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[Entrevista] Eric Jiménez: “Los Planetas seguimos gustando porque el mal se hereda entre generaciones”

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Casi tres décadas le contemplan fustigando la batería con un estilo tan visceral que le ha convertido en icono de la música independiente nacional. De 091 a Lagartija Nick, del esencial ‘Omega’ a sus tropelías con Los Planetas. Una vida al filo de la navaja, en lo personal o con unas baquetas en las manos, que recopila ahora en su autobiografía ‘Cuatro Millones de Golpes’ (Plaza y Janés, 2017). Un libro recién sacado del horno que huele a Granada, dibuja una infancia terrible (su padre llegó a apuntarle con una pistola) y suena a excesos de toda índole bañados con su peculiar humor y esa mala follá granaína. Cuando Eric Jiménez habla, toca escuchar.

Por todos es sabida la alergia que sufren Los Planetas a la promoción y el contacto con los medios. ¿Con ‘Cuatro millones de golpes’ lo llevas mejor?

Mejor, lo único que llevo mal son los periodistas que sólo hablan de las partes oscuras del libro para ganar ‘likes’ en las redes sociales y conseguir clics. Es un libro que tiene de todo, partes oscuras, otras luminosas, musicales y también divertidas. Me he desnudado y lo he hecho del todo. Pero me gusta hablar de todo el libro, no de una parte…

Tomo nota.

¡Es que os mola el rollo! (risas)…

En un tramo del libro sorprendes diciendo que escribes buenas letras, pero que prefieres que en tus grupos las componga el cantante, porque es necesario que las viva como suyas. ¿El libro sí lo has vivido plenamente?

Partamos de que no lo he escrito, lo he grabado. Yo soy músico, no escritor, me han ayudado a darle forma. Pero he disfrutado mucho a la vez que he pasado muy malos ratos. Hago memoria de episodios de mi vida desagradables y que pueden parecer morbosos, pero si no aparecen en el libro no se entienden muchísimas cosas de mi vida. Y cuando las ves escritas, te parecen mucho más violentas. De hecho, no he leído el libro, no estoy preparado.

La primera línea del primer párrafo de tus memorias es “La música no salvó mi vida”. Vienes a decirnos que no eres James Rhodes, vamos.

Lo de que la música salvase la vida de ese hombre me parece una mariconada. Pero lo puedo entender. Si a ese hombre le gusta ‘El Lago de los Cisnes’, pues le salvaría la vida. A mí me gustaban los Sex Pistols…

Y Parálisis Permanente, poca broma.

A mí la música me podía haber matado. Yo escuchaba música para pegarme un tiro. A mí la música me aportó todos los ingredientes para haberme matado antes de los 30 años. Sí me dio, además, un hilo conductor para saber lo que quería hacer en la vida, que es tocar la batería. Es lo que me hace tener una burbuja, una zona de confort donde me protejo de todas las cosas que no me han ido bien. Es también una conexión con el público. Cuando de crío tienes carencias afectivas y no te sientes aceptado, esos aplausos son un agradecimiento. Es el público el que me ha salvado la vida. Me dieron la confianza que no tuve de niño y ni de adolescente.

¿Tienes miedo de regresar algún día al anonimato?

El cariño al yo que me refiero no es que me paren por la calle. Ojalá no me parasen (risas). Tampoco soy mediático, puedo ir a comprar pepinos y no me agobian. Lo que me da miedo es no estar en un escenario. Muchísimo. Y me da igual tocar para tres personas que para quinientas mil. La batería me ha reforzado y me ha permitido saber qué hacer. No existe un yo persona y un yo músico, va unido. Tocar en directo ha sido una terapia y el día que no pueda hacerlo puede que me muera de pena.

De Eric Jiménez se ha dicho mucho, pero nunca que sale al escenario a cubrir el expediente. Por algo será.

Yo salgo siempre pensando que es la última vez. Porque mañana me cae una maceta, por una enfermedad, por lo que sea. Y siempre me impuse esa exigencia. Esas inseguridades de crío hicieron que quisiera llamar la atención tocando la batería y por eso se me han quedado esos movimientos tan exagerados. Yo lo vivo así.

Un libro que toca tu etapa en 091, Lagartija Nick, tu amistad con Morente, Los Planetas… pero que en paralelo es un retrato brutal de la Granada canalla.

Es así. Cuento una historia que no se atañe sólo a los grupos en los que estoy y he estado. Hay una parte melancólica, que no ñoña, es dura y tiene sentido del humor. Es una fotografía sociológica de la España de los setenta, los ochenta, la movida independiente de los noventa y lo que nos ha venido después.

Con 14 años ya venías a Madrid a tocar, con 16 te habías casado y probado la heroína. Algún millennial va a flipar con este libro.

Ni puta idea tienen, ni puta idea. Dirán: “¿Qué Playstation tiene ese juego?” (suelta una carcajada).

La universidad de la vida y del rock and roll, que por cierto le hace falta a mucho grupo novato.

Va todo unido. Hay muchos grupos que parecen una banda de Boy Scouts. Celebran su final de gira en el McDonalds y luego se van al cine. Se abrazan al salir del escenario, esas gilipolleces. Me van a matar, porque lo hace todo el mundo… Yo el rock and roll lo viví de pequeño, no me hizo falta leer biografías del Ruta 66. Los grupos de ahora viven una fabricación en serie. Grabar disco, promoción, gira, descanso. Y vuelta a empezar. ¿Qué pasa? ¿Qué a los dos años tenéis el mismo espíritu? ¿El mismo talento? ¿Hay que picar piedra? ¿Sois una empresa o qué? Se pierde la pureza, el contexto, pero que cada uno haga lo que le dé la gana…

No te cortas en mostrar y criticar cómo es la música desde dentro, casi desde el backstage. Con el caso Weinstein, las actrices de Hollywood se ha lanzado a denunciar el acoso y los abusos sexuales que han sufrido y sufren. Parece que ese melón no se ha abierto aún en la industria de la música…

A mí todavía no me han follado en ninguna compañía, ni lo han intentado…

¿En la música no ocurre?

En la música alternativa no existe el abuso porque todos somos unos viciosos, todos estamos a favor del vicio… (ríe) En la música enlatada, seguro que habrá un rollo negro bastante jodido. En ese mundo de lentejuela, de teta operada, de “ven que te doy un programa de televisión”, probablemente lo habrá.

Háblame de tu Trinidad de los Chus.

Chus de Nazareth, Chus Norris y Chus Lampreave… (sonríe).

El humor siempre por delante.

Como de niño viví continuamente desgracias, aprendí a reírme de ellas. También me gusta reírme de las de los demás, bueno, lo prefiero (risas)… Cada vez que los músicos sacan sus autobiografías se hacen a sí mismos unos retratos que molan que te cagas. Lo que quiere leer el fan. Pero si uno es jorobado y adota el rol de que no tiene chepa, es una putada, porque se pasará toda su disimulando. A esta edad, y después de ser padre y tanto que he vivido, decido que tengo que ser sincero en mi libro porque si no es que no tiene sentido. Y sé que me va a costar disgustos.

Ya te costó alguno aquel famoso vídeo de tu cóctel indie (“MDMA con Anís del Mono con un toque de hielo y un pizquín de Coca-Cola Zero”) en el Homenaje a Berlanga…

Si grabásemos las cenas de empresa de media España… A mí me ve mucha gente a la salida de un festival a las nueve de la mañana, pero yo no los veo a ellos volviendo de una comida de Navidad. Probablemente sea más escandaloso que lo mío.

Se nota, aún con eso, que en el libro te has refrenado…

¡Es que si no voy a la cárcel! Si abro el grifo vamos todos p’alante y no es plan. Que están las cárceles llenas. Tampoco quería escribir un libro rencoroso.

Diría que donde más te ha costado callar es cuando hablas de tu amigo Enrique Morente y la gente que ha querido apuntarse tantos, a posteriori, con ‘Omega’. ¿Te molesta ese exceso de postureo?

Es un postureo total. Hay mil quinientos creadores del ‘Omega’… porque Enrique ya no está con nosotros. Si tenéis esa lucidez como para montar un proyecto tan acojonante, que no cabíais porque el estudio medía cinco metros… ¿por qué no hacéis otro? ¡Haced otro! ¡Venga!

Parece imposible.

Porque no fue idea de nadie, aquello surgió y nadie sabía cómo iba a acabar. Te metes en un proyecto con un genio, un fuera de serie como Morente, pero mezclar rock y flamenco es una línea tan delgada que, como te pases, es una horterada. Nadie sabía cómo iba a acabar, excepto toooodos (extiende burlonamente la palabra) esos que decían que lo tenían aquí (se señala la cabeza)… No puede ser.

Las lenguas malévolas llevan diciendo desde los noventa que Los Planetas son algo pasajero. Pero miras el público de los conciertos y aquello está repleto de chavalada.

El mal se va heredando entre generaciones hasta que llega a los menores (risas)… Sobrevivimos porque nunca nos movemos detrás del primer pez del banco de peces. Siempre tenemos movimientos propios. Todo o nada. No nos fijamos en qué hay que hacer para cumplir expectativas. Si va a entrar o no. Es hacer lo que te apetece en el momento aunque pienses que probablemente no vas a vender ni un puto disco.

Hubo gente que se pensó que incluso os pasabais al trap…

Es que J es el compositor, él vino con una canción… y luego nos enteramos de este chaval (Yung Beef). La hicimos, está bien y no pasa nada. Pero igual que se si tratase de algo de que nos trae que es Stevie Wonder. Eso es la música, no tener prejuicios.

¿Y hasta dónde va a llegar el flamenco en la vida planetaria?

No tengo ni puta idea. Ten en cuenta que quien hace mayormente las canciones es J, es el que da la cara y el que mejor se tiene que sentir a la hora de dar su voz y sus letras a algo. Ni nos lo preguntamos. J se mueve en los parámetros que se siente bien. Lo veo sincero y lo apoyo. Muchos otros grupos estarán hasta los huevos de crear canciones pegadizas porque se ven obligados. Están sometidos a gustar. Acojonados por no lograr canciones que la gente se pueda aprender. Eso es una esclavitud. Se trata de dejarse llevar. Igual te sale una letra como la de ‘Islamabad’ que es más larga que ‘La Negra Flor’ de Radio Futura (se ríe). Pero luego va la gente y se la recita entera en los conciertos, eso es una recompensa para nosotros. Yo no soy millonario, pero tengo un patrimonio que son esos discos que he grabado. Cuando llego a casa duermo tranquilo.

¿Habrá que esperar otros siete años hasta el siguiente?

Es imprevisible. Igual ya no hay más discos, que sale uno el año que viene. Tienen que conjugarse muchas cosas para que Los Planetas hagan un disco.

Vamos echando el cierre. Los toreros y futbolistas de antaño, cuando veían que se iban a retirar, montaban antes un bar para ir generando dinero. Tú abriste ya uno. ¿Plan de pensiones o te queda cuerda para rato?

Yo seguiré mientras pueda mover mis brazos. Aunque no sea popular y no vaya nadie a mis conciertos. Porque lo necesito. El salón de mi casa es el cuadrilátero de la tarima de una batería, con eso te digo todo. Es el sitio donde me siento identificado. Lo del bar es que… me dije a mí mismo: “Si estás cansado de cerrar todos los bares de este país, ¡monta tú uno!”. Y eso hice…

Carlos A. Forjanes
Periodista con título enmarcado en la pared desde 2005. Un gol por la escuadra y un ritmo pegajoso le cortan la respiración. Lo primero lo cuenta en el Diario AS, lo segundo en Binaural.es. Charco que ve, charco que pisa. Twitter: @Forjanes_AS

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