Crónica

Una noche con Micah P. Hinson en Edimburgo

Edimburgo se yergue sobre una leyenda. La ciudad entera descansa sobre historias de fantasmas, condenados a la horca, pasadizos subterráneos, niños desaparecidos, la peste negra, vagabundos encerrados en callejones y calcinados por el fuego… No es sencillo discernir entre realidad y fantasía, y ahí, precisamente, reside parte de su encanto. Algo así sucede con la carrera de Micah P. Hinson, asfaltada sobre un lecho de historias turbias y de aventuras canallescas. La adicción a las drogas, la cárcel, la vida de vagabundo, una relación con una viuda mayor que él… ¿Dónde acaba la leyenda y empieza Micah P. Hinson?

Más de diez años han pasado desde la publicación del primer disco del músico de Memphis, Micah P. Hinson and The Gospel of Progress. Tal efeméride es la que le ha hecho recalar en la capital escocesa como parte de una gira aniversario en la que hará un repaso a sus primeros temas. Fue precisamente otra ciudad escocesa, Glasgow, la que jugó un papel crucial en la elaboración de ese disco, ya que fue un sello de allí, Scetch Book Records, el que le ofreció grabarlo, pagándole el billete de avión al Reino Unido, además de los 600 dólares en multas que Hinson debía pagar para poder salir del país.

Tras la actuación de Supermoon y Delta Mainline, Micah P. Hinson subió al escenario de The Mash House armado, además de con su guitarra, con un tetrabrik de zumo de manzana y cojeando mientras se apoyaba en un bastón de madera. Si años atrás había tenido la oportunidad de verlo junto a The Junior Arts Collective, ahora estaba a punto de verlo interpretar en solitario las canciones de su primer álbum.

Es cierto que a menudo las expectativas con las que nos enfrentamos a un concierto pueden nublar nuestro juicio. Yo tenía francamente muchas ganas de volver a ver al cantautor americano, por lo que pasé la mayor parte del espectáculo en una suerte de nube extática. Todo me parecía fantástico: su profunda voz, recordar las “viejas” canciones, el único acompañamiento de su guitarra melancólica… Pero en cierto momento, la burbuja estalló y, si analizo el concierto sin pasarlo por el filtro etílico-nostálgico, lo cierto es que hay que reconocer que no fue gran cosa. Es decir, ver a Micah P. Hinson en directo siempre se agradece, pero parecía sumamente cansado, somnoliento, y con las mismas ganas de estar allí tocando que las que esa misma mañana había tenido yo de ir a trabajar.

Se olvidó en ocasiones de la letra, en ocasiones de los acordes, y en ocasiones de ambos, algo que resultó gracioso al principio y un tanto molesto al final, ya que es un reflejo de lo poco preparada que lleva la gira, o las pocas ganas que tiene de hacerla. O, quizás, es solo su torturada vida la que le está pasando factura en la memoria. Pudiera ser, también, una mala noche. El caso es que, por el motivo que fuera, no estuvo a la altura de actuaciones pasadas.

Ha transcurrido más de una década desde los turbios eventos que dieron a luz a The Gospel of Progress y quizás Micah P. Hinson ya los tiene superados y olvidados y, ahora, padre de un bebé de cuatro semanas, tiene la cabeza ocupada con otros asuntos. Lo que me parece completamente lícito, pero no veo entonces el motivo de hacer una gira aniversario de un disco que durante el concierto su autor ni siquiera pudo recordar cuántos años cumplía, disco que, por otra parte, no tocó completo, además de hacerlo sin ganas.

Tampoco ayudó a mejorar la cosa la participación de James Graham, de The Twilight Sad, que cantó a coro con Hinson dos o tres canciones. No es que estuviera del todo mal, pero no aportó nada a la actuación. La rifa en la que Hinson sorteó discos y una invitación para asistir a la grabación de una canción al día siguiente no hizo sino cortar el ritmo de una actuación ya de por sí bastante accidentada. Se agradeció, eso sí, la versión de «This land is your land», con la que dejó claro su amor por Woody Guthrie, por si no había quedado ya patente con el «This machine kills fascists» de su guitarra.

Hasta el propio Micah P. Hinson se dio cuenta de que el show no había ido de maravilla. Así se lo hizo saber a los escoceses Delta Mainline cuando subieron al escenario para interpretar una canción junto a él. “¿Qué podemos hacer para solucionar este desastre?”, les preguntó. Lo que hicieron fue tocar Patience, el corte número diez del disco homenajeado que, aunque tampoco acabó de sonar del todo bien, fue un broche final aceptable.

Lo que me sucede con Micah P. Hinson es que no alcanzo a decidirme si es un auténtico excéntrico, un genio extravagante, o si su actitud es parte de una fachada de cara al público. La impresión que me dio el pasado sábado en Edimburgo es que se comportaba como una vieja leyenda o que al menos eso era lo que intentaba aparentar. Pero a sus 35 años aún le queda mucho para ser viejo y para ser leyenda.

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