[Crítica] Interpol – El Pintor (2014)

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Escuchando ‘El Pintor’, es complicado explicarle a un chaval de 20 años que hace justo una década, muchos pensábamos que Interpol podía ser EL GRUPO que dominase la música independiente llenaestadios. Tenían el pack completo. Un estilo revitalizado (básicamente añadirle guitarras pegadizas al postpunk de Joy Division), un bajista molón (Carlos Dengler), estética oscura de corte y confección y la distintiva voz de Paul Banks. Bueno, y las canciones. El doblete «Turn on the Bright Lights» (2002) más ‘Antics’ (2004) es un compendio de temas enormes. Mayúsculos.

Pero tan rápido como crecieron hasta acercarse a lo que siempre habían aspirado, copar estadios, codearse con los capos del cotarro musical de Nueva York, meterse en las bragas de Helena Christensen (bueno, sólo Banks, que sepamos)… más veloz fue la caída. En «Our Love to Admire» (2007) se dieron el batacazo y para su cuarto y homónimo disco, en 2010, ya estaban demodé.

Me ha costado horrores refrescarlo para escribir esta reseña. Ocupa un hueco entre esos traumas que quieres mantener enterrados, como la era Clemente en la Selección, la segunda trilogía de Star Wars o que Monica Bellucci se casase con un tipo como Vincent Cassel… No queda el consuelo ni de ver el grado de degeneración de sus coetáneos, ese hype demolido que fueron The Strokes o, yendo a lo grotesco, Coldplay. Incluso una copia evidente de Interpol, Editors, grupo al que nadie remata de una vez. Ante eso, cabe plantearse la gran pregunta. ¿Qué pueden aportar Interpol en 2014?

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«El Pintor» podía haber sido la palada definitiva de tierra para sepultarles y no, siguen respirando. Hay que concedérselo. Este quinto trabajo de los neoyorquinos no puede ni soñar con toserle a sus dos primeros discos, pero se asienta (bastante) por debajo. La coña marinera de que vuelven a estar en forma, convenientemente repetida desde algunos medios anglosajones, está bien como maniobra de márketing. Nada más. Aquellos jóvenes Interpol no han vuelto ni se perciben señales de su regreso. Pero estos acomodados Interpol no están tan mal.

Quizá el gran problema es que arrojan la carnaza demasiado pronto. ‘All the Rage Back Home‘, ‘My Desire’ y ‘Anywhere‘, los tres primeros cortes de ‘El Pintor’, tienen mucho nervio, y sí, podrían entrar como complemento en el ‘Antics’. No son un ‘Obstacle 1’ o un ‘Evil’, pero te vienes por momentos arriba si desconectas el botón del raciocinio en tu cerebro, ése que te dice que se están copiando a sí mismos. «¿Será verdad que han vuelto?», te cuestionas incluso por segundos.

Ya está ahí la siguiente canción, la cansina ‘Same Town, New Story’, inexplicablemente una de las favoritas de Banks según confesión propia, para decirte que no. Que no todo el monte es orégano. ‘Everything is wrong’ es desganada, no recuerdo haber escuchado más de dos veces ‘Breaker 1’ y ‘Tidal wave’ no aporta nada. La desesperación no es total, a mitad de camino aparece ‘My Blue Supreme’ que recuerda poderosamente a una variante de aquella ‘Rest my Chemistry’ que puntuó alto en el «Our Love to Admire». El tramo final lo endulza ‘Ancient Ways‘, acelerada, potente, seguramente la que mejor vaya a funcionar en directo.

Por cierto, fans de Dengler, preparen sus artilugios cortantes. La sección rítmica sale claramente defenestrada sin el icónico bajista. Su papel en el estudio lo cubre Banks aunque él mismo ha reconocido que empezaron a escribir el álbum sin líneas de bajo. Cómo debieron de ver el asunto para meterlo a machamartillo. Así las cosas, la savia de este ‘El Pintor’ son las guitarras de Daniel Kessler. Aunque a veces se le perciba angustiado en la búsqueda de un riff interpolesco como los de hace diez años.

Es inevitable que Interpol te dejen un regusto desagradable. En «El Pintor» hay pinceladas bastante disfrutables, pero también brochazos de relleno a mansalva. Da la sensación de que Paul Banks sólo pretende mantener el chiringuito Interpol abierto a base de ramalazos de inspiración sospechosamente similares a sus primeros trabajos, mientras se dedica a disfrutar la vida jugando al ajedrez con RZA y practicando surf en Panamá. A lo mejor soy demasiado indulgente, pero repetirse para recuperar el pulso perdido no me parece algo tan horrible. Hay crímenes peores. Basta con mirar a Coldplay.

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