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[Crónica] Rosalía en Madrid (WiZink Center, 10 de diciembre de 2019)

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Rosalía cierra en Madrid la gira de «El Mal Querer» y un momento histórico para el pop en castellano.

Rosalía puede con todo. Y para prueba este tour de force inmaculado que la ha llevado por todas las partes del globo divulgando su mensaje de mestizaje radical y permitiendo, como haría la Khaleesi durante su periplo extranjero, que los pueblos allá por los que pasa no puedan sino tildarla con delicadeza y devota reverencia con la corona del reino del pop. Una que, en secreto y junto a la magia alquímica de Pablo Díaz Reixa, aka El Guincho, la misma Rosalía ha forjado de fundir metales preciosos y milenarios sacados de los tesoros más copiosos y mejor resguardados del flamenco, del soul, del R&B, del hip-hop y del avant-pop. Santuarios saqueados al servicio de una nueva emperatriz de nuestro tiempo, de un orden impuesto por una fuerza que en sus términos es tan implacable como la de la gravedad. La evidencia de calidad. Rosalía tenía razón, y su visión, única, ha terminado arrasando medio mundo.

Desde aquella confirmación en Sónar tras la que se dispararon todos los rumores posibles sobre lo que podría ser su nuevo proyecto hasta ayer por la noche, cerrando en Madrid un ciclo no solo para ella sino para la historia del pop en castellano ante un reventado y emocionadísimo Wizink Center, solo han pasado cerca de dos años, pero este jet ha surcado los cielos de la crítica internacional, colándose en el top de la década de medios tan respetados como Pitchfork, The New York Times o The Guardian; del statement o de la industria (o como queráis llamarlo), encadenando actuación tras actuación estelar en todos los premios habidos y por haber, desde los Goya a los Grammy, y conquistando al mundo radiofónico y varios de esos mismos premios; y del público en general, que al final es lo más importante, aunque parezca un tópico y, como mandan los cánones, lo haga saber Rosalía en su concierto, arropada siempre por un público al que ella cada vez, por su parte, arropa mejor. No hay nada que pague ver las carpas de Lollapallooza, Coachella o Glastonbury reventadas hasta la bandera y coreando en castellano. Ni la expectación que causa en los círculos más vanguardistas de Nueva York un concierto de Rosalía. Mucho menos todos esos coreos febriles a la salida del O2 Academy de Londres un par de días antes de arrasar dos Palaus consecutivos. «El Mal Querer» ha calado por su propia naturaleza, pero sería imposible sin la visión de Rosalía. Rosalía, su visión, puede con todo.

Una visión que tiene poco que envidiarle a la que desplegaría Solange cuando transformaba su carrera en una obra holística y performativa. Que entronca con Beyoncé en su intención pop y con Arca o Björk en su vertiente experimental, pero que descansa siempre sobre una interpretación tan honda y radical como farandulera de un género históricamente intocable como el flamenco. Que en su forma de fundir las raíces con las corrientes y con las alturas se ha hermanado con la de otra arquitecta del sonido del futuro como es FKA twigs. Desde Sant Esteve de Sesrovires, la Rosalía se ha propuesto arrasar con todo, cambiar los paradigmas, y eso es «El Mal Querer», un empoderamiento panorámico.

De sus conciertos ya se ha dicho lo que quieras y más, e incluso hemos visto originales formas de retratarlo como una infografía. Hemos podido ver su show madurar desde aquel Sónar que ahora parece pequeño hasta esta catarsis del Wizink, pasando por el envido ambicioso que demostró en la plaza de Colón o esa brillante comunión del Primavera Sound. Y lo hemos visto crecer, incorporar nuevas canciones pero mantener siempre el mismo espíritu. Mutar muy ligeramente sin perder ese aspecto monolítico.

Ni hay sorpresas en el setlist ni se las esperan, y quizá las atracciones más sorprendentes son algunos vídeos de las pantallas, como los whatsapps histéricos que acompañan su ya clásica versión de ‘Te Estoy Amando Locamente’ o la suerte de improvisación rapeada que se saca junto a El Guincho hacia a mitad del concierto. Y claro, la no-tan-sorpresa (que estuviera en El Hormiguero la noche anterior daba muchas pistas) de la aparición de Ozuna para cantar a dúo ‘Yo x Ti, Tú x Mí’, uno de los grandes momentos, no de la noche, de la gira (y del año).

El resto pasa más bien por volver a recrearse con canciones que ya son joyas y con un a capella tan demoledor como el que acomete en ‘Catalina’, sucedida magistralmente por ‘Aunque Es De Noche’ y dedicada esta vez a Pablo. Por poner a prueba nuevos experimentos como ‘A Palé‘, que titubea de primeras pero levanta el vuelo empujada por un sonido tremendo, con unos bajos atronadores y una mezcla vocal bastante cristalina, tanto para la propia Rosalía como para las coristas y los palmeros que la acompañan. Los Makarines y las jóvenes Anna Colom y Claudia «La Chispa» Gómez demuestran desde los compases iniciales, en los que, tras una marea de luces inundando una ‘Barefoot In The Park‘ que la del Baix Llobregat ha hecho suya por completo, aparecen temas más puramente flamencos como ‘Que No Salga La Luna’ o ‘Maldición’ (las katanas rasgan en la pantalla la R de Rosalía, a lo El Zorro), que son fundamentales para entender la base pasional y desenfrenada, ajetreada que espolea los músculos del espectáculo total de Rosalía. A través de esas raíces más flamencas, por los caminos de la excelente ‘Di Mi Nombre’, se recorre un tránsito electrónico hacia el R&B y hacia territorios de experimentación más oscura, que atraviesa cambios de rasante tan abruptos como perfectamente naturales. De ‘De Aquí No Sales’ y sus rugidos de motor y su contundente jaleo final a la rumba ‘Milionària» y de aquí al templo dorado de ‘Dios Nos Libre Del Dinero’.

El mencionado interludio rap marca el ecuador del concierto, cuya segunda mitad despierta con ‘Bagdad’. De la pirámide de oro a la oposición de triángulos que representan las fuerzas de lo masculino y lo femenino, de la soledad del éxito a la sororidad de esa corografía colectiva junto a sus bailarinas y las telas que pone los pelos de punta. ‘Brillo’ y ‘Como Ali’ sirven para navegar esas aguas de pop con mayúsculas, de ese que mira sin recelo a Beyoncé, hasta que todo estalla en esta nueva versión de Rodolfo Parrita que se ha convertido en una de las partes más excitantes e icónicas de su show, casi tanto como el giro de coleta que anticipa el clímax de ‘Malamente‘: el «¡to-toto-to-toma!».

De aquí al final todo es fiesta, demostrando un nuevo formato que parece bifurcarse más en dos mitades diferenciadas que apostar por ese difícil entretejido de ánimos que vimos en Primavera Sound o en Mad Cool. Del auditorio pasamos al perreo, pero el hilo conductor es un tablao flamenco y es una discoteca de UK-Garage. Tan solo ‘A Ningún Hombre’ vuelve a cerrar la boca de las más de 15.000 personas que abarrotaron el Palacio. Sus gargantas necesitan descansar tras la aparición de Ozuna y tras un subidón como es ‘Con Altura‘ (¿canción del año? Emoji de monito tapándose la boca). Necesitan coger aire para los «na-na-na-na» de la icónica ‘Aute Cuture’, que tiene a todos conquistados con su «Sonando en las peñas y los Hamptons / Sangría y Valentino, en el Palace y en el chino«.

Rosalía marcha junto a sus bailarinas, poderosas. Y me acuerdo de Beyoncé, y pienso que ahora mismo no hay una estrella del pop que sea capaz de llegar a ese nivel si no es la Rosalía. Nuestra Rosalía. De todos. Terminan los bailes de ‘Malamente’ mientras me paro a pensar en la suerte que tenemos y Rosalía se despide agradecida y emocionada entre los vítores de una multitud que suena a uno. «Lo que yo hago dura«, resuena en mi cabeza mientras recorro Goya calle abajo. Y me río. Y respondo. «Con Altura«.

Texto: Diego Rubio
Fotografías: Óscar Lafox/WiZink Center

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