con paciencia de libro, la llegada de la gran estrella canadiense del momento (no, desgraciadamente no hablamos de Leonard Cohen) a Barcelona. En un universo contiguo pero radicalmente distinto, cerca de cuatro mil personas se aproximaban al hermano pequeño del Palau, el Sant Jordi Club, para presenciar el retorno a escena de Pixies con su último álbum. Solamente han pasado dos años desde que los de Frank Black pisaron la ciudad condal por última vez (co-encabezando el exquisito cartel del Primavera Sound 2014), pero no lo hacían en sala desde antes de que ésta fuera también olímpica, y desde entonces ha llovido mucho para la banda y buena parte de su público: los pogos y los charcos de sudor escasearon, y el mayor acto de éxtasis y rebeldía personal que se producía el domingo era el encendimiento a escondidas de algún pitillo.

En cualquier caso, ganas no faltaban, y el arranque garantizaba -expectativa que se cumplió aproximadamente al 70%- contundencia y saber hacer. Tras calentar motores con la instrumental ‘Cecilia Ann’ de The Surftones, soltaron un par de sopapos en forma de temazo así de primeras que quitaron el hipo a más de uno: la violencia de ‘Nimrod’s son’ demostró que la americana y las gafas de pasta que llevaba el bueno de Francis no eran más que un disfraz y que sus icónicos aullidos desgarrados no iban a faltar a la cita, y, tras pasar por una socarrona ‘Mr. Grieves’ a la que sí que se adecuaba la vestimenta del cantante, atacaron con uno de sus cierres por excelencia, ‘Where is my mind’. Ahí estuvieron un poco menos impecables en cuanto a ejecución que en las anteriores, pero quién necesita una interpretación de manual cuando cuenta con un ejército en forma de público como corista de una canción que no se va a escuchar sino a vivir. Ésta daba inicio a unas pinceladas del «Surfer Rosa» que se seguían de ‘Break my body’ y una ‘Vamos’ en la que, como siempre, Joey Santiago disfrutó de lo lindo jugando a sacarle sonidos raros a su guitarra (y nosotros con él).

 

 

 

Fue en este punto que se materializó uno de los varios pequeños bajones del concierto, propiciado por una fluctuación a temas más tranquilos (cosa que a priori jamás debería ser un problema) y sobre todo catalizado por la poco agradecida acústica del Sant Jordi Club, quizá una de las salas que menos amor me despiertan en Barcelona, en la que pasadas las primeras filas suele ocurrir que la nitidez del sonido brille por su ausencia, cosa que no afectaba a los Pixies más guarros -término que aquí tomaremos como indudable alabanza- pero deslució su cover de ‘Winterlong’ y su aproximación en lento a ‘Wave of mutilation’. Tras ‘Greens and Blues’, el único peaje que tuvimos que pagar en nombre de aquella ojalá olvidable incursión en algo parecido al pop-rock -término que aquí tomaremos como indudable agravio- que fue ‘Indie Cindy’, por suerte, remontamos con un Here comes your man coreado con entusiasmo por las masas.

David Lovering compaginó la batería con un buen trabajo vocal en ‘La la love you’, igual que lo hizo la nueva bajista Paz Lechantin totalmente en solitario (las segundas voces se daban por supuestas) media horita más adelante en ‘All I think about now’, homenaje de su último y algo más aceptable álbum a la ex Kim Deal. Entre medias, el grupo derrochó energía con ‘Bone Machine’, nos deleitó con su entrañable aproximación a nuestra lengua en Isla de Encanta, saludó al Bossanova con ‘Blown Away’ y ‘Ana’, encarnó con solvencia un par de los temas más salvables del «Head Carrier», ‘Tenement Song’ y ‘Talent’ (es una lástima que se dejaran ‘Baal’s Back’, lo más parecido a una canción de Pixies que han hecho en 25 años, pero el dolor no es comparable al que produjo la ausencia de ‘Monkey gone to heaven’) y me regaló un escalofrío de esos que hacen que todo un concierto valga la pena con el maravilloso inicio de ‘Caribou’, pero también dejó algún momento de frialdad y de sensación de piloto automático.


Por suerte, el tramo final del concierto ejemplificó lo que tiene que ser un concierto de Pixies: tema tras tema tras tema de puro gozo, brazos en alto, cervicales poniendo en juego su integridad e intercambio de estribillos con Francis Black a grito limpio. ‘Planet of sound’, ‘Gouge Away’, ‘U-mass’, ‘Debaser’, ‘Tame’ y ‘Hey’ fueron un despliegue de intensidad y redimieron por completo las irregulares puntuales antes mencionadas.

Directo corto -siempre lo es, dado que en hora y media se bastan para tocar una cantidad arrolladora de canciones- pero extremadamente cundidor que se cerró con un escenario cubierto de humo blanco y un Into the white ligerísimamente anticlimático pero un sentimiento de inevitable satisfacción. Los Pixies nunca fallan.

Texto y fotografías | Pau Ortiz

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