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[Crónica] Slowdive en Barcelona (Sala Apolo, 6 de marzo de 2018)

slowdive barcelona

La ocasión era imperdible: Slowdive se estrenaban en sala en España, y volvían, tras su reunión en el Primavera Sound de 2014, en la gira de presentación de un álbum que los ha situado en el primer puesto de nuestra lista de mejores discos del año. Llegamos a teloneros pasados –media redacción de Binaural se encontraba de previa pagando la jubilación del propietario del bar de la esquina-, y encontrábamos una Sala Apolo a rebosar y lista para presenciar en directo la segunda juventud de los británicos.

Se apagaron las luces, y un poco de ambient cortesía de Brian Eno nos puso en situación hasta que se concretó en ‘Slomo’, sutil arranque de este nuevo LP. A la voz de Neil Halstead se le unía la de Rachel Goswell desde los teclados, y nos ofrecían una primera muestra de la magia que crean ambas cuando se armonizan. De lo nuevo saltábamos a lo originario con ‘Slowdive’, pieza clave de su primer EP y distintiva de ese dream pop etéreo y a la vez corpulento, con la batería de Simon Scott puntuando movimientos en la pista. Como diría Taylor Swift, “the shoegazer’s gonna shoegaze, gaze, gaze”, y los encargados de las guitarras, uno en cada punta del escenario, sacaban lustre a sus pedaleras para construir deliciosas atmósferas sonoras. El aumento de potencia llegó definitivamente con ‘Crazy for You’, en la que unas visuales de psicodelia caleidoscópica arroparon punteos exquisitos.

‘Star Roving’, primer single que los británicos publicaron tras 22 años de silencio, no despertó mis pasiones en su momento, pero su interpretación en directo mandó cualquier presunción de ligereza al garete y arrolló con todo lo que había por delante, mostrando a una banda en el zénit de su energía. Siguieron con la introspectiva ‘Avalyn’, puro espíritu post-rock y cuerdas distinguidas. La primera levantada masiva de móviles vino con ‘Catch the Breeze’, en la que Goswell se cargó la guitarra a la espalda y nos permitió gozar de la vertiente más noise de Slowdive. Siguió la triple entente guitarril en ‘No Longer Making Time’, en la que la cantante tuvo uno de sus mayores momentos de lucimiento vocal. Es cierto que en alguna ocasión puntual falla en afinación –es, como todos, humana, y eso le confiere aún un mayor grado de cercanía-, pero se mostró consistente a lo largo de todo el concierto, y aquí sacó el mejor partido a esa maravillosa sordina de terciopelo por la que filtra su canto.

 

La mítica ‘Souvlaki Space Station’ fue un festival de delays y cambios de dinámicas, todo combinado con paneos de sonido marcadísimos que instaron a todas las cabezas presentes a entrar en un agradable estado de balanceo. ‘Blue Skied an’ Clear’, segunda y última referencia del día a ‘Pygmalion’, supuso un retorno a la calma con Goswell a los teclados. Quizá hubiera quedado mejor ubicada un poco más temprano en el setlist, pero nunca entra mal lo atmosférico suave cuando está bien hecho. Abierta justo antes la veda del ‘Souvlaki’, tocó devolver por un momento el protagonismo a Halstead –de verdad, ¿dónde se compran esas sordinas?-, que condujo ‘When the Sun Hits’ a estribillos mayúsculos, y en ‘Alison’ volvió a demostrar por qué su voz y la de la amiga Rachel están hechas la una para la otra mientras ponían el pop en dream pop.

Esta senda conectaba bien con ‘Sugar for the Pill’, melódica y activa –o tanto como se pueda molestar en serlo un tema de Slowdive-. En un baño de realidad que los que estábamos muy metidos en el concierto no estábamos preparados para recibir, anunciaron que era el momento de tocar la última canción, pero por suerte eso no nos privó de tener, por una vez más, un glorioso momento de inmersión. Quizá el mejor hasta el momento. ‘Golden Hair’, versión de Syd Barrett, empezó con un aura misteriosa. El reverb de la guitarra de Halstead y la voz balsámica de Goswell construían una nana que nos mandó directos al útero. Allí flotamos plácidamente durante un par de minutos, hasta que cuatro suavísimos toques de plato nos avisaron, con todo el cariño del mundo, de que tocaba ir despertando, y ahí empezó un jodido viaje astral, la madre de todos los crescendos, una de aquellas experiencias musicales en las que cierras los ojos y te acuerdas de por qué te flipa todo esto.

Tras un parón de apenas un minuto, la banda al completo reapareció para cerrar con ‘Don’t Know Why’ y ‘Dagger’, que, después de lo contado, tuvieron un difícil papel que cumplir –algunos seguíamos en una nube-. ’40 days’ sí tuvo la capacidad de hacernos volver un poco en sí al generar algo de efecto temazo, y, ahora con el cierre real, vino el merecido clamor unánime. Slowdive se confirmaron como uno de los grupos del momento, a los que sin duda les queda mucho por dar que hablar. Esto no es un comeback; es un renacimiento.

Fotografías: Jessica Ferrerons
Texto: Pau Ortiz

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