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[Crónica] Roger Waters en Barcelona (Palau Sant Jordi, 13 de abril de 2018)

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Estamos en 2018, y la vida es dura para los nostálgicos del rock clásico. Sí, Spotify y compañía ponen a nuestra disposición infinitud de obras maestras de los 60 y 70, pero el alcohol, la cocaína y el paso del tiempo han reducido nuestras opciones de catarsis musical en directo a poco más que viejas glorias sin energía (no es una crítica, yo tampoco la tendría), coleccionismo por fascículos de integrantes de bandas y never-ending tours que empiezan a oler a rancio. Por eso, cuando dentro de lo que hay, figuras como Roger Waters giran, coges y vas. Y es caro (concretamente, un 60%  más que en su anterior tour), pero vas. Porque mejor no hay. El espíritu de Pink Floyd persiste mediante un imaginario magnificado con todo lo que los medios actuales permiten lograr, Waters mantiene sus capacidades en un estado impecable, y los músicos que lo acompañan son gente a la que bien valdría la pena ver por separado.

Nos recibió la vista de una mujer que, en una pantalla gigante, contemplaba el mar. Esta imagen de calma se fundió con ‘Breathe’ y sus cuatro voces a coro, ninguna todavía la de Waters. Éste tomó presencia, bajo mediante, en la introducción de ‘One of These Days’, que, pese a no contar con aquel mágico tubo rotatorio de cuero con manivela que hace sonido de viento (no iré de que conozco su nombre técnico), sonó rica en matices. Para cuando estábamos procesando la dosis de pedal steel guitar, la estampa marina se había convertido en puro Darío Argento. Las visiones más floydianas hicieron su primera aparición con los míticos relojes de ‘Time’ fundidos con un primer plano de los dedos de Waters, que martilleaban una cuerda muteada de su bajo a modo de segundero desatado. La siguió, como mandan los cánones del ‘Dark Side of the Moon’, una ‘Great Gig in the Sky’ que, si nos ponemos exageradamente quisquillosos, no acabó de lucir – quizá vino un poco grande a las encargadas de interpretarla, y el hecho de que las visuales en ese momento destilaran cutrerío kitsch involuntario no ayudó (único pero a una producción por lo demás impecable).

‘Welcome to the Machine’ cundió particularmente por su exquisito juego de sintetizadores, y de paso sirvió como perfecta introducción temática a esa siempre temida franja de material nuevo. ‘Is This the Life We Really Want’, primer álbum de estudio de Waters en 25 años, expone los problemas evidentes que tendría que abordar cualquier disco de reivindicación política a día de hoy, a la vez que goza de la seguridad de saberse casi idéntico musicalmente a aquello por lo que es conocido el bajista. En ‘Dejà Vu’ la frase “If I had been God, I believe I would have done a better job” dejó poso, pero por otra parte ‘The Last Refugee’ quedó un poco más sosa y obvia que emotiva. Tras ‘Picture That’ el setlist volvió a la senda de los hits con ‘Wish You Were Here’ -no hace falta decir ni lo bonita que es ni lo muy fuerte que fue cantada por el público. A oscuras, un foco en movimiento y un sonido de helicóptero nos llevaron a ‘The Happiest Days of Our Lives’, empalmada con las partes 2 y 3 de ‘Another Brick in the Wall’, tan relevantes y necesarias como el día en el que se publicaron. Una veintena de adolescentes vestidos con trajes de Guantánamo se movían a ritmo de uno de los estribillos más reconocibles de la historia de la música, y se los arrancaban para mostrar un “RESIST” con el que concluyó la primera parte del show.

Fue fácil olvidarse de la dolorosa pausa con lo que quizá fuera lo mejorcito del concierto. Cuatro chimeneas se alzaron sobre una fila de pantallas que dividía la pista del Sant Jordi, y ‘Dogs’ y ‘Pigs’ alcanzaban la cota máxima de excelencia en cuanto a lo que podría querer Waters: puesta en escena memorable, comentario político mordedor, y un sonido espectacular. La longitud de la primera y sus partes más abstractas dieron para organizar un aquelarre porcino sobre el escenario con máscaras de animales y champagne (¿o sería cava?), y en la segunda un fraseo delicioso de bajo introducía lo que iba a ser una somanta de palos memorable a Donald Trump. Las palabras de la letra que lo definen (charade, joker, fat chin) aparecían gigantes en pantalla, y el líder de los EEUU aparecía en posiciones ridículas o fascistas, con cuerpo de bebé rollizo y cara de rabieta, con los labios pintados y tetas, con un dildo negro gigante en la mano que luego encoge… La clase de cosas que molestarían a un gilipollas misógino e inseguro. O sea, a Trump.

Ampliando el abanico de objetivos, ‘Money’ repartió un poco para todo el mundo (de Merkel a Putin pasando por Rajoy), pero tampoco se hacía fácil estar pendiente de las imágenes cuando sonaba la madre de todos los riffs de bajo y Dave Kilminster y Jonathan Wilson, los encargados de interpretar el rol de David Gilmour, nos hacían disfrutar como locos en las partes instrumentales a dos guitarras. ‘Us And Them’ fue majestuosa y emotiva, y encajó bien temáticamente con ‘Smell the Roses’. ‘Brain Damage’ se escuchó con reverencia, y se desató la apoteosis cuando, en el cambio a ‘Eclipse’, un enorme prisma de luz se manifestó ante el escenario.

Sin marear mucho la perdiz en cuanto a entradas, salidas y saludos, Waters dio un pequeño discurso político en sintonía con lo visto hasta el momento, y, antes de despedirse, una sentida ‘Mother’ y el temazo de temazos ‘Comfortably Numb’, último tema por necesidad y garantía de salir levitando de cualquier sala de conciertos.

Los conciertos en grandes estadios no suelen impresionar en calidad de sonido, pero ciertamente en esta ocasión fue soberbia. El principal ideólogo de Pink Floyd ha demostrado en el que puede que sea su último gran tour un saber hacer mayúsculo, sentido del espectáculo y voluntad de hacer valer el mensaje de los grandes himnos de la banda. Pese a que en ocasiones las referencias a lo jodido que está el mundo pecaran de estar trazadas con brocha gorda (¿quién necesita imágenes efectistas de penita habiendo demostrado una capacidad exquisita para la metáfora y la reflexión inteligente?), es legítimo y celebrable que un artista actualice el legado de su obra y le haga recobrar un sentido necesario. Si encima eso significa que podemos vivir en directo lo de este fin de semana en Barcelona, nos podemos considerar tremendamente afortunados.

Fotografías: Management Roger Waters
Texto: Pau Ortiz

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