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[Crónica] Metallica en Barcelona (Palau Sant Jordi, 7 de febrero de 2018)

Corría el año 1998 y entre partidas de PC Fútbol, un amigo de la infancia me enseñó una cinta de cassette. Corriendo hasta el coche de su padre, un Peugeot 406 con un buen equipo de sonido, nos disponíamos a escuchar el contenido. «Metallica«, se podía leer en su lomo. Un nombre que, por aquel entonces, a los críos de nuestra edad nos inspiraba una especie de fascinación, esa de «aquí se cuece algo que no deberías conocer«, como si nos fuera a desvelar algún significado oculto. La cinta sonó entera quizás quinientas veces en los siguientes meses mientras imitábamos el inglés desconocido de su cantante y alucinábamos con la potencia que hacía retumbar el interior del auto. Si digo que el disco era «Reload» y que ‘Fuel’, ‘The Memory Remains’ y ‘The Unforgiven II’ eran sus temas, a más de uno se le va a subir la bilis. Pero en la vida cada uno entra en este tipo de grupos en períodos de lo más dispares, y aquella banda -por entonces entrando en plena decadencia- nos sirvió la dosis justa, fue la puerta de entrada, el rito iniciático del rock, mediante las melodías servidas desde aquellos altavoces en plena tormenta de verano.

Metallica volvían nueve años después a Barcelona, con las entradas agotadas y el Palau Sant Jordi lleno de su «familia». Y no necesitaron mucho para metérsela en el bolsillo. Si con la intro materializada con Morricone y su épico ‘The Ecstacy of Gold’ a toda potencia ya activaron los coros y la piel de gallina, dar el pistoletazo con ‘Hardwired’ y ‘Atlas, Rise!’ de su último álbum»Hardwired… To Self-Destruct» – dos de las cuatro realmente buenas del disco- nos dejó el cuerpo listo para un gancho a la mandíbula sorpresivo, de aquellos que uno suele esperarse hacia el ecuador del bolo. ‘Seek And Destroy’ entró como cuchillo caliente en mantequilla, levantando a las diecisiete mil personas presentes ante un himno de tal calibre. Fue en sus primeros discos, los cuatro de leyenda del thrash y el álbum negro que los encumbró para las masas, donde encontraron casi todos los complementos al esperado pero excesivo repaso al ‘Hardwired… To Self Destruct’, del que presumen y que, salvo algunos peros, tienen motivos justificados para hacerlo.

Pilló gustosamente desprevenido ‘Through The Never’, seguida por ‘Welcome Home (Sanitarium)’ con Hammett acuchillando las entrañas en el solo de entrada, cerrando un inicio impecable, para entrar en la parte más irregular del asunto. ‘Now That We Are Dead’ posee un riff poderosamente pesado, pero el desarrollo del tema es algo tedioso, amplificado con una especie de batucada de los cuatro sobre sendos cubos bastante innecesaria. ‘Confusion’ va un poco más al grano pero tampoco levanta pasiones. Canciones del nuevo, todas ellas, en las que la pista aprovechó para sacar el móvil y fotografiar desde los cuatro costados de un escenario con la pirotecnia justa para impresionar sin cargar, y una construcción de pequeños cubos móviles sobrevolándolo de arriba abajo, que ponían visuales más o menos adecuados en cada tema, desde imágenes del videoclip relacionado, a montajes de la evolución de cada miembro del grupo. El pasado emergió de nuevo con fuerza en ‘For Whom The Bell Tolls’, enlazada con ‘Halo On Fire’ que adolece de lo mismo que las compañeras del álbum; grandes ideas instrumentales momentáneas no sostenidas en su excesivo minutaje.

Si en Madrid cayó Barón Rojo, en Barcelona la versión se saltó afinidades musicales para dar el toque marciano de la noche. Robert Trujillo propuso un poco de rumba catalana, y con Hammett se marcaron una versión del gran Peret. Concretamente ‘El muerto vivo’. No solo están muy bien asesorados, si no que demostraron que la música no es lo único de metal que tienen…

Sonó al nivel de una madrugada en la plaza del Sol de Gràcia, pero allí lo dejaron. Heavy. Entre pausas, charlas de Hetfield sobre la familia Metallica y diferencias entre los más jóvenes y viejos del público. La banda gestiona la energía de una forma sosegada que sus más de cincuenta años parecen permitir. Esto obviamente repercutió en el ritmo del concierto. Trujllo homenajeó al mítico y malogrado Cliff Burton con su ‘Anesthesia (Pulling Teeth)’ en un bonito segmento. Siguió una versión de Budgie en ‘Breadfan’ y una ‘The Memory Remains’ (única creación propia rescatada del período entre 1991 y 2016) con el público haciendo de Marianne Faithfull en otro momento de videoteca, con la banda sonriendo y dirigiendo, para finalmente apretar de nuevo con ‘Moth Into The Flame’ y una portentosa ‘One’ directamente culminada en el delirio colectivo con ‘Master Of Puppets’.

No se hicieron de rogar en los bises que empezaron con ‘Spit Out The Bone’, lo mejor que han escrito en años, feroz y sin concesiones populistas, frenada en seco por una espléndida ‘Nothing Else Matters’ que irrumpió en el espacio-tiempo hecho añicos por la pieza final, ‘Enter Sandman’, poniendo un lazo al concierto, pero no los minutos que siguieron, con los cuatro repartiendo púas con la mecánica de quien alimenta pollos, y cogiendo el micro una vez más para agradecer y recordar las veces que nos han visitado, despedidos entre aplausos deshaciendo el camino al ring, habiendo batallado también con un duro rival, el siempre problemático sonido que ofrece el recinto.

El último tema de la mezcla previa al concierto que sonó antes que Morricone pusiera la épica, fue ‘It’s A Long Way To The Top’ de AC/DC, y no podía ser más certero. Con Black Sabbath retirados con honores, el cetro lo recogen Hetfield, Ulrich, Hammett y Trujillo. Y si bien se puede argumentar la gran calidad o mejor forma de otras bandas coetáneas, Metallica, por trayectoria y herencia, han dejado de ser el cuento para establecerse en leyenda. Representan para otros lo que veían en sus ídolos de Birmingham. A estas alturas, reencontrados consigo mismos, tras años de naufragio identitario y creativo bien documentados, de borrachera megalómana, desprenden un ánimo distinto, de agradecimiento, de orgullo, reconocimiento de su legado y como repitió en más de una ocasión Hetfield para referirse a todo el mundo presente, de pertenecer a una «familia». Si aprovechan lo que les queda para ser lo que empiezan a volver a ser, cuatro tíos pasándolo en grande intentando tocar metal sin complejo alguno, habrá noches aún mejores. «Muchas gracias, cabrons«. No, gracias a ti, Kirk.

Fotografías: Josep M. Palou
Texto: Nil Rubió

Nil Rubió
el autorNil Rubió
Periodista y sociólogo, escribe sobre música allí donde le dejan. Fuera de un concierto es alguien alienado. Un pogo sudoroso, un riff de Page o Iommi, olor a amplificador quemado, una melodía que te erice el vello, el "White Album", Strummer y Joey Ramone. Twitter: @nilruf | Web: www.nilrubio.com

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