[Crónica] Primavera Club Madrid (22 y 23 de noviembre)

El bautizo del Primavera Club de este año no pudo ser más intenso, de hecho, se podría definir con una expresión: onanismo musical. ¿Para qué andarnos con paños calientes cuando Charles Bradley casi consigue quitárnoslos con su voz? La actuación de “The Screaming Eagle of Soul” fue divertida, penetrante y muy caliente. Y así empezó esta edición del Primavera Club en Madrid: al desnudo… de emociones.

En pleno martes lluvioso en la capital, la sala Caracol se calentaba al ritmo de Little Barrie, con un rock adornado de toques soul… pero el calor se acabó convirtiendo en fuego: el maestro Charles Bradley esparció la pólvora, encendió la mecha y explotó la sala. Nos trasladamos a un programa de radio americano de los años cuarenta y en medio de una jam de su banda, escuchamos presentar a “la víctima del amor”. De repente aparece este adorable ser, con su afro y su barriga enfundada en una camisa bien prieta pero que para nada le impidió ni un ápice de movimiento.

Y empezó el espectáculo: Bradley no para, no rebaja la energía, no descansa; su micrófono le puede servir tanto para esclavizarse, como barra de strip-teasse e incluso de cuerpo de mujer; mueve las caderas, se sienta, se levanta, baila, grita, le gritamos… toda la sala se envuelve de un frenesí que bascula entre los temas más canallas y movidos como “No Time For Dreaming” hasta los más crudos y melancólicos como “Heartaches and Pain” o “I Believe in Your Love”. Pero siempre nos movemos bajo su influencia.

El punto álgido se produjo cuando para presentar a los miembros de su banda (esta vez tocaba con His Extraordinaires), nos avisó de que sería nasty… y lo fue, con todas las consecuencias. Con una jam continua de fondo, fue dando paso uno a uno a todos los instrumentos mientras nos animaba a pasar una muy buena noche en compañía o, qué se le va a hacer, en soledad. Sacó el lado más sexual de sus canciones en esta especie de performance in media res que desde luego, se llevó aplausos y risas de parte del público.

Aún así, y fuera de momentos-show, para servidora, el punto álgido musical fue ese bis final en el que reapareció para interpretar una desgarradora y descanarnada “Why Is It So Hard?” con la que se despidió dejando una sensación de… ¿y con qué cara afrontamos ahora cinco días más de festival, si ya hemos tocado el cielo?.

Y llegó el segundo día, que pasamos gustosamente en la sala Siroco. Del soul heredero del gran James Brown al kraut, punk, distorsión, desidia y dejadez de Furguson y Aliment, dos grupos que presentaban un trabajo compartido y editado por La Castanya, Split EP. Más synths Furguson, más punks Aliment, la mezcla de los dos en la subterránea sala fue un rebote continuo de sonidos y sudor de paredes (si es que el pogo políticamente correcto típico del PClub y PSound es lo que tiene).

Entre amagos de stage diving entre el propio público, cierto problema de guitarras en el turno de Aliment, sumado a los ritmos machacones que irremediablemente se te suben al cerebro y no abandonan tu cuerpo (y qué a gusto, oiga), la sensación de caos en tan reducido pero acogedor espacio ayudaba a meterse de lleno en la música de los de Gurb y Girona.

Furguson sonaron desgarbados, o así da la sensación de que empiezan los temas, como por casualidad. Pero se van construyendo, progresando, afirmando poco a poco hasta llegar a un final contundente: empiezan sin mucho sentido para acabar teniendo toda la razón.

¿Y qué pasa con Aliment? Que lo rompen, quiebran la progresión. Como un borrón en un folio impoluto empiezan un tema con un punteo que hasta parece tierno para dejarte sin aliento al segundo siguiente. Cambios de ritmo, frenadas bruscas y mucho punk como en «Half Man-Half Octopus» que nunca sabes a dónde te van a llevar. Pero sea donde fuera que nos llevaron estos dos grupos de la escena catalana, fue bienvenido el viaje.

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