Crónica

Gloria tubular y line-up misterioso: un fin de semana en el Secret Vida 2018

Secret Vida 2018

Íbamos al Secret Vida sin saber absolutamente nada sobre el cartel (lo poco que creíamos saber estaba equivocado), y sin embargo un servidor y sus simpáticos acompañantes ya tenían a dos cabezas confirmados: alrededor de 120 canelones con trufa y grasa de vaca vieja, y una reserva para 15 en La Zorra para comer arroz meloso de centollo. Ya lo sé, esto no tiene nada que ver con el festival, pero os lo cuento por dos motivos. El principal es que yo comí de eso y vosotros (la mayoría) no. El otro es porque el Secret Vida tenía la clara voluntad de ser cercano a su público y ofrecerle algo especial y diferente, una ocasión rodeada de misterio y un lujo simpáticamente autoconsciente. El hecho de que me pusiera fino de producto caro (me refiero a la comida) o que, por ejemplo, fuera hecho un pincel (está mal que lo diga yo, pero iba guapísimo), no deja de formar parte de una invitación implícita del festival a que durante este fin de semana fuéramos más allá de lo musical y que todo lo que rodease al evento tuviera, como decía Ignatius Reilly, teología y geometría, buen gusto y decencia. Que el 7 y el 8 de diciembre de 2018 estuviéramos, en todo momento y en todas partes, más que a gusto.

Finca Mas Solers, en Sant Pere de Ribes, es un casoplón de mucho cuidado. Referencia mítica donde las haya: en una de sus alas tuvo lugar el rodaje del anuncio de Ferrero Rocher de Isabel Preysler. Nos lo contaba orgullosísimo de tan deliciosamente casposo referente Ángel Carmona, maestro de ceremonias que junto a su excelente bigote ejercía concierto a concierto como nuestro único contacto con lo que ocurría entre bambalinas. Bien, él y unas stories de Instagram francamente bien llevadas (las tienen fijadas, pero las miráis luego, que esto me está costando un trabajo de escribir). Fuera de eso, el secretismo llegaba hasta el punto de que los artistas se movieran por los espacios de paso público cubiertos con túnicas y capuchas. Detalles como estos conferían a la juerga un cierto aura de misticismo juguetón que sin duda ayudaba a dar fuerza al relato del festival; estoy seguro de que todos los asistentes coincidiremos en ello.

La lógica del line-up se podía deducir tanto del tamaño del evento (unas 1000 personas a entre 45 y 65 euros) como del espíritu de su hermano mayor: cantautoreo suave, guitarras más cercanas al rock, un toque de electrónica para altas horas, bien de escena local y nacional y algún nombre internacional de tamaño medio. Eso sí, los jeroglíficos que se publicaron durante los días previos al festival arrojaron más bien poca luz sobre las incógnitas (lo cual nos llevó a esperar a Perro y encontrarnos a José Gonzalez -la reina de Inglaterra por una corona sueca-, o a estar dispuestos a quemar zapatilla con Roman Flügel y sus gafas y acabar bailando hits con las de Miqui Puig). Fantaseábamos con Parcels y ese hueco de un día en su gira europea, y al final solo aparecieron en la camiseta de Maadraasso, pero por mucho que un maligno hype autogenerado dejara heridas dolorosas sobre elucubraciones poco fundadas, nadie puede decir que el cartel de este Secret Vida no fuera coherente.

La movida empezó con Tamino, artista egipcio-belga de voz crepuscular en sintonía con la oscuridad que, cosas del invierno, ya envolvía el recinto poco pasadas las 6 de la tarde. Alex Turner y su nueva pose de crooner de pacotilla podrían aprender una cosa o dos del autor de ‘Amir’, que, en solitario, nos obsequió con un bálsamo reconfortante fundado en arpegios eléctricos de tinte arabesco que ni un feedback impertinente ni la rémora constante que fueron la gente cháchara al fondo de la sala lograron empequeñecer. Ferran Palau y Pavvla, que ocuparon los dos siguientes slots en la sala de abajo, no corrieron la misma suerte. El escenario principal, que ostentaba las mayores galas (qué lámpara amigos, qué lámpara), dispersaba con algo más gracia las voces extraviadas, pero el pequeño, más sala de bodas al uso, facilitaba un barullo difícil de soportar. Palau gozó de una fanbase dedicada que defendió a grito pelao temas como ‘Serà un abisme’.  El folk pop lento y adornado con letras en catalán del autor facilitó esta lucha, pero del concierto de Pavvla me tuve que ir, muy a mi pesar, porque la mala educación de los del fondo rebasó cotas inaceptables. Espero que su paso por el Primavera le haga su merecida justicia.

Lo de José González fue, sin duda, lo que hasta hace no mucho habríamos definido como una sacada de algo. Acompañado solamente por su guitarra clásica, el sueco ofreció un recital íntimo donde los haya gracias a las maravillosas condiciones que ofrecía la ocasión, y exprimió al máximo su hora con una buena selección de hits, alguna de sus covers más reconocidas (‘Teardrop’ sonó muchísimo mejor que en el concierto de Massive Attack del Mad Cool) y una mirada atrás hacia su grupo Junip con una ‘Line of Fire’ que propició uno de mis mayores momentos de emoción de todo el fin de semana. Qué bien toca, el cabrón.

Del siguiente concierto en el principal, Mambo Jambo (el péndulo que los representaba hizo que Medalla se autoconfirmaran falsamente en uno de los trollings del año), sólo comentar que pocas veces había bailado más y con más ganas en mi vida. Terminé como si cada uno de los integrantes de la formación de Dani Nel·lo me hubiera echado un cubo de agua por encima.

Traspasada la barrera moral de medianoche y con un baño literal de surf rock a las espaldas, recibimos otro triple por parte de la organización con Franc Moody, colectivo británico absolutamente desconocido que en dos minutos ya se había metido a todo el público en el bolsillo. Este sexteto de funk dance, família acelerada de Parcels y Jungle, mantuvo bien arriba la fiesta y nos dejó fantásticamente encarados para La casa azul, banda fetiche del Vida que fue acogida con jolgorio, albricias y gritos de “Sergio Dalma” proferidos por un grupo de chicas claramente desorientadas. Los de Guille Milkyway lucieron quizá el montaje más vistoso del festival, con pantallas montadas sobre las tablas que servían a su vez de alzas para unos vientos que dieron tanto juego como os imagináis. Por cierto, a los que diseñaron las pistas: pusisteis una cápsula en referencia al tema ‘No más Myolastan’, pero una cirujana cualificada apuntó que el Myolastan se comercializaba en comprimidos. Bueno, en realidad la misma cirujana cualificada estaba potando en la moqueta a las siete y media de la tarde, así que tomáoslo como os parezca.

Sueño de los justos, caña, arroces varios (qué maravilla el de zamburiñas) y listos para el segundo día. El Niño de Elche abrió su concierto, consciente de dónde se hallaba, con ‘La Farruca de Juli Vallmitjana’, pieza en la lengua de Guardiola de su más reciente ‘Antología del Cante Flamenco Heterodoxo’. Prosiguió en lo que fue un repaso ligero a este inabarcable álbum cargado de arqueología y referencias enciclopédicas, e intercalando comentarios y reflexiones. Hay temas largos y fases rarunas, pero en estas parece haber una fascinante voluntad ilustrativa de los límites de los instrumentos que expone (véase: rascar un acústica a fuego con un arco cruzando las fronteras de la disonancia deja de ser un alarde de experimentalismo gratuito para convertirse en una exploración de los extremos cuando de ese mismo frote emana, poco después, la más bella, sutil y armoniosa de las melodías). Me he tirado el rollo y si cuela cuela, pero en cualquier caso un artista a quien he visto cuatro veces en dos años en cuatro formatos y estilos diferentes, todos ellos apasionantes y sin repetir ni una sola canción, merece el más profundo de mis respetos.

El despiadado encarnizamiento contra toda persona que anhelara plato de fácil digestión para acompañar la resaca prosiguió con Sara Fontán. No tenía ni idea de quién era, pero cuando Edi Pou, batería de Za!, se destapó como su acompañante, supe que venía follada de cabeza al canto, y no me equivoqué. Festival de improvisación para violín y percusión, qué os voy a contar. El monóculo me temblaba de la emoción y disfruté como un enano. Quizá fue por ese contraste que Gruff Rhys, cantante de Super Furry Animals, no despertó mucho en mi con su pop agradable, adornado y de fácil digestión. Tampoco ayudó que lo siguieran M.I.L.K., quizá el grupo más blando de esta edición. Carmona los presentó diciendo que su música era como estar en una playa con una hamaca, una palmera y una botella de cava. Bien, pero no teníamos playa, hamaca ni palmera, y el cava ya no apetecía mucho. Pop electrónico con beat lentito y gustoso, pero pocas ideas y de manual. Quizá si hubieran repartido porros en vez de chupitos entre el público la cosa hubiese entrado mejor, pero dios me libre de quejarme de unos zagales que disfrutaban de lo que hacían y encima regalaban alcohol.

Con dos melenas de Beatles, una de Bowie en ‘Dentro del Laberinto’, y outfits como de versión glam de Spinal Tap llegó la remontada. Sin ser ninguna locura, Temples regalaron una ya muy necesaria dosis de guitarra eléctrica, con su sabor a rock clásico y psicodelia. Quizá han pagado el precio de coincidir en el tiempo con Tame Impala, pero se agradecieron su interpretación de alto nivel, sus riffs pegadizos y su sonido a adquisición cara. De ahí, en una coherente escalada, a Tversky, bailable dúo barcelonés con fundamento electrónico y florituras de instrumentos variados, y de ahí a Delorean, que bien se podrían entender como su primo mayor (más recursos, más trayectoria y más chill). Agridulce presencia la de los mitos vascos, que tristemente ofrecieron uno de sus últimos conciertos tras 18 años de carrera desplegando veteranía y saber hacer con sus elaboradas bases instrumentales. Nuestro más afectuoso abrazo.

Los DJs de cierre, dos por día (Ramon Castells, Miqui Puig, Maadraasso y Vemo djs -la mitad de Manel), la tocaron fácil y tiraron a lo seguro con repertorio de gusto mayoritario. Si la memoria y ese don de la ubicuidad que solo los destilados pueden imbuir a uno no me fallan, ‘Malamente’ sonó en tres de las cuatro sesiones. Con eso, el típico pero siempre proficiente Opus de Eric Prydz, y cosas de este palo, suficiente para concluir un par de jornadas muy cundidoras.

PS: Ni siquiera caí en ir a ver si podía entrar en el vip con la pulsera de prensa, así que podéis imaginar lo a gusto que estuve en todo momento.

PS2: Queda un sinfín de deliciosas situaciones por narrar, pero nadie que no estuviera allí merece leer un “Miedo y asco en Sant Pere de Ribes”. Mi humilde consejo es que no os perdáis la edición del año que viene (por favor, que la confirmen pronto). Aunque no os acierten ni un concierto, unas risas os las vais a echar, garantizado.

Texto: Pau Ortiz
Fotografías: Secret Vida 2018

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