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[Crónica] Massive Attack en Barcelona (Sant Jordi Club, febrero de 2019)

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No hay en el mundo suma de abuelas capaz de generar un sentimiento de suficiencia que remotamente se acerque al que rezuman Massive Attack. Hechos innegables: son una de las figuras claves de la música de los 90 y han sentado una cátedra de la que ya querrían muchos presumir. Por contra: la sombra de su archiconocido divismo ilustrado (qué risas el 13 de julio en Madrid) es larga, y no hay cantidad de talento en el mundo que pueda revertir del todo el rechazo inevitable que despierta la sobradez. Dicho esto, la oportunidad era oro: los iconos de Bristol haciendo una reinterpretación de su obra maestra, “Mezzanine”, en clave de presente, con visuales del mítico documentalista Adam Curtis. Como para no ir.

Pese al sold out, hasta apenas unos 40 minutos antes de iniciar el show se podía acceder sin problema a las primeras filas del Sant Jordi Club, donde los previsores que quisimos asegurar un buen sonido hacíamos tiempo con la ayuda de cerveza a precio de trufa blanca y una playlist que parecía exquisitamente diseñada para socavar el noventerismo de morro fino a golpe de Britney Spears y Robbie Williams. De golpe apagón y aparición de la banda al completo (esto es, a parte de Robert Del Naja y Grant Marshall, dos baterías, dos guitarras, bajo y teclados) entre flashes epilépticos de la gigantesca pantalla. Tal era el efecto que las personas e instrumentos parecían pixelados por la luz, ilustrando a la perfección uno de los temas que se defenderían a lo largo de la velada: la capacidad de transformación que la bidimensionalidad de la imagen puede ejercer sobre nuestra realidad.

La voluntad de Massive Attack de cara a esta gira ha sido, sin duda, loable. Muchas son las bandas que aprovechan efemérides para tirar de repertorio sin demasiado esfuerzo, y los de Bristol, sabedores de que en lo musical no había nada nuevo que vender, han planteado el tour como un metacomentario audiovisual del propio disco que homenajeaban. Así pues, los temas de Mezzanine se sucedieron reordenados (en un espectáculo de corte tan político, ¿se puede considerar que guardarse ‘Angel’ y ‘Teardrop’ para el final es populismo?) y aderezados con covers totalmente canónicas de temas que habían sido sampleados en el álbum. Acompañando al discurso sonoro, las imágenes de Curtis recogían ese testigo desolador del pasado y pintaban un sombrío mapa sociopolítico que revisaba los mil cambios que han acontecido desde entonces para constatar que, lampedusianamente, seguimos en la mierda.

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Dicho esto, ¿qué mejor manera de empezar que con ‘I Found a Reason’? Mientras el optimismo desgarrador de la Velvet Underground servía bien como preludio irónico, bien como último rayo de luz al que agarrarnos antes de sumergirnos en una cueva de sentimientos turbios, capturas en VHS daban paso a imágenes generadas por ordenador mientras Saddaam, Blair y Britney entre otros iban asomando la cabeza. Con un “Había una vez los datos os harían libres” en catalán de Google Translate (¿intencionada alienación computacional o cutrez imperdonable? Nunca lo sabremos) entró el inconfundible bajo de ‘Risingson’, en la que Del Naja y Marshall con sus partes vocales nos regalaron uno de los únicos momentos del dúo en primera línea del escenario. Irían yendo y viniendo con discreción en buena parte de los temas los temas, dejando claro que el único protagonismo era para “El Show En Sí”.

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Nuevo doblete referencial con ’10:15 Saturday Night’ de The Cure y ‘Man Next Door’, ésta con presencia de Horace Andy. Tanto él como Elizabeth Fraser, que aparecería a continuación para cantar ‘Black Milk’, eran fichajes obligatorios para que la gira se sintiese completa, y dieron la talla esperada. En pantalla, todo apuntalaba la crítica al sistema, pero lo hacía de forma un tanto errática e incluso a veces facilona. Videojuegos, cadenas de montaje, desfiles militares. De ahí a los famosos algoritmos (“If you loved that then you’ll love this”), el uso de los iconos en forma de imagen como ancla al pasado, y ese pasado llenando nuestra visión y borrando el futuro. El efecto funcionaba a ratos, pero en el fondo nada resultaba tan satisfactorio como la calidad musical, y lo más codiciado no dejaban de ser esos momentos constantes de genialidad, ya fuera el impecable trabajo de percusión en ‘Mezzanine’, las guitarras punzantes del cover de Bauhaus ‘Bela Lugosi’s Dead’ o el delicioso contrabajo eléctrico de ‘Exchange’.

‘See a Man’s Face’ se veía acompañada de un batiburrillo de eslóganes en varios idiomas, de “Yes we can” a “Wir sind das Volk” pasando por un “Som una nació, nosaltres decidim” que pagaría buen dinero por ver proyectado en el concierto de Madrid. Todo ello concluía en un “Puedes ser todo, puedes ser NADIE” que encajó de forma muy redonda con ‘Dissolved Girl’, canción que, rizando el rizo, tenía la parte vocal grabada. La intensidad aumentó aquí en los momentos instrumentales, pavimentando el camino hacia la explosión final de temazos, y logrando a ratos una conexión con el público que no había estado particularmente presente. ‘Where Have All the Flowers Gone?’, por el contrario, se la jugó a romper esa conexión abusando de un imaginario bélico directamente manido.

‘Inertia Creeps’ y ‘Rockwrock’, fueron las ilustradas con más acierto de la noche, tanto a nivel de discurso global como de correspondencia específica con las propias canciones. La primera con una batería de sedantes reales y de ficción (de la Oxicodona a la Soma) que daban pie a que las caras de del eje del mal mundial, véase Putin, Bolsonaro, et al, se convirtieran de forma bastante chunga en la de Trump.

En su contrapartida pasada de Ultravox, mediante un desfile de instituciones simpáticas, como el KKK, la CIA y los Illuminati, nos recordaban que la sospecha es el control, y las conspiraciones una conspiración. Un avión de Flight Simulator estampándose contra las torres gemelas. Por fin Curtis encontraba el tono, y, si bien no elaboraba una tesis doctoral, pasaba del mero señalar con el dedo y el name-dropping sin comentario, y jugueteaba un poco con su material.

Eso si, mucho renegar de la nostalgia de cara a la gira y venir a abrirnos los ojos desde el presente, pero a la hora de tocar las vacas sagradas, distracciones las justas: varias C, G, T y A como nucleótidos parpadeantes acompañaban ‘Angel’ sin montar mucho escándalo, y ni tan siquiera imágen, solamente un par de focos, para ‘Teardrop’. Pues si, y ni falta que hacía. Con el temeroso bajo y la guitarra tenaz de la apertura del Mezzanine, y con la acústica de 12 cuerdas puntuada por un piano limpio y sobrevolada por la necesaria voz de Fraser en el mítico tema principal de House (je je, rabiad, puristas), tocábamos el cielo sin necesidad de reiteraciones innecesarias.

Los de Bristol atinaron de nuevo al abordar ‘Group Four’ con ‘Levels’ de Avicii mientras miles de manos intentaban alcanzar un “Endless Freedom”, y el concierto se disolvió con la banda desapareciendo sin ni un gesto tras una interpelación de la pantalla a dejar atrás los fantasmas y construir el futuro.

Entonces. Hablemos. El concierto tuvo un crecimiento gradual, tanto a nivel de intensidad como en cuanto a precisión y acierto del show visual. La música, por supuesto, fue interpretada con excelencia, pero cuando uno quiere trascender las fronteras de lo musical con un discurso intensito y mesiánico, no basta con vender un comentario de texto que lleva hecho desde antes que el propio Mezzanine. Por supuesto la experiencia fue más que grata, sin embargo, ni una ejecución perfecta pero sin sentimiento (recordáis el consolador de Risto?) ni un puñado de epifanías sobadas dieron para que le estallara la cabeza a nadie ni para sentir esa conexión sublime que sólo puede generar la música en vivo. Massive Attack fueron presa de su voluntad calculadora y fría, pero en el fondo muy probablemente era eso lo que pretendían conseguir.

Fotógrafo: Rosario López
Texto: Pau Ortiz

1 comentario

  • No se puede describir mejor cada detalle del concierto. Fue totalmente asi, de principio a fin….y con esa sensacion nos fuimos de alli…(o nos invitaron a salir)

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