Crónica

[Crónica] Weyes Blood en Madrid (Palacio de la Prensa – Sala 0, 7 de noviembre de 2019)

weyes blood madrid

Escaleras abajo del Palacio de la Prensa parece uno dirigirse al acuario del zoo. Esta no es sólo la propuesta más corriente en la disposición de las salas de conciertos, sino que es también la de Weyes Blood, que aparece nacarada, pura e intocable, encantadora e inalcanzable en su pecera; como una materialización ‘mira pero no me toques’ de un género ya caído en el olvido y la vejez. Su pop barroco (no demasiado en directo) y emotivo es un último retazo del Titanic del canon musical occidental, que se niega a desaparecer, repitiéndose casi ya más como tragedia que como farsa. Esta conciencia de la senectud de su estilo, asomaba claramente ayer en su concierto organizado por American Autumn SON Estrella Galicia en Madrid, en el que -al menos para mí, sorprendentemente- había una cantidad importante de gente entrada en canas.

La música de Natalie Mering tiene una dimensión universal. Es casi complicado no conectar con sus letras y su impresionante voz, faro absoluto (ella de blanco, reflejando toda la luz) del directo con su grupo. Hasta su bajista le mira como Miles Kane mira a Alex Turner; su presencia física y vocal son embelesadoras, cuando canta su verbo se cristaliza en la patata, atravesando con contundencia y emotividad al público. Así lo hizo desde la obertura con ‘A Lot’s Gonna Change’, una interpretación correcta que en sus cuerdas vocales se vuelve inapelable. Otra cosa fueron sin embargo su grupo, un poco descafeinado, y el ambiente un tanto vermutero y voyeurista (un voyerusimo nada volitivo, todo estático). Tanto se agradecen la ausencia de cámaras y parloteo como deja una extraña sensación de distanciamiento, de reificación que carga de un aire insípido a los asistentes, tan anonadados en corroborar la personificación de Mering que en ocasiones ponían en duda su existencia propia.

El set fue sencillo (previsible) y el bis inmediato, todo el adorno y la recarga formal que están presentes en “Titanic Rising” se presentaban aquí con una desnudez y una claridad insólitas. Así sonaron los ‘hitazos’ del LP como ‘Something To Believe’, ‘Everyday’ o la -a mi juicio- espectacular e hipervigente ‘Wild Time’. El momento cumbre llegó con ‘Movies’, que parece haberse convertido en una de las canciones del año, toda muestra de ello la eufórica reacción general, mientras Mering, “this charming woman” se sonreía entre la suficiencia y la ternura. “Titanic Rising” no suena igual sin los arreglos orquestales o con esos pregrabados casi de simulacro. Por no oírse en ocasiones no se escuchaba ni la guitarra. Pero la capacidad narrativa y sensitiva de Natalie Mering se comen absolutamente cualquier falla que pueda aparecer. El modo en el que modula su voz, en el que utiliza su potencia con tanta soltura y delicadeza, no sólo recuerda (por regurgitar el pasado algo más) a Karen Carpenter, sino que es como se dice: “one of a kind”. Personalmente creo es una de las mejores voces -si no la mejor- que he visto en todos mis años reseñando y acudiendo a conciertos.

El concierto terminó con Mering ‘sola’ en el escenario con una guitarra, tocando ‘In The Beginning’ ante el delirio misal de los asistentes. Lo mismo podría haber habido una invasión general del escenario, que un beso, un tribeso, o dionisismo generalizado; pero la tensión por la actuación era tan fuerte, que todo el mundo se contuvo y se contrajo hasta que terminó el último acorde. Weyes Blood, que ya ha firmado uno de los discos de este año, está de paseo defendiendo con su conmovedora voz unas canciones en las que late el malestar actual. Y lo está haciendo con una conciencia y una calma pasmosas. En un momento completamente desquiciado, la estadounidense se “viste despacio porque tiene prisa” y lo hace además con un outfit desfasado, pero poco retro-nostálgico. Su música está completamente vigente, además de atravesar diferentes generaciones sin ninguna dificultad. Ese “holismo epocal” se materializó ayer con toda precisión en su concierto, con una mirada siniestra hacia un futuro que nunca termina de romper con lo ya acontecido.

Fotografías: Sergio Morales (Binaural.es)
Texto: Miguel Pardo

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