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Bill Callahan: por dónde empezar en su discografía

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Se dice de Bill Callahan que es de dura digestión, pero como esa comida que te asquea de pequeño por su insípida apariencia, aloja buen sabor y aquel que lo cata sin prejuicios lo incluye en sus manjares habituales. Es reluciente, poético y sobre todo original. De entrada, hay que echarle ganas, pues lo suyo no son los patrones pop de cadencia predecible ni las melodías pegadizas. Aún así, su repertorio alberga canciones que bien podrían pertenecer al «Great American Songbook» del nuevo siglo. Con este pequeño ​paso-a-paso​ adorarás a Bill cuál buen devoto bendice a su admirado Señor.

Prolífico y peculiar, Bill Callahan empezó grabando y produciendo sus discos por su propia cuenta, deviniendo un referente del ​lo-fi ​y el DIY. Bajo el nombre de Smog [luego (Smog)] llegó a editar más de 10 trabajos y sus composiciones fueron mutando paso tras paso, álbum tras álbum. Ahora el cantautor se presenta ante el mundo con su nombre en cristiano y se ha convertido, probablemente sin quererlo, en uno de los máximos reinventores del Americana de nueva era.

EL ÁLBUM CON EL QUE EMPEZAR

“Sometimes I Wish We Were An Eagle” ​[Drag City, 2009]

Con “Sometimes I Wish…” el cantautor de Maryland cautivó a público y crítica se coló en el top 10 de discos anuales en varios medios internacionales gracias al mimo depositado en el trabajo. Producido junto a John Congleton (Sharon Van Etten, Angel Olsen, The War On Drugs, Saint Vincent) y con arreglos de viento y cuerda brindados de la mano de Brian Beattie, éste es su disco más popular. Moderniza la canción americana de porche y lata en mano a base de canciones bonitas y redondas que jamás dejan de sorprender al oyente. Acompañado por una banda sobria, Bill nos regala una obra brillante y llena de luz, aunque su autor la presente como un «zigzagueante» regreso a sus oscuras raíces: “I used to be darker, then I got lighter, then I got dark again”.

Aquí hay espacio para country de tempo rebajado (‘Jim Cain’ o ‘The Wind and The Dove’), arrebatos folk teñidos de nostalgia grunge (‘Some Thoughts Are Prayers To Some Beasts’) y guitarras meditativas (‘Rococo Zephyr’), frases crecientes a modo de goteo con finales catárquicos (‘Too Many Birds’), a la par que tangos divertidos y únicos en su especie (‘Eid Ma Clack Shaw’). Por haber incluso hay singles de lo más radiofónicos (‘My Friend’). No hay mejor tíquet de entrada.

LOS TRES ÁLBUMES QUE DEBERÍAMOS ESCUCHAR A CONTINUACIÓN

“Woke On A Whaleheart”​ [Drag City, 2007]

El primer disco de Bill Callahan bajo su nombre verdadero es dinámico y heterogéneo, siempre empastado con su voz barítona. El propio Bill lo definió como un collage de “gospel, pop duro y ópera americana”. Incluso de funk y música de raíz. Arranca con ‘From The Rivers To The Ocean’, una balada andante estilo Nashville, mostrando el lado filosófico donde el autor profundizará en obras posteriores (“we are swimming in the rivers of the of the rains of our days”). ‘Diamond Dancer’ nos levanta del sillón sin previo aviso, hit bailongo con rellenos tribales. También hay espacio para píldoras ​outlaw​ como ‘A Man Needs a Woman Or A Man To Be A Man’ y ‘The Wheel’ que nos recuerdan a la vertiente divertida de Johnny Cash y sus compadres. Es, y ahí se marca un tanto importante, hogar de “Sycamore”, un​ must listen​ de su carrera.

“Dream River”​ [Drag City, 2013]

La prueba definitiva para identificar a un fiel seguidor de Callahan es susurrarle “beer” al oído y recibir un “thank you” como respuesta. Ahí está, en los primeros trazos de su cuarta entrega de canciones inéditas, la majestuosidad de su narrativa. Su poesía se desliza en su forma más personal; a veces etérea, a veces mundana, siempre profunda. El cantautor plantea el álbum como un vuelo elevado; siendo la primera canción (‘The Sing’) el ascenso, y la última (‘Winter Road’), el aterrizaje. Las dos armadas con bellos fraseos de violín, instrumento que él mismo definió como terrenal. Es por eso que las demás piezas traen flautas en sus filas, para dotarse de esa sensación ensoñadora tan bien buscada por el cantante. Encontramos a un Bill que empieza a estar cómodo con su situación (“oh, I have learned, when things are beaufitul, just keep on” canta en ‘Winter Road’) y celebra sus pequeños triunfos (cuando declara “I really am a lucky man, flying this small plane” en ‘Small Plane’). Poco a poco, se nos antoja el hombre en el que se convertiría más tarde, en su último lanzamiento. Mención especial a ‘Javelin Unlanding’, única en su catálogo, de halo apalache.

“Sheperd In A Sheepskin Vest”​ [Drag City, 2019]

Después de un parón en el que fue padre y se casó, Bill halló la felicidad y tiñó su último álbum hasta la fecha con esa sensación. No se queda corto, pues el disco es doble (incluye veinte canciones), y hay una homogeneidad flotante en él que llena de paz cualquier habitación que lo oiga canturrear. Lo vimos capitanear una vez más las listas de lo mejor del año y su popularidad se ensanchó sin abandonar su incuestionable escaño dentro del indie americano. Ahí está, más cómodo que nunca, con su vida y su família. Musicalmente le oímos jugar con todo tipo de teclados (sintetizadores Moog, pianos Wurlitzer, Casio, cajas de ritmos, mellotrons…), instrumentos de cuerda como banjos o salterios y cacharritos de percusión.

EL DISCO QUE DEBERÍAMOS DEJAR PARA EL FINAL

“Apocalypse” ​[Drag City, 2011]

Llegamos al álbum más oscuro, como el título anuncia, de este pionero del country moderno. Para algunos el favorito, aunque el más difícil si no eres asiduo a su obra. Cuenta el autor que éste es un disco esquelético, como respuesta al relleno de su álbum anterior “Sometimes I Wish…” pero lo cierto es que hay mucha carne y con el tiempo renace como uno de sus actos más ambiciosos. Con solo siete canciones nos regala momentos de pura adrenalina (contiene el inicio de disco más potente de su carrera con ‘Drover’), de divertimento y crítica (‘America’), canalizados mediante ritmos mareantes que cuando no corren, se arrastran (‘Baby’s Breath’).

LECTURA ADICIONAL

No solo música derrocha el artista, y ahí está Bill para confirmarlo. Si os ha gustado su vertiente musical, he aquí un par de libros que uno debe ojear si quiere adentrarse aún más en el mundo de ese peculiar creador. “Letters To Emma Bowlcut” [Drag City, 2010] es una original novela narrada a partir de cartas que el protagonista envía a una chica que se encontró en una fiesta. “I Drive A Valance: The Collected Lyrics Of Bill Callahan” [Drag City, 2013] es un compendio de las letras de sus canciones y dibujos del autor, cuyo estilo es también admirable y personal (podemos encontrarlos en algunos de sus discos).

Y de regalo, una playlist introductoria a la discografía de Bill Callahan….

EL PRIMER PLAYLIST

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