[Crónica] IDLES en Barcelona (Sant Jordi Club, 2 de marzo de 2024)

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Se intuía que esta noche iba a pasar algo heavy en Barcelona. ¿Qué íbamos a pensar, si dos años atrás IDLES bombardearon la Sala Razzmatazz de una manera que hizo cambiar nuestra percepción del grupo? Estos animales eran más grandes de lo que recordábamos, así que tenía toda la lógica que esta vez dimensionaran su relevancia al alza con un recinto como Sant Jordi Club. Yendo a lo seguro. Aún así, los cálculos han salido justitos: sold out a mes vista y por delante un bolo que ha llegado casi de empalme con el lanzamiento de “Tangk”, su nuevo disco. Por teléfono, un tío atraía todas las miradas de la cola: celebraba que le habían regalado una entrada allí mismo como a quien le toca la lotería. Y es que hoy toda la peña estaba ahí, en esa caja de zapatillas XXL de Montjuic en la que se daría la tormenta perfecta. Con las aguas previamente revueltas por Ditz, los primos hermanos británicos de METZ, se ha izado la bandera roja. Una tela a la que muy pronto también se le iban a sumar el verde, el blanco y el negro.

El público estaba muy enchufado, pero aún así, a los dos temas Talbot ha querido abrir un camino en medio de la gente, como Moisés partiendo el mar, para hacer chocar las olas y poner el directo viento en popa. ‘Colossus’ lo había conseguido minutos antes. Todo estaba en escena insuflando energía desde el minuto uno: Bowen, vestido de doncella grotesca, corriendo de un lado para otro como si pisara sobre fuego. Kiernan, exorcizado, luchando por despejar unas melenas sudorosas que le hacían de cortina. Y Talbot, alternando el skipping con cortas carreras súbitas y poniendo el picante con el ‘fuck the king!!!‘ de ‘Gift Horse’ que se ha oído hasta en Abu Dabi. Mucho grito, mucha faringe estresada, pero hay que decir que no ha sido hasta la primera pausa cuando Joe Talbot se ha quedado ronco de verdad al vociferar Palestina con el puño en alto. Desde ahí, las reivindicaciones se han ido repitiendo con denuedo, en forma de bandera y, mejor aún, en forma de música. Palestina se ha integrado en la lírica.

El olor a tigre, el suelo pegajoso y el crowd surfing estaban siendo ya un buen termómetro de la noche. Porque el primer tramo del concierto, es decir, los primeros 45 minutos, dejaba una sensación de dominio absoluto, tanto en el pulso de un setlist bien calculado, como en su sonido; un puto tren. Arriba, abajo, más arriba, más abajo: ver a Talbot mandando calibrar niveles a los técnicos ha sido una constante, también al final. De hecho, en alguna les ha pillado la marea, pero en este caso, el parche ha hecho del directo algo más auténtico. Al frontman le bastaba con saludar al público y centrar la atención ahí. Y fuera. Eso sí, la puesta en escena no ha decaído. Entre ‘I’m Scum’, ‘The Wheel’ o ‘Television’ (la gran rescatada en los últimos shows), el cable del micro del de Bristol ya tenía seis nudos marineros. Y eso que sólo nos acercábamos al ecuador. Desde el bajo, Devonshire seguía acompañando postrado en su zona como un Helsinki feliz, muy cerca siempre de un Beavis infatigable en la batería. Bowen ha sido el primero en arrojarse por la borda de un mar repleto de manos tentaculadas que lo desplazaban y estiraban para adentro. Luego ha venido Kiernan, que ha esperado un tema más para entregarse y ser carnaza de un público voraz. Mientras tanto, Talbot seguía a la suya con los ojos amagando salir de sus órbitas. Entonces ya encadenaban una ristra de temas de “Tangk” (‘Roy’, ‘Grace’, ‘Hall & Oates’) donde las pulsaciones se han atenuado. En parte por tres razones: porque el nuevo álbum aún está verde, porque su naturaleza es más experimental y porque el formato 2 horas todavía no lo llevan del todo por la mano.

La remontada lógica y explosiva se iba a dar en el último cuarto de hora. Y ha venido después de que los ingleses se recrearan en una suerte de improvisación post-rockera industrial. De esa guitarra de Kiernan, a la que ha ido besando durante todo el show como si fuera su media naranja, han salido momentos realmente brillantes. También de Bowen, que ha sido un pelín más protagonista. Llegados a ese punto, nos han dejado a la deriva con ‘Never Fight A Man With A Perm’, seguido de una ‘Dancer’ de lo más eléctrica. Los pogos seguían activos y el público se mantenía al acecho de ‘Danny Nedelko’ cuál tiburón. Todos la esperábamos porque todos sabíamos que esto se estaba acabando. Cuando la han tocado, de Danny sólo ha quedado el esqueleto. Tampoco era la primera vez que, seguidamente, les oíamos cantar acapella ‘All I Want For Christmas Is You’ de Mariah Carey. Ha sonado como un “Buenas noches Barcelona, preparaos para esto que viene”. Un preludio, como la novena sinfonía de Beethoven para los drugos de la Naranja mecánica antes de perpetrar el asalto y soltar a la bestia. El final es que ‘Rottweiler’ no ha tenido piedad.

Si cabe, este concierto reafirma una vez más una de las cualidades más grandes de IDLES, por no decir la que más: su directo. Lo de hoy ha sido un recital de puesta en escena, en el sentido más genuino de ver a un grupo absolutamente conectado, poseído por la misma fuerza diabólica y entregado hasta el final incluso con el fan que irrumpe en el escenario. Este grupo en directo es otro y no es que sea mejor, ni mucho mejor. Sencillamente es incomparable.

Texto | Màrius Riba
Foto | Kevin Zammit (Binaural.es)

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